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La silenciosa rebelión de los generales

Por Mario Diament - 16 de Abril, 2006, 1:49, Categoría: EE.UU. y sus acciones

MIAMI.- La lectura obligada entre los altos oficiales del Pentágono, es un libro llamado "Dereliction of duty". Escrito en 1997 por H. R. McMaster, entonces un mayor del ejército con un doctorado en Historia, es investigación de cómo, en 1960, los miembros del Estado Mayor Conjunto norteamericano faltaron a sus deberes por no decirle honesta y francamente a Lyndon B. Johnson y a su secretario de Defensa, Robert McNamara, lo que pensaban de la Guerra de Vietnam.

"El deseo de cada uno de los generales de promover su propia foja de servicios, obstaculizó la capacidad colectiva de asesorar militarmente al presidente", escribe McMaster.

Los funcionarios que rodearon a McNamara, emergen de este recuento como un grupo de tecnócratas arrogantes e ignorantes, convencidos de que podían manejar las operaciones mejor que los militares, con juegos de tablero y análisis estadísticos.

Como resultado, algunas de las más importantes decisiones estratégicas se tomaron a espaldas de la conducción militar. Como contrapartida, aquellos con experiencia y capacidad de evaluar y transmitir lo que estaba sucediendo en el campo de batalla, se llamaron a silencio, temerosos de que una opinión crítica fuera a afectar su futuro profesional.

No es difícil comprender por qué, desde el momento de su publicación en plena administración Clinton, el libro de McMaster se tornó lectura ineludible en las fuerzas armadas. Empeñado en no repetir los errores que habían conducido a la catástrofe de Vietnam, el entonces jefe del Estado Mayor Conjunto, Hugh Shelton, ordenó a sus generales leerlo y absorber sus enseñanzas: que un oficial debe expresar su desacuerdo con sus superiores si tal es su convicción, aun a riesgo de apercibimiento.

En muchos sentidos, la decisión de un grupo de generales retirados de salir a cuestionar la conducción de la guerra en Irak y pedir la renuncia del secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, tiene su origen en las lecciones del libro de McMaster.

El primer indicio de disenso, que más tarde se convertiría en el estandarte de la silenciosa rebelión, fue el testimonio del general Eric Shinseki, en febrero de 2003, cuando semanas antes de la invasión declaró ante una comisión del Congreso, que "varios cientos de miles" de tropas serían necesarias para asegurar el control de Irak después de la invasión.

Con esto, Shinseki contradecía públicamente los cálculos de Rumsfeld de que apenas cien mil hombres serían necesarios para librar la guerra. Al día siguiente, Rumsfeld y Paul Wolfowitz salieron a atacar a Shinseki, afirmando que sus estimaciones eran exageradas. Rumsfeld no disimuló su disgusto: nombró un reemplazante un año antes de que concluyera el término de Shinseki.

La cabeza del iceberg

El tiempo terminaría por darle la razón a Shinseki, pero el tratamiento dispensado al general, sirvió de llamado de atención a los demás comandantes sobre lo que la administración Bush esperaba de sus uniformados. Como escribió Paul Eaton, otro de los rebeldes, en una columna en The New York Times, "el resto de los comandantes recibió el mensaje y nadie se quejó desde entonces".

Pero gradualmente, y a medida que pasaban a retiro, algunos de los principales conductores de la guerra de Irak, han salido firmemente a denunciar la incompetencia desplegada por la Casa Blanca en la planificación, invasión y conducción de la guerra y a responsabilizar directamente a Rumsfeld. Con la incorporación a la lista de Charles Swannack, suman seis los generales retirados que han salido a denunciar la ineptitud del secretario y a reclamar su alejamiento.

La semana pasada, en una columna publicada en Time, el teniente general retirado Gregory Newbold, ex director de Operaciones del Pentágono, llegó al extremo de calificar a la guerra de "innecesaria". En un país donde la posibilidad de un golpe militar es impensable, la rebelión de los militares emerge como la cabeza de un iceberg cuya base es mucho más ancha y profunda de lo que se está dispuesto a admitir.

Las críticas, por el momento, apuntan estrictamente al secretario de Defensa como una manera de preservar al presidente, pero si Bush hace oídos sordos a estos reclamos, como muchos anticipan, nada asegura que la capa de teflón que rodea a la Casa Blanca no empiece a desprenderse.

Por Mario Diament

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