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El retorno del personalismo

Por Armando Maronese - 8 de Abril, 2006, 1:09, Categoría: Los Kirchner .Tiranías fascistas.

LA reciente sanción de la ley que modifica la composición del Consejo de la Magistratura, ha puesto en evidencia la extremada debilidad del sistema institucional argentino y, sobre todo, la preocupante declinación del principio republicano que garantiza la descentralización del poder.

Con la aprobación de esa controvertida ley, no sólo se asestó un durísimo golpe a la independencia del Poder Judicial, sino que, además, se dañó públicamente una vez más al Poder Legislativo en su esencia institucional y en su capacidad de autodeterminación. En efecto: los métodos de cooptación de voluntades que notoriamente empleó el oficialismo con el fin de alcanzar las mayorías requeridas para la sanción de la ley, indican que el país está retornando aceleradamente a los reprobables hábitos del personalismo político. Y que también están de regreso los viejos e inseparables aliados históricos del personalismo: el autoritarismo, la concentración de poder y la voluntad de imponer una conducción hegemónica en todos los asuntos de gobierno.

El país tuvo a lo largo de su historia, muchas experiencias lamentables como resultado de esa tradición del centralismo personalista, entronizada en movimientos de inocultable raíz populista e identificada con la herencia de los viejos caudillismos provinciales o regionales, de tan negativa influencia en la cultura política latinoamericana.

Las deformaciones que estoy describiendo no son, por cierto, las únicas que enturbian hoy el horizonte institucional de la Nación. Hay otro factor que contribuye a ensombrecer el futuro de nuestra democracia, y es la notoria ausencia de un sistema de partidos políticos confiable y orgánicamente estructurado, que acompañe el desenvolvimiento de las instituciones de la República y actúe como caja de resonancia de las coincidencias, los debates y los desacuerdos que necesariamente se suscitan entre los diferentes actores de la política nacional.

Como tantas veces se ha dicho, uno de los elementos que dan solidez y continuidad al sistema democrático, es la periódica alternancia en el gobierno de las distintas fuerzas partidarias y de los dirigentes que las orientan y conducen. Por eso es fundamental, que el país cuente con uno o más partidos de signo opositor, sólidamente organizados y representativos de un determinado sector de opinión. Sin agrupaciones opositoras con vocación de acceder al poder, sería imposible que se cumpliera, en la práctica, el requisito de la alternancia en el gobierno.

Muchas voces se han alzado últimamente en el país, para reclamar el surgimiento de un partido de oposición que cumpla adecuadamente ese rol y para lamentar el excesivo fraccionamiento del espectro político que aspira a ser reconocido como el contrapeso natural del oficialismo. Muchas veces he señalado, la conveniencia de un realineamiento de los sectores de oposición, tendiente a clarificar y cohesionar las expresiones que aspiran a constituir una auténtica alternativa frente a las propuestas del gobierno actual.

Pero es importante señalar, que el sistema político argentino exhibe otra carencia no menos grave, como es la virtual inexistencia del partido oficial. En efecto: el peronismo, que es la fuerza de origen del presidente Néstor Kirchner, no ha dado prácticamente signos de vida en los últimos tiempos y eso priva al país, de un foro de opinión altamente necesario, ya que cuando no existe una fuerza política que exprese los puntos de vista del oficialismo y canalice o dilucide sus eventuales disidencias internas, se corre el peligro de que los debates y desacuerdos intestinos del partido gobernante se trasladen sistemáticamente al ámbito de la función pública. Y eso es lo que ha estado ocurriendo desde que el peronismo reasumió plenamente en el país, tras la crisis de 2002, la responsabilidad de gobernar.

Además, la falta de un foro partidario oficial tiene otro efecto negativo: favorece la consolidación de estructuras de poder, funcionales a la conformación de un personalismo político tan centralizador como autoritario.

Es imprescindible que en la Argentina vuelva a existir una diferenciación clara entre la función institucional de gobierno y la actividad de neto cuño político. Y que la opinión pública perciba la existencia de límites precisos, entre la responsabilidad que el presidente de la República asume en su condición de tal, y la responsabilidad que eventualmente puede corresponderle como líder político de una fracción partidaria. No es saludable para la Nación, que esas dos responsabilidades diferentes se confundan y sean abrazadas como si fueran una misma cosa.

Con un partido oficial que no dirime sus conflictos, que no realiza elecciones internas y que hasta concurre a las urnas con varios candidatos, con el fin de asegurar su predominio hegemónico, es difícil que se alcance la deseada transparencia institucional. Y es fácil que se caiga en la tentación del personalismo hegemónico y absolutista, como sucede cada vez que el peronismo alcanza el poder.

Es indispensable que cese la actual estrategia del Ejecutivo tendiente a socavar la independencia de los otros poderes. Y es urgente que las diferencias surgidas en el seno del partido oficial, sean asumidas y dirimidas democráticamente. Sólo así será posible restablecer el libre juego de las organizaciones partidarias, sin el cual no es concebible el sistema político que reclama la Constitución. Y sólo así será posible proteger la República de las acechanzas del personalismo y de sus funestas consecuencias, que están en la memoria de varias generaciones de argentinos.

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Armando Maronese

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