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Buenos Aires: 470 años

Por Armando Maronese - 9 de Marzo, 2006, 22:41, Categoría: Historia

El 14 de enero de 1534 llegó a Sevilla Hernando Pizarro, hermano de Francisco, con el "quinto real" de los tesoros obtenidos en Cuzco del Imperio Incaico, de acuerdo con las capitulaciones anteriores debidamente firmadas con el rey. El tesoro, constituido por centenares de kilogramos de oro y plata, enloqueció a toda Sevilla y bien pronto a toda España.

Desde 1532 la Corona gestionaba una expedición al Río de La Plata, porque "más allá del paralelo 25, se encontraban los dominios del Rey Blanco y de la Sierra de la Plata", cuyos fabulosos tesoros debían obtenerse. Por lo tanto, si lenta había sido la adjudicación y posterior preparación de la expedición, ahora los preparativos se aceleraban, y tanto que el 21 de mayo de ese mismo año, el gentilhombre de la Corte y paje de Cámara desde 1517, Don Pedro de Mendoza, firmó la capitulación por la que se comprometía a organizar y financiar a su exclusivo cargo una expedición al Río de Solís y desde allí hacia el norte, excediendo el paralelo 25 para poder arribar a los imprecisos y desconocidos territorios de ese misterioso cuan opulento monarca y para repartir con el rey católico sus tesoros.

La expedición se cubrió de gente de armas y de marear, así como de labradores y artesanos casi de inmediato. ¡Todos querían participar! Hubo que desalentar a muchos. El jefe de la expedición llevaría el título de adelantado, con los mismos derechos que al cargo se le concedía en Castilla desde el medioevo, a quienes excedían "la marca" de los infieles. Debía fundar tres poblaciones: -"tres fortalezas de piedra"-, y "les concedemos a dichos vezinos pobladores que les sean dados por vos los solares en que edifiquen casas y tierras y cavallería y aguas convenientes a sus personas (...)". (sic)

Partieron 13 navíos de Sevilla financiados por Mendoza -quien a tal efecto enajenó casi todos sus bienes heredados-, a los que se agregaron tres más en las islas Canarias, por un acuerdo celebrado entre el adelantado y el gobernador de Santa Marta, Pedro Fernández de Lugo; pero una de las naves torció el rumbo hacia Santa Domingo y otra naufragó en las costas de Brasil, por lo que llegaron al Río de Solís 14 barcos, lo que no contradice a Schmidl, porque éste menciona dieciséis navíos "en la partida". En cambio, no hay acuerdo en cuanto al número de hombres que vinieron, que asciende a dos mil seiscientos para unos o se reduce a mil quinientos para otros.

La flota partió de San Lúcar de Barrameda, el 24 de agosto de 1535, llegó a Las Canarias a principios de septiembre, donde, incorporaron las tres naves; el 18 de octubre llegaron a las Islas de Cabo Verde, el 22 de enero a la Isla de San Gabriel, donde la tripulación juró fidelidad al Adelantado y probablemente el día de San Blas, el 3 de febrero, -santo que adoptaron como Patrono-, llegaron a tierra y llevaron a cabo, supuestamente ese día, la fundación del modesto real, de acuerdo con las teorías más difundidas. Los diversos cálculos hechos por los cronistas, adjudican la fecha fundacional entre el 22 de enero y el 22 de febrero y adoptan el día 3 como el más probable. Siguiendo a Enrique De Gandia, el lugar de la fundación fue a orillas del brazo norte de la isla, existente en aquel entonces, paralela a la costa, que constituía un verdadero puerto natural de poco calado, pero apta para la navegación de aquellos barcos. Ese canal de acceso, se cegó en forma natural posteriormente por los aluviones del Riachuelo y del Río de la Plata.

El sitio debió ser el más alto de la primera meseta, en las proximidades de la hoy calle Humberto 1º. El real se extendería hacia la costa, abarcando una zona apta para la defensa. Aunque la capitulación ordenaba construir "tres fortalezas de piedra", la naturaleza del lugar apenas debió permitir erigir muchos ranchitos de barro y una empalizada de defensa del mismo material. La proximidad del río era indispensable para obtener agua potable y poder tener a la vista los navíos en que vinieron. Por otra parte, estaba expresamente legislado en las Ordenanzas de Población, que la fundación de pueblos en Indias debía realizarse "a orillas de un hilo de agua". No cabe duda, entonces, de que la fundación se hizo en un sitio alto y defendible, a orillas de un río y bajo la protección de los barcos.

No existe documento alguno de acta fundacional, aunque puede haberse perdido, pero resulta curioso que no hubiera un cabildo, pese a los 54 regidores ya designados en España antes de la partida. No obstante, es necesario recordar que la obligación del adelantado era fundar "tres fuertes" o "tres fortalezas", que no requieren un órgano de control de tipo municipal y el testimonio posterior de diversos documentos, nos permiten decir que el "real" fue una ciudad fundada por el adelantado. Así lo indica la lectura detenida de la capitulación firmada el 21 de mayo de 1534 y la obligación de dar fiel cumplimiento a sus disposiciones.

