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Las patas de la superstición

Por Armando Maronese - 12 de Diciembre, 2005, 0:21, Categoría: General

¿Por qué cruzarse con un gato negro es mal augurio? ¿Quién decidió que romper un espejo trae siete años de desgracias? Creencias como éstas, dicen, existen desde siempre. Pero tienen un origen, una razón de ser. Esta nota indaga en la historia para explicar cómo han llegado hasta nuestros días.

Leer esta nota y repetir tres veces en voz alta su última frase alejará la mala suerte durante 24 horas. Sí, es una nueva superstición que, fugaz, se diluirá apenas usted dé vuelta la página. Sin embargo, existen creencias de toda índole que resistieron el paso del tiempo y siguen vigentes aún en pleno siglo XXI: romper un espejo (siete años de desgracias), pasar por debajo de una escalera (mala suerte), cruzarse a un gato negro o derramar la sal (mala suerte o pelea), cruzar los dedos o tocar madera (para atraer la buena fortuna). Estas, entre muchas otras, son algunas de las más conocidas, y prueban la eficacia de la difusión "de boca en boca".

¿De dónde vienen estas creencias? ¿Cómo se originaron y qué historias hay detrás de cada una de ellas?

"Las supersticiones tienen que ver con las creencias populares, las leyendas, y con todo tipo de cuestiones que aparecen cuando se buscan certezas en el mundo de lo mágico e irracional. Existen desde que el hombre es hombre", explica Mónica Lacarrieu, antropóloga urbana y de la cultura para el Conicet y la UBA.

Según el diccionario de la Real Academia Española, la palabra superstición viene del latín superstitio, y alude a una "creencia extraña a la fe religiosa y contraria a la razón". También se define como una "fe desmedida o valoración excesiva respecto de algo".

Desde la Antigüedad, los egipcios, así como los romanos y los griegos, mezclaban las supersticiones con la magia y la adivinación. Tanto es así que muchas de las creencias que aún están arraigadas en nuestra época provienen de aquellas culturas.

Una de las más conocidas es la supuesta mala suerte -o la pelea-, que sobrevendrá si se derrama sal. El consejo para neutralizarla es tomar una pizca y arrojarla por encima del hombro izquierdo, "directamente a la cara del diablo". Así, el demonio queda temporalmente cegado y el espíritu puede volver a aquellos territorios donde prevalece la buena suerte.

La sal poseía también un poder simbólico: procedía de la madre tierra y del mar, y derramarla era un sacrilegio. En la Antigüedad se usaba como moneda de cambio y servía para conservar y condimentar los alimentos. Quizás estas supersticiones buscaban también "atemorizar" a aquellos que manipulaban el preciado y blanco mineral.

"Cada vez que derramo sal, yo tiro una pizca para los dos lados. Es algo que en casa se sabe y se practica. Por las dudas", dice Claudia Alvarez, un ama de casa de 35 años, tres hijos.

Otro hecho muy temido, y que suscita una creencia muy extendida, es la rotura de un espejo, que supone siete años de desgracias (¡siete!). Entre las explicaciones más antiguas, está la que dice que en la antigua Grecia se practicaba la craptomancia, el arte de la adivinación por medio de un espejo, y que si éste se rompía significaba la muerte. Pero también tiene una justificación vinculada con el aspecto económico.

Como los primeros espejos fabricados en Venecia, Italia, tenían un baño de plata, eran una mercancía muy cara. Para cuidarlos, las damas adineradas les decían a sus criadas que si rompía un espejo les caerían encima siete años de mala suerte. Terror de por medio, el mito, como muchos otros, pasó de generación en generación.

"Hay estructuras psicológicas más rígidas, que tienen que ver con la neurosis. Una cosa es contarlo como un chiste, y otra pensar "rompí un espejo, me va a ir mal, me va a ir mal", hasta que termina yéndome mal. Esto tiene que mucho que ver con la inseguridad: hay personas que lo viven con angustia. Cuando este tipo de cosas empiezan a molestar, la consulta es la mejor prevención", explica Gabriela Renault, decana de la Facultad de Psicología de la Universidad del Salvador.

