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Violencia de origen

Por Armando Maronese - 17 de Marzo, 2006, 22:28, Categoría: Opinión

Considerar que "El matadero", de Esteban Echeverría, es el primer texto de ficción nacional, nos lleva a preguntarnos cuál es la realidad argentina que lo sustenta. Cruce feroz de pintoresquismo e ironía, retrata una identidad que se constituye en el escarnio.

La violencia parece ser nuestro sello de origen. El sarcasmo, nuestra pueril defensa. De allí que la "argentinidad" oscile entre la ira y el miedo. Animales de costumbres con costumbres de animales.

Una nueva edición de este cuento enardecido y genial, recientemente relanzado por Alfaguara, confirma la vigencia de semejante arrebato. Porque, a decir verdad, su autor lo escribió de corrido, para sofocar un ansia ideológica imposible de comunicar. Es más, El matadero fue redactado por Echeverría entre 1838 y 1840, pero lo publicó su amigo Juan María Gutiérrez en 1871. ¿Por qué la demora? No fue, como en Kafka, una decisión existencial. En el caso de Echeverría, se trató de una apuesta política: sobrevivir para contar.

Como señala el propio Gutiérrez en el prólogo de la época: "Si estas páginas hubiesen caído en manos de Rosas –y yo agrego, también de Perón-, su autor habría desaparecido instantáneamente. Él conocía bien el riesgo que corría; pero el temblor de la mano que se advierte en la imperfección de la escritura, que casi no es legible en el manuscrito original, pudo ser más de ira que de miedo".

Recordemos que el relato se concentra en el matadero de Buenos Aires, en tiempos de Rosas. Echeverría logra que converjan la tiranía de los allegados al Restaurador, el desangre de un toro, una inundación tremenda, la cuaresma y el coraje de un unitario, etcétera, todo esto en medio de "la chusma" que presencia la matanza de cuarenta y nueve novillos. Ese espectáculo reunía, según describe el propio autor, "lo horriblemente feo, inmundo y deforme de una pequeña clase proletaria peculiar del Río de la Plata".

Gutiérrez concluye: "El matadero fue el campo de ensayo, la cuna y la escuela de aquellos gendarmes de cuchillo que sembraban de miedo y de luto todos los lugares hasta donde llegaba la influencia del mandatario irresponsable". Notable coincidencia entre denuncia y vaticinio.

El prólogo de la nueva edición, renueva las coordenadas de este fogoso texto nacional. En sus letras se desliza una suerte de estrategia, presente en el despliegue -o pavoneo- existencial de los autores argentinos más relevantes. Kohan destaca distintas "figuras de escritor" que han caracterizado a nuestra literatura. Según su boceto, Borges sería "el genio abstraído"; Sabato, "un viejo sabio que da consejos"; Cortázar, "un hombre comprometido con su tiempo"; Bioy Casares, "un bon vivant que escribe por deleite"; Arlt, "un trabajador esforzado que suda lo que escribe". ¿Y Echeverría? No lo dice, pero quizá sea el más argentino: un "fuera de lugar", un poeta romántico y burlón, un hombre comprometido y sin permiso, alguien que, sin saberlo, fundó nuestra patria literaria, tan próxima a nuestra dicotómica cultura política. ¡Pensar que él se consideraba tan sólo un coleccionista de palabras! Escribió en su Apología del matambre: "Palabras, palabras..., moneda común con que llenamos los bolsillos de nuestra avara inteligencia".

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Armando Maronese

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