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Cuando los argentinos pidieron el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976

Por Armando Maronese - 24 de Marzo, 2006, 20:43, Categoría: Peronismo: régimen, caída e historia

Recordando viejas épocas. "La inmensa mayoría de los argentinos, rogaba por favor, que las Fuerzas Armadas tomaran el poder. Todos nosotros deseábamos que se terminara ese vergonzoso gobierno de mafiosos", opinó el escritor Ernesto Sabato. "La ineptitud peronista presidencial y la falta de respuestas estabilizadoras y legítimas por parte del entorno también peronista, en medio de una realidad económica de improvisación inocultable y de una indisciplina social anarquizante, más la presencia de organizaciones para la subversión y la violencia que angustiaron al pueblo, abrieron el camino para que las Fuerzas Armadas ocuparan el poder...", firmaron Ricardo Balbín, Raúl Ricardo Alfonsín, Arturo Illia, Carlos Perette, Juan Carlos Pugliese, Antonio Tróccoli, Juan Trilla, Luis León, Facundo Suárez, Eduardo Angeloz, Fernando de la Rúa y César García Puente. Luis Mattini dice, en sus memorias, que "el PRT no estaba destruido ni mucho menos (en marzo de 1976), poseía grandes reservas". Montoneros al momento del golpe era mucho más fuerte, en cantidad de combatientes (se hablaba de 6.000), milicianos y adherentes. El diario Clarín decía en sus noticias: "Es la Nación la que está en armas para vencer al enemigo". 

Un simple dato revela el clima de inestabilidad que se vivía: desde el 1 de julio de 1974, día en que asumió Isabel Martínez de Perón, hasta el 24 de marzo de 1976, los gabinetes se sucedieron uno tras otro. "Un ministro cada 25 días", sostuvo la editorial Atlántida.


Hasta el 24 de marzo de 1976, pasaron por el Ministerio de Economía José Ber Gelbard, Alfredo Gómez Morales, Celestino Rodrigo, Pedro Bonani, Antonio Cafiero y, por último, Emilio Mondelli. Tiempos sin costumbres, tiempos sin ley. Todo cambiaba diariamente, vertiginosamente.

La emisión monetaria, desde mayo de 1973 hasta marzo de 1976, aumentó catorce veces, según las estadísticas oficiales. La situación interna era un "caldo de cultivo para el salvajismo", dijo el domingo 11 de enero el "Buenos Aires Herald".


El sábado 17 del mismo mes, la Secretaría de Comercio Exterior de los Estados Unidos de Norteamérica, advirtió a los exportadores que no debían anticipar una "rápida o fácil" solución de los problemas económicos argentinos, pues el futuro de la Argentina aparecía signado por la inestabilidad, la falta de cohesión política y la reacción gubernamental sobre bases ad hoc, desprovista de un plan económico global para superar la crisis.

El ciudadano común compraba dólares apenas cobraba su sueldo y los cambiaba de a poco para llegar a fin de mes: "Llegaban al dólar para cuidarse de la inflación y, además, acariciaban en esos papeles verdes, el sueño de algún posible viaje futuro. La tenencia de la divisa extranjera les daba seguridad".


El desabastecimiento de los productos básicos y las largas colas para llegar a ellos, formaban parte del paisaje cotidiano. Una pesadilla.


En esa época, el salario real estaba una cuarta parte más abajo del nivel en que lo había dejado Alejandro Agustín Lanusse, en mayo de 1973. "El área cultivada con maíz, durante la campaña 1975/1976, alcanza a 3.705.000 hectáreas, cifra que señala una disminución de 4% respecto del ciclo precedente, y de 15% con relación a los promedios del quinquenio y decenios últimos". La asfixia de los productores ganaderos no reconoce límites. Los precios de la exportación no cubrían ni los gastos de producción: un par de zapatos costaba lo mismo que dos vacas.


Un país surrealista, tal como observó el embajador Raúl Quijano a poco de llegar de Nueva York.


En enero de 1976, Raúl Quijano, uno de los diplomáticos argentinos más respetados, presidía la Comisión de Administración de las Naciones Unidas. Había decidido tomarse un período sabático del Palacio San Martín, cansado del maltrato e improvisación del canciller Juan Alberto Vignes. Una noche lo desvela un llamado telefónico desde Buenos Aires. Era su colega Guillermo de la Plaza, quien le dijo: "Te van a llamar para que vengas a Buenos Aires y te van a ofrecer ser canciller...; vas a tener que aceptar".


En esos días, 5 y 7 de enero, De la Plaza había intensificado una mediación entre la Presidenta y los comandantes de las FF.AA., para evitar lo inevitable. La tarea fue bautizada Todos por la Patria.


Al poco tiempo, lo llamó el secretario técnico, Julio González. La conversación no duró más que unos minutos: "Le pido en nombre de la Presidenta que viaje a Buenos Aires cuanto antes".


Al día siguiente, le dice a su esposa, Mercedes, mientras hacía su valija, que viajaba por pocos días a la Argentina. Al ver que ponía el smoking, Mercedes observó:" ¡Cómo!, ¿te vas a quedar muchos días?"


Al llegar a Ezeiza, lo esperaba Julio González. Quijano sólo pidió pasar por la casa de su madre, en Rodríguez Peña y avenida Quintana, para mudarse la ropa, antes de ir a la Casa Rosada.


Cuando llegó a la Casa de Gobierno, Isabel Martínez de Perón lo recibió en su despacho oficial. Fue una conversación surrealista. Ella le habló de sus viajes por Europa con Juan Perón..., los museos, las tiendas..., de bueyes perdidos. Como a los quince minutos, entró el edecán naval y le dice: "Señora, está todo listo para la ceremonia".