Otra de las supersticiones más populares, es la que indica que pasar por debajo de una escalera es sinónimo de mala suerte. El origen está relacionado con la figura triangular que se forma cuando se la apoya contra la pared, que se ha identificado con la Santísima Trinidad. Irrumpir en medio de ese trío sagrado sería de mal augurio.

Otra creencia popular, de la Europa del siglo XVII, la asociaba a la mala suerte porque los criminales condenados a la horca eran obligados a pasar por debajo de una escalera antes de ser ajusticiados por sus verdugos.

"Yo no creo en esas estupideces, pero respeto las creencias ajenas. En la despedida de soltero de mi mejor amigo, que es muy supersticioso, lo dejamos desnudo y atado debajo de una escalera. ¡Se quería morir!", comenta Sebastián Zurita, de 30 años, analista de sistemas. Y aclara que menos por estar desnudo, que por el lugar donde lo dejaron.

Esenciales

Para Goethe, la superstición formaba parte de la naturaleza y la esencia del hombre. De hecho, muchos personajes de la historia fueron tildados de supersticiosos. Por ejemplo, Napoleón les temía a los gatos negros.

Se tejen infinidad de versiones sobre el origen de esta superstición. Adorado hasta el punto de ser considerado una divinidad en el tiempo de los egipcios, la mala suerte para los gatos llegó con la Iglesia del siglo XIII, que los consideró símbolo del diablo y cuerpo metafórico de las brujas, por lo que eran quemados. De allí que comenzaran a ser considerados de muy mal augurio si se cruzaban en el camino de un cristiano.

También existen íconos de la cultura contemporánea apegados a ciertas supersticiones. Borges, es sabido, creía en las propiedades benéficas del número tres y sus múltiplos. Cuando viajaba en avión, temeroso en el momento del despegue o del aterrizaje, para conjurar la mala suerte daba tres golpes con los nudillos en el brazo del asiento.

"En las cábalas se les otorga a objetos o rituales, cierto poder de acompañamiento positivo. Es parte del folklore. Pensamos: porque llevo o realicé mi cábala me va a ir mejor; entonces, me quedo tranquilo. Lo ideal sería estar libre de todas estas cosas, pero ¿quién no necesita un objeto o una situación de rito o creencia? ", dice Renault.

En el terreno de las cábalas, a cada cual la suya. "Uso una bombacha roja cuando voy a rendir un examen difícil. Me lo aconsejó una amiga. Sé que es una pavada, pero al menos no me pongo tan nerviosa como cuando no la usaba", cuenta en voz baja Lorena Ramírez, de 22 años, estudiante de tercer año de abogacía. En su muñeca, disimulada detrás de la malla del reloj, luce una cinta roja. "Es para la envidia", aclara.

El diseñador Christian Dior no tomaba un lápiz sin consultar las cartas... ni tocar madera. Supersticioso hasta la médula, no salía de casa sin sus cuatro amuletos: "Llevo colgados dos corazones y una estrella, y siempre guardo un trozo de madera en uno de mis bolsillos, por las dudas". Como bien lo sabía Dior, la costumbre dice que el clásico "toco madera" es signo de buena suerte, ya que ésta atrapa la maldad y la hace caer a tierra.

Muchos siglos antes del cristianismo, los pueblos célticos de Europa rendían culto a los árboles, por considerarlos templos de la santidad y principal manifestación de los dioses en la Tierra. Además, se dice que las supersticiones con respecto a la madera nacen, también, del hecho de que fue el material con el que se hizo la cruz de Jesús.

Otra de las creencias más arraigadas alrededor del mundo, es la que rodea al siempre evitado número 13. La elección del número no es caprichosa, y su origen tiene varias explicaciones en la historia. La más conocida de ellas se remonta a la época de Cristo y la Ultima Cena, en la que había, precisamente, trece comensales.

En nuestro país es muy temido el martes 13. Esto se relaciona con la mitología griega, en la que el dios de la guerra era Marte. Además, es el día regido por el planeta rojo, que significa la destrucción. A partir de estas historias se creó el famoso dicho: Martes 13, no te cases ni te embarques. Es más, casi se ha llegado a demonizar este número: hay muchos hoteles internacionales que omiten el piso decimotercero y saltan directamente, desatendiendo toda matemática, del 12 al 14.

