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El Boquerón, un paraíso entre las colinas y el mar

Por Armando Maronese - 7 de Abril, 2006, 2:49, Categoría: Campo - Pueblos - Ciudades

MAR DEL PLATA.- El notable casco construido en medio de un paisaje inigualable, fue obra de Enrique Anchorena y su esposa, Ercilia Cabral Hunter. El nombre de esta estancia, es uno de los más encumbrados del área rural marplatense y es una referencia poblacional en desarrollo por su cercanía a la ciudad. El título El Boquerón, fue puesto por Ovidio Zubiaurre, una de las primeras autoridades municipales de Mar del Plata. Su padre, Eusebio Zubiaurre, había fundado en la vecindad, en la década de 1860, la estancia Ituzaingó, nombre que, como El Boquerón, recuerda una famosa batalla de la Guerra del Paraguay.

A fines del siglo XIX, Mercedes Castellanos de Anchorena adquirió esta estancia destinada a su hijo Enrique, cuya obra personal se expresa en todos los rincones del casco y del paraje. Empezando por las arboledas que embellecen las colinas circundantes, consideradas el emprendimiento forestal más importante de la región.

En las primeras décadas del siglo XX los veraneos en la creciente Mar del Plata, atraían a las familias de fortuna. A la construcción de los bellos chalets que le dieron fama al balneario, seguía la casa de la estancia para quienes tenían un campo cerca. Esta cercanía sobrevalorizaba la estancia, desde el punto de vista familiar y social, ya que permitía alternar el veraneo en la playa, con el trabajo y los placeres de la estada en la campaña.

Espíritu nuevo

Así, mientras las tierras de El Boquerón producían, Enrique Anchorena y su esposa, Ercilia Cabral Hunter, emprendieron la construcción de un notable casco de estancia para disfrutar con la familia y sus amigos veraneantes. El Boquerón viejo de Zubiaurre, quedó a un costado y todo lo que se hizo después tuvo un espíritu nuevo, el optimismo de la Argentina del Centenario.

El paisaje era bello de por sí, con esas colinas verdes que cubrían montañas antiguas, con piedras aflorando por todos lados, tanto para acentuar la estética de la naturaleza como para la construcción. Por eso se usó mucha piedra para hacer cercados, paredes, pavimentos, puentes.

Disponiendo a gusto de todo el espacio para parquizar, se diversificaron y separaron los centros de interés recreativo, para proponer distintos paseos y actividades al aire libre, mientras una red de caminos internos facilitaba y embellecía los traslados. En un lugar alejado del sector residencial se construyó la pileta de natación, con su vestuario y un solárium al estilo de la época. Cerca, aprovechando el paso de un arroyuelo, se cavaron canales, se levantó una isla y se creó un paseo en bote, con el romántico nombre de La Venecia. Para el retiro espiritual y la misa dominical se levantó una pequeña y hermosa capillita de piedra emplazada en una loma de gran impacto visual.

El estilo de vida del balneario marplatense de entonces, dictaba que sólo por la mañana se tomaban los baños de mar y por la tarde, después de un copioso almuerzo y una buena siesta, lo obligado era jugar al golf. Entonces, Enrique Anchorena mandó a construir en El Boquerón una cancha de golf de nueve hoyos, un espacio con escollos y declives, árboles a los costados y sierras azules a lo lejos. Una construcción de piedra como casa de té, aseguraba tardes de tortas y anocheceres de copas para los aficionados al deporte y sus acompañantes. Arriba, sobre la loma más alta, una casa iba creciendo por yuxtaposición de habitaciones, a medida que la familia crecía y los huéspedes aumentaban.

En el plan de Ercilia y Enrique Anchorena estaba la construcción de una residencia de la misma jerarquía estética del casco, dibujada por Alejandro Bustillo, el arquitecto emblemático de Mar del Plata. Más nunca llegó el momento y el proyecto no se concretó, porque la crisis de 1930 terminó con el ambicioso sueño.

Sin embargo, unos años antes, alrededor de 1927, Alejandro Bustillo ya había dejado su impronta profesional en un espacio escénico del paisaje de El Boquerón, una edificación notable al que él mismo le puso el nombre La Ferm.

Inspirada en las viejas construcciones de trabajo de la campiña francesa, su enorme volumen blanco se destaca en un claro que deja el bosque, impactando con su diseño totalmente inusual en nuestras estancias.

Piedra fundamental

Aquí también, la piedra cumplió un rol fundamental en su estructura, apuntalando paredes, enmarcando terrazas, destacando aberturas y pavimentando totalmente los patios. Allí se concentraron las funciones laborales de la estancia y las dependencias habitacionales del personal, como el gran comedor, los dormitorios, baños, cocina, casa del mayordomo, depósitos varios y una vista espectacular desde ventanas, balcones y terrazas.

No se ve el mar, pero sí se percibe su reverbero en el horizonte del lado este. A mediados de siglo desapareció el matrimonio Anchorena y El Boquerón se fraccionó entre sus cinco hijos. Otros 50 años trajeron cambios generacionales y algunas enajenaciones, pero nunca perdió la unidad estilística del conjunto ni la belleza de su marca de nacimiento.

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Armando Maronese

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