Raúl Quijano entró en el Salón Blanco detrás de Isabel Martínez de Perón. Subió la tarima donde la Presidenta le tomó juramento como ministro de Relaciones Exteriores. En su conversación privada, de minutos antes, la Presidenta nunca le preguntó si aceptaba ser ministro, ni mucho menos cuál era su pensamiento sobre el contexto exterior de la Argentina. Fue el 16 de enero de 1976.


El mismo día, viernes 16 de enero, los principales jefes sindicales se reunieron en Mar del Plata, para considerar la situación general y la pérdida de poder en que habían quedado con los últimos cambios de gabinete.


En la ocasión, el secretario de la CGT, Casildo Herreras, relató su entrevista del día anterior con el Nuncio Apostólico, monseñor Pío Laghi. Al respecto, dijo: "Este Pío, sí que es despierto. Me dijo que allí mismo donde estaba sentado yo, había estado la señora (Isabel Martínez de Perón). Para él, ella tiene mucho de positivo; es una mística, convencida de su papel. Pero se quejó del entorno que ella tiene... Esto del entorno me lo repitió... muy diplomático, claro... Mirá vos, ¡entorno!".


Desde ese día se habló del entorno.


Ricardo Balbín con la sutileza que lo caracterizaba, desde 1974, hablaba del microclima que rodeaba a la Presidenta.


Mientras Lorenzo Miguel tomaba un sorbo de su acostumbrado champagne Crillón, escuchó de Casildo Herreras un concepto que superaba todas sus preocupaciones: "Si nos quedamos como espectadores y dejamos el centro del ring, lo va a ocupar cualquiera". En esas horas, la alianza conformada por Julio González y Raúl Lastiri jugó toda su influencia: Robledo fue reemplazado por Roberto Ares; y Tomás Vottero, a Defensa. A esta altura cuesta recordar los gabinetes presidenciales.


El miércoles 21, Herreras se entrevistó con Isabel M. de Perón. A la salida dijo a los periodistas del programa político radial más escuchado de esos días, "De cara al país" (radio "Rivadavia"): "...la inquietud del movimiento obrero ante el entorno que pretende alejarnos del contacto directo que veníamos manteniendo con la Presidenta".


Precisamente, hablando del entorno, el 29 de enero de 1976, el semanario "Gente" publicó un extenso reportaje en su casa de la avenida Del Libertador a Raúl Lastiri. La nota -sin imaginar las imprudencias de Lastiri-, la gestionó el diputado nacional salteño Julio Mera Figueroa, a pedido de una cronista recién llegada al medio. Tirado sobre su cama matrimonial, con respaldo de raso dorado capitoné, de un particular mal gusto, diseñado por José María Lala, y mesas de luz de estilo barroco, Lastiri dijo entre otras cosas que, "alguien dice por ahí que soy un cadáver político (días antes lo había afirmado Carlos Menem). Otros dicen lo contrario. Realmente mi vida es muy modesta en el orden político".

Mientras hablaba a grabador prendido para Alfredo Serra, el fotógrafo fue tomando distintas instantáneas. Una fue el sello de la época: Lastiri parado junto a su placard mostraba una multitud de corbatas, mientras comentó: "Tengo como trescientas corbatas, me gustan mucho".


Horas más tarde, "La Opinión", bajo el título "Argentina Potencia", dijo que las "300 corbatas francesas e italianas (no menos de 30 dólares cada una), suponen tener colgando del corbatero alrededor de 160 millones de pesos; sus trajes, un costo estimado de 150 millones, y sus varios encendedores, un Dupont, por ejemplo, cuesta 3 millones de pesos".


La nota finalizó así: "La imagen de este servidor público, que define su vida como "muy modesta", prefigura la existencia de otra Argentina, próspera y feliz que sólo se ofrece a unos pocos iniciados... Con una dieta mensual de 7.350.000 pesos, el señor Lastiri parece haber hallado la Argentina Potencia, que cada día se distancia más del resto del país".

El matutino bahiense "La Nueva Provincia" tituló, con excelente prosa, un editorial al respecto: "¡Dios, qué buen vasallo, si tuviese buen señor!".


La hecatombe


El costo de la vida aumentó en enero un 14% y en febrero tocó el 20%. El aumento salarial de 18%, con un mínimo de 150.000 pesos, que otorgó el ministro Cafiero, el 22 de enero, fue absorbido por la inflación, a los pocos días.


El dólar subió, entre enero y los primeros 10 días de febrero, de 12.500 a 32.000 pesos (estoy hablando de la moneda de ese entonces). Y pronto llegaría a 38.000 en el mercado paralelo. Para peor, desde el Parlamento, no le trataban las leyes que impulsaba Cafiero y sobre su figura se lanzaba todo tipo de improperios, desde el propio peronismo, hasta de ser un maniquí de su segundo, Guido Di Tella. "Esta situación ha llegado al límite de lo tolerable", afirmó uno de sus colaboradores más próximos.


El miércoles 4 de febrero, asumió como ministro de Economía Emilio Mondelli. También juró Miguel Unamuno en lugar de Carlos Ruckauf en Trabajo. Como un emblema de los días que corren, en la ceremonia Ruckauf apareció riéndose, mientras el país se deslizaba hacia el abismo.


En poco más de un año y medio, Isabel Martínez de Perón tuvo 6 ministros del Interior, 4 de Relaciones Exteriores, 5 de Defensa, 6 de Economía, 3 de Educación y Cultura, 3 de Defensa, 4 de Trabajo y 5 de Bienestar Social.

El jueves 5 de febrero, el ministro de Economía se dirigió a la población. Puso blanco sobre negro. Apeló a una frase del apóstol San Juan: "Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres" y pasó a informar: el producto bruto interno había caído 2,6% en 1975; la demanda global había crecido 3% y, la inversión, había caído 16% (la inversión en obras públicas cayó 24%). El déficit del balance de pagos ascendió a 1.095 millones de dólares.


