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Locomotoras y rieles que se pierden en el tiempo

Por Fernando Sánchez Zinny - 14 de Abril, 2006, 19:20, Categoría: Campo - Pueblos - Ciudades

El tren, como un fantasma a lo lejos, despierta recuerdos de una pampa salpicada de pueblos y de reseros, que le daban movimiento a una perspectiva aún sin alambrar.

Curiosas, acaso deliberadamente preservadas -pues es difícil concebir que después de tanto tiempo se mantengan en razonable buen estado-, las cruces de San Andrés se empeñan en memorar el paso de trenes que alguna vez resoplaron por tantos parajes nuestros. Una pequeña expectativa se despierta al divisarlas y uno confía en ver algo, pero todo se reduce a un pequeño desnivel en la ruta y a un recto yuyal que se interna campo adentro escondiendo, presuntamente, vías herrumbrosas.

En las zonas urbanas, además, los organismos de vialidad mantienen anacrónicos bosquejos de locomotoras humeantes para anunciar restos de rieles que sobreviven en los pavimentos; en esos sitios, un rasgo característico de la época actual, es que la estación abandonada se haya convertido en casa de la cultura, lo que seguramente contribuye a aumentar cierto prestigio retrospectivo y fantasioso. Algo de esto debe haber, pues -y esta cita entraña una singularidad sin duda importante- cuando se convocó a certámenes escolares con motivo del "Rincón gaucho", buena parte de los trabajos se referían al ferrocarril, que había dado vida al pueblo y que, por supuesto, los chicos participantes nunca vieron, en una actitud más o menos semejante a la de los niños europeos que hablan de lobos y de osos hoy inexistentes.

Oníricas referencias

Pero ¿hay trenes? Quiero decir, ¿los hay aparte de los suburbanos de esta ciudad y del que pasa por Puerto Madero? En principio sí, pues en algunos lugares próximos a antiguas playas ferroviarias se acumulan containers. No obstante, si se sale un poco, las referencias se vuelven más bien oníricas: "Cada tanto hay trenes que llevan granos; van a paso de hombre, tal vez porque no hay mantenimiento de las vías. Creo que siguen pasando" (Realicó). O bien: "En nuestra provincia [San Luis] se ven algunos cargueros por Beazley y oí decir que llegan hasta Justo Daract; después no sé"; "Me han dicho que hay servicio regular hasta Junín, a partir de ahí se corta la vía: hubo una inundación y el agua nunca retrocedió" (Villa Mercedes). "Pasaba alguno de carga, no sé ahora" (Río Cuarto). Y traigo esta última historia espectral: a tierras sanjuaninas entraba -entra-, un ramal de trocha angosta por Marayes y Bermejo. Esa vía está aparentemente muerta, pero me han dicho que, cada mes y viniendo por váyase a saber qué desvíos, circula muy lentamente un tren que toma el que nace en Pie de Palo y se dirige a Mendoza. "¿Usted creerá? ¿Viene de Tucumán y trae toda el azúcar para Cuyo y aun para Chile? Lo sé porque tengo un medio pariente que es allá jefe de la estación del Belgrano y me contó que no la suprimen sólo por ese tren."

Lo cierto es que el ferrocarril ha desaparecido aproximadamente del todo de nuestras costumbres y actitudes reflejas. Se ha diluido y es apenas una reminiscente apetencia cultural; así, una persona joven, pero no tanto, habitante de una capital de provincia, me pidió que la acompañase hasta Tigre, pues nunca había viajado en tren y deseaba hacerlo: me llamó la atención.

Sin embargo, el impenitente periodista que hay en uno ha visto trenes y da fe de ello, no sólo en cuanto a lo extinguido como el recuerdo de haber contemplado el último, definitivamente el último, que pasó por Bovril. No hace mucho hallé una formación de vagones graneleros a la altura de Leones; con otra, antes, me había encontrado cerca de La Banda. Ultimamente, en la noche de Venado Tuerto he visto, con no poca nostalgia, el foco inmenso de una locomotora detenida, como un fantasma con rumbo a quién sabe dónde.

La libertad del desierto

Pero volvamos al tema de fondo que es el criollo, el paisano, el desvaído nieto de Juan Moreira, indiferenciado trabajador rural ahora que las viejas ocupaciones desaparecieron, en buena medida por acción del ferrocarril. Mariano Rosas -que no era criollo sino indígena-, tenía razón cuando maliciaba que lo que querían los cristianos era tender por sus tierras un "camino de hierro", según relata Mansilla, y que eso acarrearía el fin de su gente.

Temor que se hizo realidad: el tren trajo la agricultura para mercados remotos, multiplicó la actividad de los frigoríficos e impuso el alambrado y el telégrafo, que habrían de terminar con la libertad del desierto. Los rieles establecieron una pampa nueva con todo lo que conocemos y amamos: pueblos cada tanto, pasos a nivel, galpones, terraplenes y desagües que son pequeños puentes. El resero limitó sus andanzas hasta el brete de la estación, suplido de ahí en más por los vagones jaula. Ahora las cosas han cambiado y mucho, pero, naturalmente, el gaucho no ha vuelto.

Siempre me ha inquietado una pizca y medio el que en "Don Segundo Sombra" no aparezca ninguna mención del ferrocarril; se me hace que ni ese hombre y ni el muchacho, su discípulo, querían verlo. Comprendo que así sea: ese libro es un testimonio de almas, no de hechos.

Por Fernando Sánchez Zinni

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A.M.

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