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Un verdadero pueblo en la campaña: Estancia La Otomana

Por Carolina Buus - 16 de Marzo, 2006, 1:31, Categoría: Campo - Pueblos - Ciudades

Este establecimiento, perteneciente a Francisco Isla Casares y su mujer, Ofelia Soto, fue fundado a fines del siglo XIX por Juan Bautista Larraburu, que lo dotó de las instalaciones que aún perduran.

Entre la inmensidade de la pampa yacen vestigios de otros tiempos, épocas de despertares y progresos. La tierra atesora cada recuerdo como si se tratara de las raíces de un frondoso y añoso árbol; tranqueras afuera, despierta el misterio y los dichos que se entretejen casi como una leyenda. Y La Otomana, la estancia de Francisco Isla Casares y su mujer, Ofelia Soto, fundada por Juan Bautista Larraburu a fines del siglo XIX, en el partido de Necochea, no escapa a ello.

En el kilómetro 48 de la ruta provincial Nº 228, a la vera del arroyo Mendoza, se encuentra la estancia. La arboleda a un lado y otro de la carretera da indicios de que con ella, el paisaje ya no es el de antes. Un cartel anuncia la llegada y se abre el camino de acceso. Una moderna balanza para pesar camiones es la primera construcción que se descubre; le sigue un puesto abandonado, que parece una vieja esquina de pueblo con la puerta sobre la ochava y más adelante otro igual, con una manga para la hacienda y comedero para alimentación de animales, enfrente.

La huella empalma sobre el bulevar de la vieja entrada y desemboca en el casco, un verdadero pueblo en la campaña. Las avenidas rodeadas de árboles, las plantaciones, los puestos y el núcleo poblacional ocupan alrededor de 200 hectáreas de esta estancia que alguna vez fue descripta como "uno de los establecimientos más prósperos de la provincia de Buenos Aires".

Por entonces, en La Otomana, además de todas las actividades clásicas que se pueden realizar en cualquier campo del sudeste bonaerense -agricultura, ganadería, lechería y vivero-, se fabricaba jabón y sidra. Alrededor de 120 personas trabajaban en el lugar, tenían un almacén de campaña, El Pito, que hacia 1890 ya había abierto sus puertas y en las primeras décadas del siglo XX emitía su propia moneda, los bonos Larraburu.

En medio del desierto

El territorio que hoy ocupa el partido de Necochea, permaneció fuera de la línea de frontera hasta 1866, cuando se creó el distrito y se nombró como juez de paz a José Anasagasti, antepasado de los actuales propietarios de La Otomana. Los indígenas todavía merodeaban por esas latitudes, y los hacendados que obtuvieron las tierras mediante la ley de enfiteusis comenzaban a ocuparlas. En 1888, Juan B. Larraburu -tal como se lo recuerda-, ya figuraba entre los ganaderos más importantes de la zona y su nombre, aparece en un mapa de 1890, sobre las tierras que hoy ocupa la estancia.

Juan B Larraburu nació en el País Vasco, en la zona de los Bajos Pirineos, y poco se sabe de su llegada a la Argentina. Fue un personaje emblemático y controvertido, le ganó un juicio a los ingleses y llegó a tener propiedades en varios puntos de la provincia de Buenos Aires, La Pampa, en la Capital Federal y Esquel. La muerte lo encontró en Chile, país al que llegó huyendo de la justicia argentina, a fines de la década del 30, cuando su edad era ya avanzada.

La Otomana, en tiempos del apogeo de Larraburu, contaba con 20.000 hectáreas y comenzó a adquirir su forma actual alrededor de 1900. Todo se hizo en el campo. "Hay un potrero que llamamos El Horno, porque ahí estaban los hornos de ladrillos para levantar las construcciones, todas de material", contó Francisco Isla Casares, al frente del establecimiento y ávido conocedor de sus secretos.

Poco a poco fueron apareciendo las edificaciones, todas con influencia inglesa. La casa principal está construida en forma de chorizo, con un pasillo de 18 metros de ancho y siete de alto, que abre a sus costados los ambientes, repletos de muebles antiguos y recuerdos que pertenecieron al primer juez de paz de Necochea.

A su alrededor están los galpones, las viviendas del personal, del encargado, la matera y otros tantos aposentos que albergaron el trabajo de sogueros, carpinteros y herreros. Las carretas que circulaban por sus huellas se fabricaban en el campo, al igual que los alimentos y el jabón. De las plantaciones de castañas, manzanas, ciruelas, peras y membrillos -regadas por una acequia construida especialmente-, se obtenían frutos que se vendían; a la vez, sus diez tambos llegaron a producir dos millones de litros anuales de leche. Se criaban aves, conejos y abejas y había cabañas de lanares, equinos, vacunos y cerdos.

Una mujer turca

El costado sentimental de Juan B. Larraburu le dio nombre a esta estancia, que recuerda a una mujer turca, la madre de Ibrahim Saran, supuesto hijo y sucesor de Larraburu en La Otomana. Cuando en 1943 la firma Giménez Zapi la remata estas tierras como consecuencia de antiguos pleitos de su propietario, Josefina Anasagasti de Soler adquirió la estancia y 4.000 hectáreas. En el casco sólo quedaban las plantaciones, las casas y los galpones; el resto de sus cosas partió en dos trenes desde Energía hacia La Pampa.

Josefina era una mujer de campo, había heredado de su padre la estancia San José, lindante con La Otomana, pero por un problema con Juan B. Larraburu, tuvo que abandonarla en los años 30. Casi diez años después regresó a Necochea y volvió a montar en sus caballos para armar las tropas que irían a la feria. Vivió en la casa principal de La Otomana hasta su muerte, en 1964. Su hija, Josefina de Soto, fue su única heredera y de ella, recibieron esta estancia sus actuales propietarios.

Por estos días, La Otomana es un campo de producción mixta, con 2.800 hectáreas y otras 500 que se suman a la producción de agricultura y a la cría y engorde de hacienda. Pero no es una estancia más. En su tierra se conservan los vestigios de otros tiempos y yacen, ocultos, los secretos de una historia propia de otros tiempos.

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Por Carolina Buus


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