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La disciplina desde la inteligencia emocional

Por Armando Maronese - 25 de Abril, 2006, 22:50, Categoría: Cultura - Educación - Literatura

Considero que educar, dentro de los parámetros de la inteligencia emocional, no significa educar dentro de una anarquía donde los niños terminarán viviendo de acuerdo con sus deseos y donde nosotros, padres y docentes, nos sintamos atados de pies y manos, en pos de no herir sus sentimientos.

En cuestión de disciplina –cuando yo era niño-, nuestros educadores tendían a gritar, sermonear, amenazar, extorsionar y otras formas de castigo que nos convertían en una simple y directa venganza: "Por esto que has hecho mal, recibirás tal castigo"; "por no hacer las cosas como yo quiero que las hagas, no obtendrás lo que deseas".

En la actualidad, muchos todavía, lisa y llanamente vienen copiando modelos; otros por suerte no. En esto, ni la familia ni la escuela han avanzado mucho. Basta con analizar nuestras conductas o leer las directivas disciplinarias de un colegio, para darnos cuenta que sólo hemos cambiado las formas, ya que el fondo sigue siendo lo mismo.

Debemos, entonces, encontrar estrategias al respecto que ayuden a modificar actitudes tanto en los chicos como en nosotros.

Muchas, si no todas, de las conductas de los alumnos que acarrean conflictos, son para llamar la atención. Nuestro ser social hace que nos comportemos de ciertas maneras para lograr la atención del otro y, así, entablar relaciones afectivas motivadoras. Los seres humanos podemos llamar la atención, positiva o negativamente. Cuando un niño no consigue nuestra atención, recurrirá a conductas negativas: el caso es que lo atiendan, y esto puede producir, a su vez, en nosotros, una respuesta negativa, o sea, prestar atención negativamente. Apelamos a sermonear, gritar, retar, lo cual provoca, en el niño, una reacción. Mucho sermón los lleva a hacer caso omiso a lo que se le dice. La atención negativa crea dependencia: Hacen lo que sea para ser tenidos en cuenta.

¿Qué debemos hacer? Simplemente, elogiar más las conductas positivas y retirarles nuestra atención frente a las conductas inapropiadas y luego, más tarde, hacerles ver el porqué del retiro de la atención.

En la medida en que más elogiemos sus conductas positivas, dejando bien claro por qué los estamos elogiando; irán aprendiendo cuál es la mejor manera de llamar la atención. A su vez, podemos aprovechar estos momentos para señalar las conductas opuestas y, de esta forma, transmitir valores.

Ignorar una conducta inapropiada requiere, de nosotros, paciencia, autocontrol y esfuerzo. Cuando hablo de ignorar, implico también nuestra actitud corporal frente al niño que, seguramente, intensificará la conducta molesta para llamar nuestra atención.

Pero una vez que les decimos que los vamos a ignorar, no prestarles atención en lo absoluto: no mantener un contacto visual dirigiéndoles miradas amenazantes o suspirar o expresar, por lo bajo, lo triste que uno está por su conducta. Considero que es de suma importancia, apenas abandone la conducta incorrecta, adularlo por asumir la conducta correcta.

Debemos tener en cuenta que los niños son niños y no adultos en miniatura. No tienen conciencia de sus propios sentimientos ni de los sentimientos de los otros, no controlan sus impulsos y carecen de habilidades sociales. Aquí es donde los que estamos a cargo de su educación, padres y docentes, debemos poner nuestra mira: proporcionales información sobre sus conductas, de modo que sean conscientes de qué hacen y por qué lo hacen. Debemos explicarles qué cosas pueden ocurrir con tal o cual conducta.

Advertir, no amenazar. Para eso, nada mejor que indicarles las consecuencias potenciales de algo con una formula: "Si..., entonces" ("si te acercas mucho a la estufa, te vas a quemar, y eso te producirá dolor"; si tardas en levantarte, no llegas a tiempo para jugar con tus amigos, y esto te pondrá triste; "si gritas tanto a tus compañeros de equipo, es posible que no deseen estudiar con vos"...).

Si queremos que nuestros niños estén tranquilos, es imprescindible que perciban en nosotros, esa calma. Nada positivo podemos transmitirles a través de los gritos, sino miedo, hasta que descubren que nuestro grito es la forma de expresar nuestra impotencia.

Una educación emocionalmente inteligente, presupone el humor (no el cinismo ni la burla). Alguien dijo que el humor es amor con "h"; tengámoslo en cuenta. Una disciplina basada en el amor y en el humor, ayuda a que los niños actúen en forma responsable, piensen por sí mismos y adopten conductas, según pautas compartidas con los que los educan.

Para educar con una disciplina positiva y efectiva: debemos tener en cuenta ciertos principios básicos:

- Establecer límites y reglas claras y atenerse a ellos.

- Imponer advertencias y normas de conducta al niño, cuando comienza a comportarse mal. Es un método para inculcarles el autocontrol.

- Reforzar el buen comportamiento con elogios y afecto, ignorando las conductas que sólo buscan llamar la atención.

- Educarlos conforme a expectativas coherentes a lo que ellos son. Dedicar tiempo para conversar sobre los valores y las normas, y por qué éstos son importantes.

En esto seré insistente: "nadie puede dar lo que no tiene". Si deseamos que nuestros niños crezcan menos impulsivos, aumenten su autocontrol y sus habilidades sociales, deben ver esas conductas en nosotros. El ejemplo, es la mejor manera de educar.

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Armando Maronese

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