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Una estancia con destino de parador

Por Yuyú Guzmán - 9 de Diciembre, 2005, 0:20, Categoría: Campo - Pueblos - Ciudades

Perteneció a Manuel Ortiz Basualdo y fue una importante posta a fines del siglo XIX; todavía exhibe una imponente belleza.

AYACUCHO.- En 1864 había un servicio de galeras conocido como Mensajerías las Generales del Sud que, saliendo de Buenos Aires, unía las poblaciones del sudeste bonaerense. Uno de los trayectos, anunciado como "Carrera del Moro por La Fortuna de Peña", pasaba por Chascomús, Dolores y las estancias Las Armas y Pozo de Fuego, donde estaban las postas de dichas propiedades.

Allí, junto a las lagunas, los ranchos y los corrales para el relevo de caballos, se bajaban los sufridos viajeros a descansar los huesos molidos del traqueteo, ir a los servicios y comer o dormir, según la hora de pasada.

Pozo de Fuego y Las Armas, eran las estancias de Mariano Miró y Manuel Ortiz Basualdo, respectivamente, posesiones linderas que habían comprado en sociedad a mediados del siglo XIX y se habían separado en 1862. En este caso, hablaré de la segunda de ellas.

Situada en un extremo del partido de Ayacucho, en el deslinde de los partidos de Mar Chiquita y Maipú, la estancia Las Armas adoptó el nombre de una laguna, de las tantas que abundan en la región. Esta laguna había sido bautizada con ese nombre debido a que en una de sus orillas se había encontrado un enterratorio de armas de fuego.

Cambios cruciales

Su situación en el cruce de los viejos caminos que transitaban las carretas y galeras llevando envíos y gente entre Buenos Aires, Tandil y la costa marplatense, le signó el destino de parador que cumple todavía.

En 1886, las vías del ferrocarril atravesaron las tierras de esta propiedad, buscando el rumbo de la naciente Mar del Plata, dejando una estación que también se llama Las Armas. La llegada del tren a la villa balnearia y a las poblaciones por donde pasaba, provocó cambios fundamentales en toda la región, y la instalación de esta parada ferroviaria en la estancia de Ortiz Basualdo, también acarreó movimientos estratégicos para arrimarse a las vías del tren y quedar a tiro de Buenos Aires y Mar del Plata. Fue entonces, cuando se construyó un nuevo casco como lugar residencial, al frente mismo de la estación.

Esto sucedió en la década de 1880, caracterizada por un inusitado auge económico y grandes cambios en el estilo de vida social de Buenos Aires.

Tal fenómeno, dio lugar a un esplendor arquitectónico notable en la ciudad, en la estancia y en el balneario de Mar del Plata, un centro turístico en formación, que concentraba la mayor preocupación estética edilicia y la más novedosa atracción veraniega.

Así fue, como las estancias ubicadas al lado de la ruta 2 y del paso del ferrocarril, acomodaron sus viejos cascos y agrandaron sus casas para recibir las visitas que llegaban en tren, del que se apeaban casi en la misma tranquera de la propiedad, donde un coche a caballos los esperaba.

Las Armas no fue la excepción a esa fiebre y al construirse su segundo casco, se levantó una residencia palaciega de estilo anglo-normando, inspirada en los bellos castillos de las orillas del río Loira, en Francia.

Además, para enmarcarla en un paisaje de la misma categoría estética, se plantó un parque que ocupaba una amplia superficie alrededor de la edificación.

En él también se construyeron avenidas convergentes muy arboladas, grandes espacios cubiertos de césped cruzados por caminos curvos, jardines, fuentes y estatuas, para complementar la composición.

Incendio feroz

La entrada a la propiedad estaba enmarcada por una larga alameda, que se abría frente a la estación y remataba con un portal elegante, con grandes verjas de hierro sostenidas por pilares y un cartel en el centro que anunciaba la llegada a la estancia Las Armas.

Samuel Ortiz Basualdo y su esposa, Magdalena Castro, fueron los anfitriones que durante más tiempo disfrutaron de la mansión rural, y también fueron quienes la vieron consumirse por un incendio feroz que sólo le dejó algunas paredes derruidas y techos caídos.

Luego se hizo una reconstrucción en línea rectangular más sobria, de acuerdo a las nuevas modas arquitectónicas imperantes en su momento. En el centro del pórtico, se volvió a colocar el viejo cañoncito, una de las piezas del lote de armas que se desenterraron de la orilla de la laguna.

Actualmente, la quinta generación de los Ortiz Basualdo, depositarios de un casco tan importante y con mucho menos superficie productiva para sostenerlo, están estudiando alternativas que les permitan conservar adecuadamente este legado.

En la elección de su futuro destino, seguramente pesará su propio folklore como primitiva posta. Podrá ser, entonces, lugar de descanso, estación de servicios generales para el viajero y tal vez, por qué no, un destino de hotelería rural elegante que recree los deliciosos veraneos en las estancias de ayer.

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Por Yuyú Guzmán

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