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Hace 40 años, un hito argentino en el Polo

Por Daniel Gallo - 12 de Diciembre, 2005, 0:11, Categoría: Historia

El 10 de diciembre de 1965 un grupo de militares, encabezados por el coronel Leal, alcanzaba a pie ese punto geográfico.

El operador de radar terrestre pensaba que era una falla en el sistema. Donde nada debía reflejarse, él veía unos puntos en la pantalla. Debe haber chequeado los instrumentos y dado golpecitos con un dedo al monitor, antes de decidirse a salir del refugio y enfrentar los 30° bajo cero en el exterior de la base estadounidense Amundsen-Scott. El hombre quedó inmóvil, incrédulo, cuando vio con sus ojos y ya a pocos metros lo que reflejaba el radar: el grupo de diez militares y tres vehículos argentinos que ese 10 de diciembre de 1965 llegaban por primera vez al Polo Sur por vía terrestre.

El entonces coronel Jorge Leal se adelantó a saludar. Detrás de él ya ondeaba la bandera celeste y blanca. Los relojes argentinos marcaron las 10.15; en la base estadounidense dormían, después de todo era su hora, establecida por el uso horario de Nueva Zelanda; era la 1.15 del 11 de diciembre. La permanente luz solar era indiferente a esas convenciones temporales humanas. La expedición bajo el nombre código de "Operación 90" finalmente había llegado a su meta, después de casi 1.500 kilómetros de travesía con logística militar y espíritu aventurero. Ese impulso emocional que había llevado a Leal a la Antártida en 1952, continente del que no podría despegarse y que lo tiene como referente argentino, 40 años después de esa marcha a la hazaña.

Fue insertado en la Antártida por el general Hernán Pujato, otro de los pioneros en la conquista de ese territorio. Recordó Leal la última orden que escuchó de Pujato: "Yo no pude llegar al Polo, usted debe hacerlo". En 1962 presentó el primer plan realizable para el Ejército. Entre cambios internos e institucionales, el proyecto fue demorado. No hacen falta palabras directas para entender la mirada de Leal sobre cuánto trabajó para convencer a las autoridades militares y políticas para concretar una misión marcada para quedar en la historia. "A los antárticos ya nos tenían como locos, así que plantear nomás la necesidad de llegar al Polo Sur era poco entendible", rememoró el ahora general (R) Leal.

Un poco de locura y mucho de arrojo, siempre resultan necesarios para hacer una huella nueva. La Antártida no es una tierra fácil ni un apostadero para flojos o temerosos. Es una zona de peligros. Pero la expedición no era sólo una prueba de espíritu personal para el grupo que la encarase. También formaba parte de un plan estratégico para consolidar los derechos del país sobre la Antártida.

Cinco objetivos

"Pujato señaló cinco puntos por cumplir: el Ejército debía estar en la Antártida para promover la conciencia nacional sobre el sector; nuestro país debía contar con un rompehielos; teníamos que armar un organismo científico que se ocupase de forma exclusiva de la Antártida; debía crearse allí un poblado, con familias y chicos, para sostener la presencia nacional, y había que llegar al Polo Sur. Con el tiempo se logró todo eso", reseñó Leal.

Los militares elegidos por Leal tenían experiencia en las diferentes bases antárticas. Así, el 26 de octubre de 1965 partieron desde la base Gral. Belgrano, junto al coronel Leal, el capitán Gustavo Giro, el suboficial Ricardo Ceppi, el sargento ayudante Julio Ortiz, los sargentos 1os. Jorge Rodríguez, Domingo Zacarías, Guido Bulacio, Roberto Carrión y Adolfo Moreno, y el cabo Ramón Alfonzo.

A poca distancia de ellos se trasladaba la llamada Patrulla Paralelo 82, con la misión de dar apoyo al grupo. Hasta esa posición de 82° ya habían llegado anteriores exploraciones terrestres del Ejército; desde allí el equipo de Leal avanzaría sin más soporte que su capacidad de orientación.

Seis vehículos orugas fueron el principal transporte. Dos trineos de perros colaboraron con la carga hasta un cierto punto. Como si faltasen dificultades, la marcha empezó casi al nivel del mar y el ascenso constante del terreno hizo terminar la travesía a casi 3.000 metros de altura. Las grietas, siempre tramposas, impedían avanzar en línea recta. Los suboficiales topógrafos "navegaban" en el hielo eterno. Se establecieron bases de apoyo en el camino marcado, para facilitar el regreso, con lanzas de caballería, arma a la que pertenece Leal.

"Hicimos marchas de más de 28 horas seguidas; como el día o la noche no representaban nada allí, se avanzaba hasta que se podía o llegaba el cansancio", cuenta Leal. Las dificultades son tantas como las anécdotas. Elige recordar un día en que la desazón invadía al grupo, frenado por tormentas de nieve y semienterrados en sus vivacs, en esas carpas alejadas de las ventajas térmicas de hoy y que permitían reducidos movimientos. Mientras en su pensamiento volaban cifras con víveres y combustible consumidos sin avanzar, una voz casi inaudible por el viento lo invitaba a otra carpa a jugar al truco. Leal ve aún en ese gesto -"simple, alejado de lo militar"- un reflejo del temperamento de los hombres que lo acompañaron, quienes no decayeron en los momentos más complejos.

Cuando el objetivo del Polo Sur fue alcanzado, y después de un nada despreciable baño caliente en la base estadounidense, llegó el obligado regreso a la base Belgrano. Y otro momento de emoción para Leal y sus hombres. "Minutos antes de que en nuestros hogares brindasen por la Navidad, nos reunimos, nos sacamos los gorros de nieve y los guantes y rezamos el Padrenuestro; Dios nos llevó y nos trajo de la mano", dice Leal y se emociona al revivir ese instante.

Por Daniel Gallo

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