El ministro admitió: "Estoy en el aire" y esa, fue la frase del día. "El aumento de precios es exagerado, se le está tomando el pelo a la gente. El plan económico, a mi juicio, no es serio. Los precios ya no suben en ascensor: han tomado un cohete a Venus", fue el juicio de José Rodríguez, titular de SMATA.


El martes 10 de febrero, el ministro Emilio Mondelli concurrió a un almuerzo organizado por la Comisión de Presupuesto y Hacienda de la Cámara de Diputados y blanqueó la situación que se vivía. Dijo públicamente: "Estoy tremendamente preocupado por el destino de la República... Ustedes saben positivamente que nosotros tenemos una ley de inversiones extranjeras que nos ha resguardad,o sin lugar a dudas, de todo imperialismo y de toda invasión extraña... Ahora sí, inversión no hay ninguna. Háganle un poco de fe a este hombre sencillo, que dice las cosas como son, porque las ha estado viviendo hasta ayer y las tiene que vivir más dramáticamente desde hoy. No nos creen más". A continuación, instó a los legisladores a aprobar las leyes impositivas y el Presupuesto.


Al día siguiente, los jefes sindicales fueron a entrevistar a Mondelli y lo bombardearon con preguntas. Al finalizar, Adalberto Wimer declaró que "la CGT, no se opone a las negociaciones con el FMI, a menos que lesionen la dignidad nacional".


El 11 de febrero, el canciller Raúl Quijano se reunió con Henry Kissinger, secretario de Estado de los EE.UU. La reunión fue en la residencia del embajador argentino Rafael Vázquez, unicada en el 1815 de la calle Q, a pasos de Dupont Circle. El encuentro fue franco y a agenda abierta, y el menú desprovisto de todo ceremonial: melón con jamón y bife con papas fritas y huevos fritos. De postre, queso fresco con dulce de membrillo. En un momento de la conversación, Quijano invitó a Kissinger a visitar la Argentina. Sin perder la cordialidad, Kissinger respondió negativamente: "Necesitaría cuatro divisiones para custodiarme".


Para el encuentro con Quijano, el Departamento de Estado le preparó al secretario de Estado una minuta de 7 páginas (Briefing Memorandum, 10 feb. 1976), donde se detallaba la situación argentina. Llevaba la firma de Harol H. Saunders. Lo sustancial fue que "hay un sentimiento generalizado de la gran mayoría de los argentinos por el cambio de la Presidenta... en los meses que quedan, antes de las elecciones de este año (1976) dos cosas quedan claras: Perón no piensa renunciar y hasta va a tratar de hacer campaña para ganar su reelección".


En otro párrafo, se le informaba a Kissinger que "la situación económica y la imagen externa, no van a mejorar por la simple razón de que la Presidenta es incapaz de cambiar. Con estas perspectivas, los militares probablemente depongan a Isabel M. de Perón antes de las elecciones. Evidencias recientes indican que la oficialidad está presionando a sus superiores para que den un golpe. Pero la fecha precisa (del golpe), es imposible de prever. Pero la insatisfacción militar es tan profunda e intensa, que podría ocurrir en cualquier momento".


Bajo el subtítulo "Gobierno posgolpe", se expresó: "En el caso de un golpe, el resultado podría ser:


1) sucesión
(de Isabel Martínez de Perón) por un civil, probablemente, el presidente del Senado, Italo Luder o un peronista moderado;


2) un régimen militar
(interino), que reglamente la convocatoria electoral. Si las Fuerzas Armadas asumieran el control del poder por un período largo, los argentinos se verían sujetos a reglas de severidad sin precedentes. Los líderes militares probablemente optarían por un programa económico muy rígido y austero que requeriría (una) considerable represión para ser implementado".


"Los intereses inmediatos de los Estados Unidos en la Argentina, consisten en asegurar el tratamiento de los 1.200 millones de inversiones directas. Sobre todo, en el área industrial, incluyendo las compañías General Motors, Ford y Exxon". El canciller Quijano no tenía margen de maniobra. Pedaleaba en el vacío.


El viernes 13 de febrero, el Poder Ejecutivo dio a conocer el Decreto 620/76, en que se declaraba programáticamente prioritario, el llamado a elecciones de autoridades nacionales, provinciales y municipales, y la reunión de una Convención Nacional para decidir sobre la Constitución nacional. Con la medida, se intentaba estirar la agonía del gobierno de Isabel Martínez de Perón hasta 1977.


La Convención Nacional no se reuniría nunca y, días más tarde, como resultado de las presiones de todo orden, el mismo gobierno anuló el decreto anterior y anunció elecciones generales para el 12 de octubre de 1976, aunque su entorno especulaba que ella podía ser candidata (en un momento, una fuente dijo que la fórmula presidencial iba a ser cacofónica: "P y P". Cuando el oficial naval preguntó a quién correspondía la otra P, señaló al contraalmirante Peironel, el jefe de la SIDE.


Enterado Massera, inmediatamente, lo hizo nombrar embajador en Grecia. También, el gobierno anunció que iba a convocar al Parlamento a sesiones extraordinarias (que tampoco se concretaron).


El mismo día, el gobierno nacional clausuró por diez días el matutino "La Opinión", acusándolo de "instigar la quiebra del orden constitucional".


El lunes 16 de febrero de 1976, la APEGE, que ya contaba con la adhesión mayoritaria de las entidades empresarias, realizó un lock-out que concitó de 90% a 95% de respaldo.


El centro de Buenos Aires y de las ciudades del interior, mostraron la sensación de un día feriado. Bancos, negocios, restaurantes y cines cerrados.


En una declaración trató "la gravísima situación económica, política, social y moral que vive la República... (en donde)... los trabajadores, en particular, son víctimas directas... (a través)... de la permanente reducción del poder adquisitivo de sus salarios; se ven amenazados por la desocupación y padecen como todos la falta de orden y seguridad".


