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Una visita al santuario de la Difunta Correa, en la Travesía

Por Fernando Sánchez Zinny - 7 de Abril, 2006, 23:29, Categoría: Personalidades

Hasta este sitio, ubicado en medio del desierto sanjuanino, llegan miles de devotos con sus ofrendas de agua. Poco más allá de Caucete, desaparecen los viñedos del valle de Tulum y se inicia el desierto sanjuanino, conocido como la Travesía, según es habitual en diversas zonas del país; los argentinos no tenemos casi noción de esos parajes nuestros, de su desolación imponente y reseca, de su vastedad inculta y temible, ahítas ambas de tradiciones todavía vivas y plenas de sabor, que persisten en hablarnos de pumas, de venados, de rastreadores, de montoneros.

Matas de pasto duro y raquíticos espinillos recostados, alternan con lomadas que a veces parecen médanos, y no hay aquí agua ni posibilidad viable de traerla mediante obras de riego.

Se comprende, pues, que los devotos que acuden al santuario de la Difunta Correa, le lleven sobre todo ofrendas de agua. Cientos, miles de envases de plástico dan testimonio del afán actual por calmar la terrible sed que aquélla padeció y el espantoso y conmovedor final que le tocó en suerte.

Basta una pizca de imaginación, para que aún hoy el corto viaje por la ruta provoque pasmo y origine reflexiones extrañas. De pronto puede uno pensar, por ejemplo, que todas son mentiras, pues nadie puede haber subsistido en semejante páramo. Pero no es cierto y la historia documentada lo desmiente.

Una joven desesperada

Aunque no es posible ser tan preciso con Deolinda Antonia Correa, cuyo drama puede ubicarse hacia 1830, o algo antes, pues en el relato se hace referencia al gobernador Timoteo Maradona, que lo fue entre 1828 y 1829. Facundo Quiroga -o gente que le obedecía-, habría tomado prisioneros a don Pedro Correa, soldado que siguió a San Martín en la expedición a Chile y padre de Deolinda, y al esposo de ésta, Baudillo (¿o Leandro?) Bustos; si bien otra versión asevera que sólo al último se lo llevaron a la fuerza, por imposición de una leva.

Desesperada, la joven -de excepcional belleza, cuentan-, partió con su hijo de meses en brazos con intención de llegar hasta La Rioja para encontrar a su marido. Alcanzó a llegar al caserío de Vallecito donde comienzan a abrirse las hondonadas y faldeos que delatan la proximidad de la sierra Pie de Palo.

Un poco más allá cayó exánime al ascender un cerro, vencida por la sed y lo áspero del camino. Se sintió morir y clamó a la Virgen para que conservase la vitalidad de sus pechos, de los que dependía su criatura para alimentarse. Y así la encontraron, días más tarde, unos arrieros, muerta pero amamantando todavía al niño, modo en que pudo sobrevivir.

Se añade que el cuerpo de la difunta permaneció, además, incorrupto, pero eso es ya meterse en fragosidades que conviene evitar por razones que más adelante se verán.

Lo cierto es que la devoción sencilla inaugurada por troperos y lugareños, creció enormemente a fines del siglo XIX: pobres de solemnidad, solitarios andrajosos, enfermos, madres angustiadas por la salud de sus hijos, comenzaron a frecuentar el cerro y lo convirtieron en santuario.

Caminaban descalzos, a trechos iban de rodillas y dejaban, al cabo del esfuerzo, mínimas muestras de fe: flores, velas, inscripciones, medallitas. Tras los arrieros vinieron los camioneros, que son sus sucesores naturales.

Parecen construcciones de piedra, pero al acercarnos hallamos que las paredes están revestidas de placas. ¿Mucha gente acude? Se dice que hasta trescientos mil en un año, sobre todo para Semana Santa.

Y vienen de todos lados, aún de Chile, de Canadá, de California. Porque hay que ir hasta ese sitio, ya que contrariamente a lo que pasa con el Gauchito Gil, cuyas cintas rojas se encuentran por todas partes, lo de la Difunta es asunto casi exclusivamente de la Travesía y escaso éxito han tenido los intentos de establecer santuarios suyos en otras partes.

Culto popular

Pero la Iglesia nunca quiso saber nada de ese culto popular. Y hasta, a manera de contramoquillo, instaló un templo frente mismo al santuario, el que permanece vacío, en tanto la devoción desborda en la vecina competencia, al punto de haber tenido que inmiscuirse en ella el gobierno provincial, que se ha hecho cargo de velar por su preservación, en tanto que el pueblo surgido en torno es ya parte de la cartografía.

Existirán, sin duda alguna, motivos profundos que justifiquen esa desautorización, pero así, visto como al pasar, resulta una ironía grande eso de hallar una iglesia sin fieles en un lugar tan sumido en la religiosidad.

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Por Fernando Sánchez Zinny

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