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Un nuevo escenario para Kirchner

Por Joaquín Morales Solá - 10 de Febrero, 2006, 1:37, Categoría: Opinión

Los incidentes ponen en aprietos al Presidente. Néstor Kirchner está en un aprieto: le estalló un problema enorme y no tiene a quién echarle la culpa. El problema consiste en que, por primera vez desde que es presidente, la rebeldía social se cobró un muerto y dejó huellas de una intensa balacera. Fue en su entrañable Santa Cruz. ¿Qué hubiera sido de Felipe Solá, de Juan Carlos Romero o de José Manuel de la Sota si semejante desgracia hubiera sucedido en sus parajes?

El Presidente suele culpar de los conflictos a la indolencia o a la impericia de los otros y acostumbra a tomar prudente distancia de ellos. Es cierto que un presidente no se puede meter en cualquier lodo. Pero, ¿qué hará en Santa Cruz? Sergio Acevedo, el gobernador, está hecho, con sus más y con sus menos, a imagen del propio Kirchner, que suele hurgarle hasta los subsecretarios del gabinete. Acevedo no será culpado nunca.

Quizás esas condiciones especiales expliquen dos cosas: el nuevo discurso del jefe del Estado y el hecho mismo de que el problema haya sucedido en Santa Cruz y no en otro lugar. Nadie puede negar que el Presidente ha dado un giro importante en su retórica cuando dijo que los muertos no tienen ideología y que la vida es un valor que importa para cualquier argentino.

Sucede que el Kirchner que gobierna la Nación no es el mismo que gobernaba Santa Cruz. Ningún caudillo argentino (como él fue y lo es de Santa Cruz) alcanza el control que él tiene de su provincia sin usar, hasta más allá del límite, a las fuerzas de seguridad provinciales. ¿Se podría imaginar acaso a un Carlos Juárez o a un Adolfo Rodríguez Saá despreocupados de sus policías o de sus servicios de inteligencia?

Sin embargo, el líder nacional se despreocupó demasiado de esas cosas esenciales del Estado. Su nuevo discurso parece haberlo despertado de una larga somnolencia: el Estado sirve de muy poco si, al fin y al cabo, no puede garantizarle a la sociedad la seguridad mínima de su existencia. No se trata, desde ya, de recurrir a la arbitrariedad del Estado, que es tan detestable como su ausencia. Debe haber -y, de hecho, lo hay- una frontera entre el autoritarismo y la anarquía.

En los conflictos sociales, Kirchner se ha manejado con dos criterios. Por un lado, esquivó la represión porque no quiere repetir las tristes historias de De la Rúa y de Duhalde, a quienes eyectaron del poder las muertes de militantes revoltosos. Pero también prohijó a ciertos grupos de piqueteros que le eran funcionales como fuerza de choque, para sus entreveros con políticos o empresarios. La izquierda más intransigente juró desde entonces que lo pondría a hervir en su propia salsa.

La paciencia del Presidente le ha dado algunos buenos resultados. Los movimientos piqueteros son ahora infinitamente menores de lo que eran y no fue necesario ningún muerto. Pero ha quedado el núcleo duro de los grupos políticos más ideologizados, que siguen martirizando la vida concreta del hombre común. Ningún país cuenta con garantías de seguridad básicas si los dueños de la calle son, a veces, personas enmascaradas, como se vio en Buenos Aires anteayer. Hay que repetir lo que ya se ha dicho: no puede haber propósitos que estén dentro de la ley en quienes se cubren la cara.

La casualidad no abunda en política y menos en Santa Cruz, donde la conspiración forma parte de la vida. No es casual, en efecto, que el primer muerto y el primer tiroteo hayan sucedido en el terruño del Presidente, como el propio Kirchner se encargó de subrayar.

Ya hace varios meses, el Presidente barruntaba que un conflicto piquetero en su provincia fue producto de militantes importados de la Capital Federal. No puede desconocerse tampoco, el contexto de cierta violencia en Las Heras y la historia que marca la vida de las sociedades: fue en la Patagonia, a principios del siglo XX, donde apareció el primer foco insurgente serio de la por entonces Argentina opulenta.

Existen también el aquí y el ahora. Hay muchas rémoras que exhiben a un Estado que perdió los reflejos más elementales. Todavía no se sabe, por ejemplo, qué clase de bala tenía en su cuerpo el policía Sayago, además del brutal golpe que parece haber sido la causa de su muerte. Tampoco se conoce de qué calibre son las cerca de 140 balas que impactaron en la comisaría de Las Heras. La información no puede demorarse. Con menos balas que esas han comenzados verdaderas catástrofes en la historia de la humanidad.

Kirchner está ahora entre dos fuegos: sus opositores lo culpan de haber escondido durante mucho tiempo los problemas debajo de la alfombra, y la izquierda lo acusa de haberse convertido en un represor sin códigos ni medidas. Están dramatizando la culpa del drama, porque, en última instancia, Kirchner es la primera víctima política de lo que sucedió en Santa Cruz.

Ninguna muerte sirve para nada. No obstante, el primer caso de una muerte violenta en casi tres años (cuando hubo en la Argentina miles de manifestaciones con miles de participantes sin muertos ni heridos) y la aparición de una rebeldía armada debería sobresaltar, al menos, a los dirigentes políticos.

Hay cosas que los gobiernos no pueden manejar solos, porque sencillamente no son infalibles ni todopoderosos. Son, a veces, las mismas cosas que reclaman de la oposición algo más que el oportunismo de la palabra.

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Joaquín Morales Solá

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AM

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