En un encuentro a solas que podemos ubicar en febrero de 1976 (45 días antes del golpe), el titular de la Unión Cívica Radical pidió conversar con el comandante general del Ejército. Un amigo común ofreció su casa, un lugar neutral. Luego de las presentaciones de rigor, el dueño de casa amagó retirarse. "De ninguna manera", dijeron casi al unísono los dos. Pasados los años, el dueño de casa se atrevió a recordar el encuentro. Palabras más, palabras menos:


Balbín: -General, yo estoy más allá del bien y del mal. Me siento muy mal, estoy afligido. Esta situación no da más. ¿Van a hacer el golpe? ¿Sí o no? ¿Cuándo?

Videla: -Doctor, si usted quiere que le dé una fecha, un plan de gobierno, siento decepcionarlo porque no lo sé. No está definido. Ahora, si esto se derrumba, pondremos la mano para que la pera no se estrelle contra el piso.


Balbín: -Si van a hacer lo que pienso que van a hacer, háganlo cuanto antes. Terminen con esta agonía. Ahora, general, no espere que salga a aplaudirlos. Por mi educación, mi militancia, no puedo aceptar un golpe de Estado.


El 16 de febrero de 1976, el embajador Robert Hill almorzó con Diego Felipe Medús, el director de América del Norte de la Cancillería.


Medús fue hijo de un diputado conservador de la década del 30. Alto, flaco, ojos claros y pelo enrulado, con su "pucho" encendido entre los labios. Diego era seductor, tozudo y leal como buen vasco.


Había estado destinado en la embajada en Washington, durante la gestión de Carlos Manuel Muñiz (1971-1973). También acompañó las gestiones del embajador Felipe Ricardo Yofre en Asunción y Lima (1956-1960).


Luego del encuentro, Hill redactó un cable secreto a Washington, en el que informó, entre otros detalles: "Me confió hoy, en un almuerzo, que el grupo de planeamiento militar le había pedido un estudio y recomendaciones de cómo el futuro gobierno militar podría evitar o minimizar los problemas generados por el tema de los derechos humanos, tal como estaban teniendo los gobiernos de Chile y Uruguay con los Estados Unidos".


"Medús me dijo que van a tener problemas si van a comenzar a ejecutar personas. Los delegados militares respondieron que su intención era comenzar una guerra contra el terrorismo y, algunas personas, probablemente serían ejecutadas. Ellos necesitan minimizar cualquier problema con los Estados Unidos."


El martes 24 de febrero, Mondelli envió al Congreso un nuevo proyecto de Presupuesto general, en el que se preveía un déficit fiscal de 33 mil billones de pesos moneda nacional, contra los 18 mil billones de pesos que había estimado su antecesor (Cafiero) en diciembre.


Como un dato de la inflación que carcomía todo, se recuerda que el Presupuesto que mandó Alfredo Gómez Morales, en 1975, estimó un déficit de 1,8 billón pero en diciembre de ese año fue de 14 billones.


En esas horas, el frondicista MID (que se había retirado del Frejuli) declaró: "El país se encuentra virtualmente al borde de la destrucción del sistema monetario". En esos días, Mondelli se sintió fortalecido por el apoyo público que le dio Lorenzo Miguel en su disputa contra los antiverticalistas acaudillados por José Genaro Báez. Le confesó: "Gordo, quedate mosca que yo te banco".


Censura y abismo


El 28 de febrero, fue asesinado en Córdoba, por el ERP, Héctor Minetti, uno de los empresarios cementeros más importantes del país.


A la clausura de "La Opinión", el 29 de febrero, siguió la decisión de la Secretaría de Prensa de la Nación de terminar con el programa "Tiempo Nuevo", que dirigía Bernardo Neustadt, con la colaboración de Mariano Grondona.


La reacción del mundo político fue mayúscula. Entre tantas declaraciones, la diputada justicialista (antiverticalista) Nilda Garré, dijo: "Nada se le puede reprochar a Neustadt por abrir los cauces de la libre expresión. Todo lo reprochable son las actitudes del Poder Ejecutivo, que en ciertos aspectos están rebasando los límites tolerables".


Desde el mundo de la cultura, el periodista recibió el siguiente telegrama: "Bernardo Neustadt. Nuestra total adhesión. Matilde y Ernesto Sabato".


Unos días más tarde, el entonces jefe de la Policía Federal, Albano Harguindeguy, ante el pedido de consejo sobre qué hacer, le dijo a Neustadt: "Tomate el raje". Cosa que hizo el periodista. Se fue a vivir a lo de José María Ruda, presidente de la Corte Internacional de Justicia, en La Haya, Holanda.


El sábado 6 de marzo, mientras los porteños observaban cómo los extranjeros vaciaban los escaparates de las tiendas (con las ventajas del dólar paralelo), en el Teatro Cervantes de la avenida Córdoba se reunió el Congreso Nacional del Partido Justicialista. Nunca se supo si en realidad hubo quórum, pero lo cierto es que decapitaron a Angel Robledo y a José Genaro Báez.



Como vicepresidente 1° asumió el gobernador del Chaco, Deolindo Felipe Bittel. En la calle, grupos de personas armadas y "pesadas" sindicales, hostigaban a los adversarios de la Presidenta. Isabel Martínez de Perón fue elegida presidenta del partido por aclamación y pronunció dos discursos. Uno, leído, con tono mesurado. El otro improvisado, que se convirtió, casi, en una incitación a la violencia.


Fue el último discurso de la Presidenta ante el partido:


"Sé que algunos creen que no aprendí nada. Pero se equivocan. Los 20 años que estuve en Europa junto al conductor, no los pasé mirando desfiles de moda...Yo no mando a nadie a la horca... se ahorcan solos. Si creen que no sé nada de lo que pasa en la calle y de los pillos que existen... Pero a ellos también les vamos a dar con el hacha. Si es necesario, me tendré que convertir en la mujer del látigo para defender los intereses de la Patria... Yo seré la primera a la que le cortarán la cabeza. Pero después les cortarán la cabeza a los otros. Así que aquí nos tenemos que jugar todos. Si tuviera que destapar ollas, no se podría andar por las calles... si no estuvieran aquí las cámaras de televisión, podría seguir hablando de este tema. Estamos viviendo un tiempo de tempestuosas expectativas".