Tocarse un testículo -o un seno las mujeres- para alejar la mala suerte, quizá sea una costumbre que deriva de una de las supuestas formas de curar el "mal de ojo". En la Antigüedad, para prevenir el mal se acostumbraba llevar consigo figuras que simbolizaran los órganos genitales porque, si el mal de ojo destruía, se suponía que la sexualidad era la fuerza protectora, por ser dadora de la vida. En la actualidad se cree que tocándose esas partes del cuerpo la mala suerte, la "yeta", la "mala onda", se aleja.

Mufas y otras yerbas

A Carlos Di Sarli se lo llamó El señor del tango. Sin embargo, en el ambiente tanguero se lo conoce como El innombrable, ya que cargaba una tan difundida como incomprensible fama de "yeta".

"Cuando ponen Di Sarli, algunos viejos milongueros se tocan el testículo izquierdo; las minas se tocan una teta y no bailan, pero son los menos. Yo bailo igual; es un rumor que no tiene sentido; tal vez se corrió la bolilla por la envidia que le tenían, porque Di Sarli tenía una orquesta que fue incomparable", dice, whisky en mano, Eduardo Aiello, de 54 años, en una milonga céntrica.

En cambio, al maestro Osvaldo Pugliese se lo considera de buena suerte. Se lo llama San Pugliese y hasta circula su estampita con una oración "antimufa".

En el mundo del espectáculo, desear suerte a viva voz, paradójicamente, trae mala suerte. En su lugar, aconsejan recurrir al más elegante y conocido merde!, que también tiene su explicación histórica.

La costumbre se remonta a épocas en las que el caballo era el medio de locomoción por excelencia. En aquellos días, ver acumulado el excremento en la puerta de un teatro era sinónimo de que la sala estaba colmada, justamente, con los propietarios de esos animales.

Hoy, hasta se agradece efusivamente la costumbre, y no se considera a nadie un maleducado si, al desear buena suerte, lo que se escucha es la exclamación: "¡Mucha merde!".

Creer o reventar.

Canciones

"Toco madera, no vuelvo junto a ti por más que quiera. Porque el quererte, te juro que me ha dado mala suerte", canta Raphael en el estribillo de la canción Toco madera.

"Nena, no te peines en la cama, que los viajantes se van a atrasar", dice una de las estrofas del hit de Los Enanitos Verdes Lamento boliviano, en alusión a esa creencia del altiplano.

Como se ve, muchas supersticiones están tan enraizadas en la sociedad que terminan incorporándose a distintas manifestaciones de la cultura popular.

Picazones

Cuando a alguien le pican las orejas, afloran las connotaciones supersticiosas de diferente significado, tanto positivo como negativo. Se cree que cuando la picazón es en la oreja derecha es porque están diciendo cosas agradables de la persona en cuestión, pero si el escozor se siente en la izquierda, es señal de que están hablando mal.

Para evitarlo, dicen los supersticiosos, un método consiste en hacer varias cruces con saliva en el borde de la oreja.

De algunas supersticiones se conoce el origen, pero de otras no: por caso, la que dice que la novia, el día de su boda, debe llevar "algo viejo, algo nuevo, algo prestado y algo azul". Lo prestado representa el presente; lo viejo, el pasado; lo nuevo, el futuro, y lo azul simboliza la pureza.

Cabuleros

No es casual ver a directores técnicos de fútbol con el mismo saco partido tras partido, mientras tengan una racha ganadora. El ambiente futbolístico es de los más "cabuleros".

Una muestra es la cara de preocupación del técnico de River, Reinaldo Merlo, con el ya movimiento clásico de los "cuernitos" hacia abajo, ante algún peligroso ataque de un equipo contrario. Conocedores del perfil supersticioso de su ex técnico, cuando Estudiantes jugó contra River, en La Plata, el 25 de septiembre pasado, los hinchas "pincharratas" recibieron a Merlo con una lluvia de flores, claveles y rosas amarillas, como conjuro "mufa".

Esa tarde, River perdió contra Estudiantes por 1 a 0 ante la alegría de los miles de simpatizantes "pinchas", que agradecían la efectividad del conjuro.

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Armando Maronese

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