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Protesta y rebelión

Por Armando Maronese - 6 de Febrero, 2006, 22:10, Categoría: General

Cuando comenzaron en Francia los sucesos de 1789, Luis XVI preguntó a uno de sus colaboradores si se trataba de una rebelión. "No, señor -parece que respondió el interlocutor-, se trata de una revolución." Quien crea que ese diálogo era un juego de palabras se equivoca de cabo a rabo pues, desde entonces, el concepto y la praxis de la revolución circularon con ímpetu planetario hasta que, hacia fines del último siglo, esos ambiciosos designios en pos de una radical transformación de las sociedades, entraron en un prolongado crepúsculo. Frente a tal caducidad, las rebeliones de todo signo reemplazaron aquellos antiguos impulsos.

Es seguro que a Jacques Chirac y a sus ministros no se les ocurrió imaginar, en esos días tensos, iluminados por el fuego de ocho mil vehículos (sin contar edificios), que Francia enfrentaba una situación revolucionaria. En rigor, el problema trascendente que aflora en estos albores de centuria, es el dramático llamado de quienes se rebelan y encaran de este modo un nuevo tipo de acción social. Inmersos en la anomia, concentrados en guetos urbanos, armados de un código interior de primitiva autoridad propio de un grupo cerrado sobre sí mismo, envueltos en lenguajes y símbolos también intransferibles, dispuestos, en fin, a ejercer violencia en un contexto penetrado también por el submundo de la droga: este conjunto expansivo de la población francesa protesta y se rebela.

Lo que más asombró a un espectador de la historia europea de los últimos cuarenta años fue, no sólo la intensidad de las rebeliones, sino la rapidez con que esas protestas violentas colocaron en entredicho, el proyecto de poner en obra un sistema social y político integrado tanto en el vértice como en la base.

La integración europea pretendió realizar al mismo tiempo, la integración política de las naciones y la integración social de las sociedades. La idea madre de tal empeño consistió en combinar la construcción de la paz con principios de justicia -o por lo menos de equidad-, inherentes a las relaciones humanas: protección social, adquisición de niveles crecientes de educación y salud, y coronando este edificio, una economía en crecimiento con acceso al trabajo y, por ende, a la movilidad social.

El edificio de marras parecía contar con cimientos sólidos, hasta el punto de que el llamado "modelo europeo", hacía las veces de alternativa de cara al fulgor y las sombras de los Estados Unidos. Daría la impresión de que muy pocos de estos rasgos guardaron alguna originalidad a la luz de las rebeliones en las ciudades francesas.

¿Qué diferencias se pueden destacar, en efecto, entre la violencia desatada en Los Ángeles, hará pronto tres lustros, y las hogueras que ardieron en Francia? No muchas. Si los Estados Unidos, como antaño escribió Gunnar Myrdal, padecen todavía el "dilema americano" de sus habitantes de origen africano, los países europeos sufren el dilema, no menos significativo, que proponen los grupos humanos provenientes del norte y del sur de África.

Dilemas, por cierto, explosivos. El dilema norteamericano es herencia del pasado esclavista; ellos se lo buscaron. El dilema europeo es herencia del pasado colonial y del impacto que han producido en la población establecida, blanca (racista) y poco receptiva al fenómeno de la inmigración, tanto los viejos como los recién venidos de otras latitudes con su carga de tradiciones religiosas y étnicas. Producto derivado del envejecimiento demográfico y de la necesidad de llevar a cabo los trabajos menos calificados, estas capas sociales, a la vez distantes y próximas, han puesto otra pica en Flandes en cuanto a la siempre renovada cuestión, tan densa y tan conflictiva, del reconocimiento del otro.

Esta estrechez de miras, que redunda en una falta de apertura hacia la situación de varias generaciones de origen inmigrante, se combina, en el caso francés, con una tradición republicana mucho más comprometida con la fragua de una ciudadanía homogénea, que con la atención que asimismo merece el respeto a la diversidad y al pluralismo.

En teoría, de acuerdo con la política educativa, todos deberían ser franceses de cuerpo entero, devotos de los ideales de libertad, igualdad y fraternidad. En la práctica, sin embargo, esos ideales chocan constantemente con varios bloqueos, entre los cuales sobresalen el acceso al trabajo en iguales condiciones, el pantano en que vegeta la movilidad social y, por último, la política de organizar ciudades satélites alejadas de los centros urbanos.

Si combinamos estos indicadores del descontento y los proyectamos hacia los suburbios en combustión, podríamos comprobar cómo se va incubando esa mezcla brutal de una sed de violencia acoplada a una sed de reconocimiento.

Son violentos, en suma, porque acaso quieren ser reconocidos. Problema trascendente para una cultura incapaz, hasta el momento, de elaborar una fórmula de incorporación de esos sectores apartados de los beneficios de la civilización. Va de suyo que la mera represión, como sueña la extrema derecha, es inconducente por sí sola para despejar estas incógnitas, si a la necesaria reconstrucción del orden no se añaden decisiones públicas acordes con la primordial exigencia de incorporar en lugar de excluir.

A todo esto, al influjo del vértigo de estos acontecimientos, planea sobre la trama de la globalización, una advertencia a la cual no es para nada ajena la Argentina. Habría que preguntarse, una vez más, si es posible soportar, en una cultura que permanentemente proclama ideas humanitarias, la realidad hostil de la exclusión y del desencuentro, tan clásico del peronismo fascista.

A los suburbios encadenados a esta contradicción, se los denomina en Francia: cités. Es una paradoja cruel que aquella esperanza de la buena vida civilizada, encarnada en cuanto a su origen etimológico en el concepto de ciudad (un lugar paradigmático de intercambios y reconocimiento), se traduzca hoy en un espacio herido por la iracundia de los violentos.

Estos desgarros están hoy en todas partes (entre nosotros, los argentinos, se concentran en las villas miseria) y permanecen como testigos de una tarea incompleta. Son, al cabo, signo de un fracaso político y social. Cuesta un gran esfuerzo aceptar la evidencia, pues parecería que los resortes para reparar el daño sólo se ponen en movimiento cuando estalla el resentimiento colectivo. En este sentido, las noticias que nos llegaron de Francia no fueron alentadoras. Se hablaba de contagio hacia otros países europeos, como si la exclusión fuera una enfermedad y no un desafío humano que, sin hacer caso omiso de la coacción legítima, exige tener en reserva un suplemento de comprensión capaz de abarcar la complejidad de estos fenómenos.

Ese suplemento nos falta a los argentinos y habrá que ir creándolo en ausencia de modelos que, hasta hace poco tiempo, se juzgaban mucho más exitosos de lo que en realidad son.

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Armando Maronese

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