El miércoles 10 de marzo, a las 18.30 hs., frente a las cámaras de televisión, con la asistencia de Isabel Martínez de Perón, el ministro Emilio Mondelli, Casildo Herreras, Lorenzo Miguel y los secretarios generales de los gremios, la Presidenta pronunció un discurso histórico en el Salón Felipe Vallese de la CGT: "Conviene que los argentinos sepamos que esto es definitorio; aquí no se juega el peronismo, ni el antiperonismo. Lo que se debate es una Argentina moderna, productora, industrializada, con capacidad de trabajo y bienestar para 50 millones de habitantes; o bien la clásica Argentina postergada".

Cuando terminó la frase, observó que no había transmitido el optimismo ni el respaldo que necesitaba. Rápida de reflejos, intentó contagiar confianza. Pero fue peor: "Veo demasiadas caras tristes. Yo sé que cuando hay que ajustarse el cinturón, las caras se ponen tristes. Pero también les digo que no hay que perder el optimismo, porque si no estuviera segura de que vamos a salir adelante, no estaría sentada aquí delante de ustedes. Muchachos, no me lo silben mucho al pobre Mondelli".


Pedido de Balbin


El jueves 11 de marzo, Bittel se reunió con Ricardo Balbín. El dirigente radical se comprometió a realizar una asamblea multipartidaria, siempre y cuando el llamado a elecciones nacionales del 12 de octubre se realizara con las mismas normas legales de 1973 (impuestas por el ex presidente Alejandro Lanusse), incluido el ballottage, con un severo control de gastos de campaña.


Además, solicitó la cadena de radio y televisión para dirigir un discurso, lo mismo para otros líderes opositores: si la señora de Perón la había utilizado en su carácter de titular del Partido Justicialista, Balbín pidió el mismo trato.


Al día siguiente, viernes 12, se produjeron nuevos cambios en el gabinete ministerial: el ministro Ricardo Guardo, de Defensa, en los 56 días que estuvo en la cartera, se dio cuenta de que coincidía más con los militares que con la Presidenta, por lo tanto renunció. Fue reemplazado por Alberto Deheza. En Justicia fue designado el doctor Pedro Saffores.

El lunes 15 de marzo, una "bomba vietnamita" (control remoto), explotó dentro de un automóvil Citroën en la playa de estacionamiento del Edificio Libertador. El objetivo principal fue matar al teniente general Videla. Murió el chofer de un camión (Blas García) y 26 personas resultaron heridas (entre ellos, un coronel). Miembros de la organización Montoneros19, se adjudicaron el atentado y atribuyeron como jefe del pelotón al periodista "Salazar", "Horacio" o "Perro" Horacio Verbitsky. En esas horas, cayó asesinado el dirigente sindical de la FOTIA, Atilio Santillán.


El jueves 16, el gobernador Victorio Calabró dijo que resistiría una intervención a la provincia de Buenos Aires. Sólo se la entregaría a las Fuerzas Armadas.

En este clima, el jueves 16, Ricardo Balbín enfrentó las cámaras de televisión: "(...) Desde aquí invoco al conjunto nacional, para que en horas nomás, exhibamos a la República un programa, una decisión, para que se deponga la soberbia cuando se trata de estas cosas. Lo digo desde arriba para abajo. No hay que andar con látigos, hay que andar con sentidos morales de la vida... (...) Algunos suponen que vengo a dar soluciones. No las tengo, pero las hay".


"Señoras y señores: pido disculpas, vienen de lo hondo de mi pensamiento estas palabras que pueden no tener sentido, pero tienen profundidad y sinceridad. No soy muy amante de los poetas, pero he seguido a un poeta de mi tierra:'Todos los incurables tienen cura, cinco minutos antes de la muerte... desearía que los argentinos no empezáramos a contar ahora los últimos cinco minutos.


Comentario: el viejo jefe radical pidió "las soluciones magistrales".


"(...) El jefe de la UCR olvidó consignar que el logro de aquellas metas depende la de identificación, con nombre y apellido, de quienes prefieren, como la presidenta María Estela Martínez de Perón, invocar el látigo y el hacha... Los argentinos hubieran agradecido también al doctor Balbín ese señalamiento preciso, íntimamente ligado a sus propuestas. Porque los argentinos no temen al látigo ni al hacha", dijo "La Opinión" en su contratapa.

En esas mismas horas del martes 16 de marzo de 1976, tres policías resultaron muertos por grupos extremistas que atacaron los domicilios del diputado Jesús Porto y de la titular de la Cámara baja de Buenos Aires, Blanca Rodríguez.


En Mar del Plata, una bomba estalló frente a la Facultad de Ingeniería y mató a un policía e hirió a dos. En Córdoba, explotaron tres bombas y fue secuestrado Alfredo Barbano, dirigente de la UCR, empleado de la sucursal del Banco de la Nación.


Y el Ministerio de Economía dispuso un aumento de 40% al transporte automotor y de la tarifa del subte. "Hermético silencio en las Fuerzas Armadas", fue el título del vespertino "La Razón". Mientras se tomaron estas medidas, el diario Clarín tituló: "El verdadero plan económico se conocerá en 30 días" (un anuncio del ministro del Interior, Roberto Ares).


El miércoles 17 de marzo, Lorenzo Miguel organizó un asado en Rutasol (campo de esparcimiento de la UOM), para homenajear a Isabel Estela Martínez de Perón y las nuevas autoridades del justicialismo, elegidas en el Teatro Cervantes. La presidenta no asistió y concurrió poca gente. En otro lugar, el mismo día, el diputado peronista Luis Sobrino Aranda renunció a su banca y dijo: "El proceso político argentino está agotado".