La vida en el real, fue penosa para todos por la carencia de alimentos. Las relaciones con los indígenas del lugar, amigables en un comienzo, se transformaron en peligrosamente hostiles poco después. Se vivía de lo poco que se cazaba y pescaba. Mendoza envió a Gonzalo de Acosta a buscar alimentos al delta del Tigre, y después lo envió a Brasil con el galeón Santa Catalina.

Otra expedición al Tigre, con 200 hombres, regresó diezmada, con la pérdida de la mitad de sus hombres. Envió entonces a Juan de Ayolas con 180 hombres a Corpus Christi, aquel fuerte fundado por Gaboto (Caboto) en el río Paraná. En otra expedición al delta, envió a su hermano Diego y a su sobrino Pedro Benavídez, con 300 hombres, pero los capitanes y los mejores soldados, incluyendo a su hermano, fueron muertos en un enfrentamiento el 15 de junio de 1536 en las proximidades del río Luján, cuyo nombre recuerda al conquistador Pedro de Luján, muerto allí ese día.

Dejemos que nos lo exponga un testigo presencial y partícipe de estos hechos, el soldado lansquenete, natural de Nuremberg, Ulrich Schmidl: "... Nuestro capitán general Pedro de Mendoza vio que no podía mantener la gente más tiempo allí; así ordenó y mandó él a una (flota) con sus capitanes (...), 7 navíos estuvieron listos y provistos; hizo que el capitán nuestro reuniese a toda la gente y envío a Pedro de Luján con 350 hombres armados río Paraná arriba, a que descubriesen indios que nos proporcionasen comida y víveres. Pero ni bien nos sintieron los indios, nos jugaron una de las peores (situaciones), porque empezaron por quemar y destruir su pueblo y cuanto tenían de comer, enseguida huyeron todos de allí y así tuvimos que pasar adelante sin más de comer que tres onzas de pan al día en bizcocho (...), la mitad de la gente se nos murió en este viaje de hambre, sin nombre y la otra mitad hubo que hacerla volver al susodicho pueblo (...). Después de esto seguimos un mes todos juntos, pasando grandes necesidades en la ciudad de Buenos Aires, hasta que pudieron aprestar los navíos. Por este tiempo los indios con gran fiereza y gran poder, nos atacaron a nosotros y a nuestra ciudad de Buenos Aires en número de hasta 23.000 hombres (...), los unos trataron de tomarla por asalto y los otros empezaron a tirar con flechas encendidas sobre nuestras casas, cuyos techos eran de paja y así nos quemaron la ciudad hasta el suelo (...). Aparte de esto nos quemaron cuatro navíos (...). Todo aconteció el día de San Juan de 1536. (Mendoza nombró a Ayolas en su lugar) Enseguida Ayolas pasó revista a la gente y halló que de 2.500 hombres que habían sido, no quedaban con vida más de 560, los demás habían muerto y perecido de hambre. ¡Dios todopoderoso se apiade de ellos y nos favorezca!".(sic)

Cuando el adelantado estaba ya decepcionado de su penosa aventura, retornó Ayolas de Corpus Christi con noticias alentadoras e informaba, que también había fundado el tercer fuerte comprometido en la capitulación, cerca del anterior, con el nombre de Buena Esperanza. Entonces, ambos remontaron el Paraná con la ilusión de cruzar el paralelo 25 y llegar a la Sierra de la Plata.

El puerto de Santa María del Buen Ayre había quedado sin gente y estaba destruido por los indígenas. Retornó allí, nombró gobernador a Juan de Ayolas y teniente gobernador en las tres ciudades a su amigo de la infancia Ruiz Galán, hizo hacer un testimonio del proceso llevado a cabo en Río de Janeiro contra el maestre de campo Juan de Osorio, redactó su testamento y se dispuso a regresar. En una carta dramática pidió a Ayolas que, si obtenía perlas u oro, que se los enviase a España con lo necesario "para poder vivir". Esa expresión asombró a toda la posteridad.

Mendoza retornó a España el 22 de abril de 1537, desengañado y enfermo, con el dolor de haber visto la muerte de su hermano, de sus parientes y de amigos de la infancia y también de la pérdida de la fortuna familiar. Su viaje de regreso en la nave Magdalena, debe haber sido muy penoso porque su muerte en altamar, verdadera y definitiva liberación de sus tormentos, ocurrió el 23 de junio de 1537 cerca de las Islas Canarias, a dos meses de su partida. Su fracaso era un resultado anunciado. Enfermo de sífilis, debilitado su espíritu, el único retrato que se le adjudica como suyo, revela al individuo vencido y no apto para esa aventura. Huelga decir que, enferma la cabeza, el resto de los integrantes debían sufrir consecuencias similares.

Hace cuatrocientos setenta años, el afortunado e ilustre gentilhombre de la corte de Carlos V -el monarca más poderoso del mundo-, padre de la primera Buenos Aires, de la primitiva Asunción y de las posteriores ciudades del litoral, reducido a mendigo enfermo y desvalido, cuyo lacerado cuerpo fue arrojado al mar, nos lleva a reflexionar sobre el sueño de los tesoros existentes, que obnubilaron a dos generaciones de españoles con el mito del Rey Blanco y la Sierra de la Plata, ese misterioso imperio que debía hallarse en algún lado, quizás en las espesuras de las selvas o en escondidos valles.

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Armando Maronese

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Fuente: Presidencia de la Academia Argentina de la Historia.

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