Otros dirigentes no pensaban lo mismo. Esa mañana del miércoles, Balbín se entrevistó con Lorenzo Miguel para estudiar un eventual acuerdo político.


Y en su casa de Flores, el ministro Miguel Unamuno recibió a los radicales Antonio Tróccoli (jefe del bloque de diputados), Juan Carlos Pugliese y Rubén Rabanal.


Los peronistas insistían con la intervención a la provincia de Buenos Aires. Sospechaban que Calabró alentaba los cotidianos paros laborales. Los radicales la rechazaron. "El programa común, el cronograma electoral, la convocatoria a una asamblea multisectorial y otros elementos... se fueron dilucidando a lo largo de la misma reunión".


Después de dos encuentros entre Balbín y Bittel (entre el jueves 18 y el viernes 19 de marzo), se concretó una reunión multipartidaria. Además del justicialismo y del radicalismo, asistieron los partidos Comunista, Intransigente, Revolucionario Cristiano y socialistas populares.


En la ocasión, se convino la convocatoria a una asamblea multipartidaria para que elabore un plan económico y social, a través de una comisión legislativa. ¿Cómo podían ponerse de acuerdo pensamientos tan encontrados?


El viernes 19 de marzo, Carlos Perette cumplió su rutina de las últimas semanas. El jefe del bloque de senadores radicales, tenía una gran relación con los representantes de las Fuerzas Armadas en el Parlamento.


Con uno de ellos llegó a un acuerdo. "Mirá -le dijo-, vos sabés que todos los viernes viajo a Entre Ríos a ver a mi madre y vuelvo los martes a la mañana. Te pido que si va a ocurrir algo el fin de semana, me lo digas. Así me quedo."


Y a continuación le hizo una pregunta que reiteraba desde algunas semanas antes: ¿Puedo viajar?".


El oficial le preguntó: "¿Cuándo volvés?".


"El martes a la mañana", respondió Perette.


"Si volvés el martes a la mañana, andá nomás".


El sábado 20 de marzo murieron asesinadas 16 personas en distintos lugares de la provincia de Buenos Aires; en Mendoza y Santa Fe 27. El diario Clarín, del domingo 21, informó que "la intensidad de la crisis originó una febril carrera contra el reloj".


El lunes 22 de marzo, después de más de dieciocho años de exilio, el empresario Jorge Antonio dio una conferencia de prensa en un hotel de Buenos Aires.


El viejo amigo y compañero de andanzas de Juan Domingo Perón dijo: "Si las Fuerzas Armadas vienen a poner orden, respeto y estabilidad, bienvenidas sean". Señaló, entre los aplausos de los asistentes, que venía a sumarse al "movimiento nacional que necesita el país" y aseguró que "cuando se restablezca el orden, habrá trabajo para todos".


Finalizó diciendo que volvió, cuando muchos "desean irse... cuando otros escapan".


Precisamente, la tapa del diario La Nación del martes 23 de marzo de 1976, informó que el dirigente Casildo Herreras, secretario general de la CGT, había viajado al Uruguay. Cuando el periodismo lo encontró, sólo comentó la famosa frase: "No sé nada, me borré".


El diario La Opinión del 23 de marzo, tituló: "Mañana se cumplen 90 días de la apelación de Videla" (en Tucumán).


"Es inminente el final. Todo está dicho", tituló la quinta edición de diario La Razón.

"Todo está dicho, pero el país sigue... nada se termina ni nada empieza, es una marcha", respondió Balbín esa tarde cuando salió de la reunión multipartidaria.


"Desconcierto". "Incertidumbre".


Son palabras que estaban en casi todos los diarios del 23 de marzo. Se hablaba de formar una comisión bicameral para conciliar un programa económico y social, y el Congreso estaba casi deshabitado.


"No quedan ni los pungas" en la zona del Congreso, informó un matutino. La gran mayoría de los legisladores vaciaron sus escritorios, carpetas y retiraron sus heladeras portátiles.

-¿Su impresión sobre la actualidad nacional, ministro Mondelli?


-¿De qué?


-De lo que se dice, de lo que está pasando, ministro.


-Y yo qué sé. Yo no soy militar. Yo he sido civil toda mi vida. Qué sé yo.


A esa altura del día, ya había desplazamientos de tropas por los alrededores de Buenos Aires. Todas las miradas confluían hacia las Fuerzas Armadas.


"La perdiz cayó en el lazo"


"La crisis alentaba el golpe militar, que a su vez ahondaba la crisis en una clara relación acumulativa. No es que la amenaza de golpe provocó la crisis, sino que los últimos vestigios de autoridad se diluían ante el anunciado golpe", meditó Alberto Deheza, ministro de Defensa, la tarde del lunes 22 de marzo de 1976.


Por lo tanto, al día siguiente les iba a pedir una clara definición a los comandantes generales.

A las 11 de la mañana del martes 23, se reunió con los jefes militares y les dijo: "Todos los diarios de la mañana coinciden en señalar que hoy es el día de las grandes decisiones, así también lo entiende el gobierno, en cuyo nombre les pido una definición sobre la inminencia del golpe militar".


Luego, pasó a leerles un documento con sugerencias de las Fuerzas Armadas que el gobierno había recibido el 5 de enero pasado. Los tres comandantes respondieron que el documento contenía sugerencias y no una exigencia de las FF.AA.


"Una minuta" contiene, además de las palabras del ministro, otras revelaciones.


La respuesta que formuló, en nombre de los tres, el almirante Eduardo Emilio Massera: "Señor ministro. Si usted nos dice que la señora Presidenta está afligida y acorralada por el gremialismo. Si, además, nos sondea para ver cómo podemos ayudarla. Nuestra respuesta es clara: el poder lo tienen ustedes. Si lo tienen, úsenlo; si no, que la señora Presidenta renuncie".


La reunión se levantó y los comandantes se reunieron para deliberar en sus propios comandos.

El martes 23 de marzo de 1976, al mediodía como todos los días, radio "Rivadavia" emitió "De cara al país", con los periodistas Mario Monteverde y José Gómez Fuentes. El invitado fue Francisco "Paco" Manrique. Cuando Monteverde le preguntó cómo veía al país, Manrique respondió: "Estamos asistiendo a las horas en que están echando a la pandilla".


Cerca de las 19, Videla, Massera y Agosti se presentaron nuevamente en el despacho del titular de Defensa.


Según Deheza, Videla dijo: "Doctor, el país se encuentra en una grave crisis que lo tiene paralizado, como usted lo ha reconocido, y nos pide que las Fuerzas Armadas disipen toda posibilidad de golpe para que se encuentre una salida que el país exige con urgencia, pero debemos admitir -para llegar a una solución,- que la crisis es el resultado de un proceso en el que juegan múltiples factores que afectan a todas las instituciones". Y volvieron a debatir en los mismos términos con que lo habían hecho a la mañana.


Deheza recordó en sus memorias: "Fue entonces cuando los señores comandantes expresaron, que en julio del año pasado se le había ofrecido a la señora Presidenta, por intermedio de Aníbal Demarco, a la sazón presidente de Loterías y Casinos y luego Ministro de Bienestar Social, el apoyo de las tres Fuerzas Armadas para que el gobierno pudiera sortear la crisis que ya apuntaba, con los acontecimientos que provocaron la caída de López Rega y que esa respuesta nunca fue contestada; por el contrario, el gobierno siguió sumando desconciertos hasta llegar a las circunstancias actuales. Los señores comandantes me darían la respuesta al día siguiente".


Deheza pensó que al día siguiente seguirían discutiendo. No se dio cuenta de que los términos de la conversación marcaban el punto final.


La "minuta" revela, en un momento, el pensamiento de los comandantes luego de la cita con Deheza. "Cuando salimos, nos cruzamos al Edificio Libertador. Nos preguntamos: ¿Qué hacemos, mañana va a pasar lo mismo?. De esta gente ya no se puede esperar nada. Los planes de la Operación Aries estaban terminados, lo mismo que las directivas Bolsa y Perdiz. Cuando llegamos al despacho de Videla, nos comunicamos con el "Colorado" Fernández y le preguntamos: ¿Cómo está todo por allí?. Bien, fue la respuesta del jefe de la Casa Militar de la Presidencia. Muy bien, dígale a la señora Presidenta que por razones de seguridad viaje a Olivos en helicóptero.



Era el mensaje que Fernández debía recibir, para comenzar la operación de detención de Isabel de Perón.


En tanto, dentro de la Casa Rosada se mantenían múltiples reuniones. Una fue para festejar el cumpleaños de una secretaria. Con la asistencia de Isabel Estela Martínez de Perón, se celebró en forma ruidosa, se brindó, y cantó el "Feliz cumpleaños". Luego la Presidenta fue al comedor de la Casa de Gobierno, en el que parsimoniosamente fueron sentándose Lorenzo Miguel, Osvaldo Papaleo, Miguel Unamuno, Néstor Carrasco y Amadeo Genta.


Más tarde, la reunión más importante de la Presidenta fue a solas con su ministro Deheza, en la que le relató la conversación que terminaba de mantener con los comandantes generales.


Y Deheza le hizo especial referencia a lo que había dicho Videla, en cuanto a la propuesta elevada a través de Aníbal Demarco. Isabel "no pudo contener su indignación", no la conocía.

Entonces le pidió que los informara a los ministros, secretarios, políticos y sindicalistas que esperaban noticias. Lo primero que hizo al comenzar la reunión, fue "preguntar al ministro Aníbal Demarco acerca de la veracidad de lo afirmado por los comandantes, en cuanto al apoyo ofrecido al gobierno en el mes de julio del año anterior. Me contestó que así había sido; y sin darle tiempo para pensar, le inquirí la razón por la cual no comunicó a la señora Presidenta ese hecho de tanta significación político-institucional. El ministro Demarco encogió los hombros y sólo atinó a decir que la solución propuesta no le pareció atendible. Recordé, en ese instante, cuántas veces se torció el rumbo de la historia, de todo un pueblo o de un solo hombre, por un mensaje que llegó a tiempo o porque se perdió en el camino".


El helicóptero tardó en llegar desde Olivos. Cuando lo hizo, Isabel Estela Martínez de Perón se dispuso a viajar. La despidieron en la azotea de la Casa de Gobierno algunos miembros de su custodia y dos o tres oficiales de Granaderos.


El capitán Jorge Tereso estaba entre ellos. El helicóptero decoló, a la 0.50 hs., del 24 de marzo de 1976, con la Presidenta; Julio González, su secretario privado; Luis Luissi, jefe de la custodia personal; un joven oficial del Regimiento de Infantería I Patricios, el edecán de turno y dos pilotos de la Fuerza Aérea.


En pleno vuelo, el piloto más antiguo le dice a la Presidenta que la máquina tenía un desperfecto y que necesitaba bajar en Aeroparque.


Cuando bajan, Luissi observa un sospechoso movimiento de hombres e intenta manotear su pistola. "Quédese tranquilo", le dijo la presidenta. Pese a las sospechas de Luissi, ella bajó y se encaminó hacia el interior de las oficinas del jefe de la base. Cuando entró, las puertas se cerraron para los otros miembros de la delegación. A la 01 hs., aproximadamente, entraron en el salón principal del edificio el general José Rogelio Villarreal, el almirante Pedro Santamaría y el brigadier Basilio Lami Dozo.


Villarreal: "Señora, las Fuerzas Armadas se han hecho cargo del poder político y usted ha sido destituida".


Señora María Estela Martínez de Perón: "¿Me fusilarán?".


Villarreal: "No. Su integridad física está garantizada por las Fuerzas Armadas".


Luego, ella se extendió en un largo parlamento: "Debe haber un error. Se llegó a un acuerdo con los tres comandantes. Podemos cerrar el Congreso. La CGT y las 62 me responden totalmente. El peronismo es mío. La oposición me apoya. Les doy a ustedes cuatro ministerios y los tres comandantes podrán acompañarme en la dura tarea de gobernar".

En esos minutos, otro alto oficial se comunicó con los comandantes generales. Les pasó la contraseña: "La perdiz cayó en el lazo". Isabel Martínez de Perón había sido detenida.


Mientras la presidenta hablaba con los tres delegados militares, se mandó a buscar a "Rosarito" (la empleada que la acompañaba desde España), a Olivos. Previamente, se le había ordenado que hiciera dos valijas con ropa para la señora. A la 01.50 hs., un avión de la Fuerza Aérea partió con la ex Presidenta, en calidad de detenida, a Neuquén.


Cuando Isabel Estela Martínez de Perón se fue de la Casa Rosada, comenzaron a salir todos los que momentos antes habían asistido a las reuniones con la Presidenta y el ministro de Defensa. Se produjeron escenas delirantes frente a los periodistas y algunos militantes que voceaban el nombre de la presidenta. Quien más habló fue Lorenzo Miguel: "Mañana volveremos a encontrarnos con la Presidenta y el gabinete. Para mí todo está normal. El gobierno no negocia... juéguense por nosotros; pagamos 2.10. No hay golpe".


El gobernador del Chaco y vicepresidente 1° del justicialismo, Felipe Bittel, le gritó a Osvaldo Papaleo (secretario de Prensa de la Presidencia): "Chau... papá, hasta mañana... Esto hay que festejarlo con champaña. Todo se ha disipado".


Mientras se desarrollaban estos sucesos, en la Casa Rosada se cortaban las comunicaciones y fue ocupada por tropas militares.


Juan Rey Romo (que tenía 76 años), "Romito" para los amigos, el que nunca abandonaba su charuto, alcanzó a comunicarse con el diario El Cronista Comercial. Gritó: "Escuche, óigame bien jefe, ¡Empezó el golpe!".


Alfredo Bufano, del diario La Prensa, más vivo, pasó la información a "Noticias Argentinas" por walkie-talkie.


Cerca de la una de la madrugada, Rodolfo Baltiérrez, ex embajador y periodista del diario La Nación, lo llamó al canciller Raúl Quijano. "Escuche la radio, van a pasar comunicados militares", lo advirtió.


Los sindicalistas, en su gran mayoría, se fueron al edificio del Ministerio de Trabajo para reunirse con Miguel Unamuno. Pensaban hacer un plenario de las 62 Organizaciones.


Mientras conversaban, entró Papaleo visiblemente nervioso, relatando que "algo pasa, la señora presidenta no llegó a Olivos".


Inmediatamente, cuando confirmaron la noticia de su detención, abandonaron desordenadamente el edificio.


Lorenzo Miguel -mientras se olvidaba el saco-, llegó a gritar: "Yo me voy. Declaren la huelga general".


En esos minutos comenzaba a desarrollarse la Operación Bolsa: la detención de varios dirigentes políticos y sindicales del peronismo, en Buenos Aires y en el interior.


Lorenzo Miguel tardó una semana en caer preso; Raúl Lastiri y Norma López Rega, abandonaron el departamento de la avenida Del Libertador 3450, a las 21.05 hs. A las 3.15 de la madrugada, del 24 de marzo de 1976, los fueron a buscar.


El portero, Mario, no tenía las llaves del departamento. Entonces, forzaron la puerta. Finalmente, unas horas más tarde fueron detenidos en la casa del peluquero Miguel Romano, el mejor amigo de la pareja.


También éste, fue conducido como muchos, al buque 33 Orientales que estaba en el Apostadero Naval del puerto de Buenos Aires.


La tapa del diario La Nación del 24 de marzo de 1976, muestra el desconcierto del momento. El título fue: "Las Fuerzas Armadas asumen el poder: detúvose a la Presidenta". Pero, en la misma tapa, se informaba: "Acordaron los partidos constituir la bicameral" (era para tratar un plan económico-social).


"El tan publicitado y esperado golpe militar, tuvo lugar en la Argentina temprano esta mañana", informó el subsecretario de Asuntos Latinoamericanos a Henry Kissinger.


También relató, que la Junta Militar envió una carta a los Estados Unidos pidiendo el reconocimiento del nuevo gobierno. "Los ciudadanos e intereses norteamericanos no parecen estar en peligro".


El embajador estadounidense, Robert Hill, expresó en un cable que "éste debe ser el golpe mejor planeado y más civilizado de la historia argentina".


El 24 de marzo de 1976, la mayoría de los argentinos sintieron el final de la "agonía", como le dijo reservadamente Ricardo Balbín a Jorge Rafael Videla. No sabían qué iba a pasar al día siguiente, pero tuvieron, por un instante, la sensación del fin de fiesta.


Al mejor estilo wagneriano, desfilaron frente a sus ojos los tiempos de Cámpora y López Rega. Ezeiza. Las universidades destrozadas. La maratón de los precios; la carrera por el dólar. Los salarios devorados por la inflación. El desabastecimiento y las colas. La violencia de todos los extremos, con su demostración obscena de armas y muertos diarios. El paro de las empresas. El paro del campo. La Triple A. El Altar de la Patria. La guerra en Tucumán. Los asaltos a los cuarteles y las oficinas del Estado. El vacío de poder. Y la carencia de propuestas de toda la clase dirigente para salir del maremagno.


Es cierto, no hubo mucha gente en la Plaza de Mayo para vivar al régimen militar que nacía. Tampoco fue gente el día anterior para defender la democracia que, supuestamente, encarnó María Estela Martínez de Perón. Lo que vino después, fue otra gran frustración, pero no es el objeto de esta reseña.

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Armando Maronese

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