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La intolerancia como sistema

Por Armando Maronese - 21 de Noviembre, 2005, 0:30, Categoría: Opinión

El presidente Néstor Kirchner ha dado una nueva muestra de intolerancia ante cualquier opinión diferente de la que él sustenta y de su tendencia a generar divisiones y enfrentamientos en la sociedad, con total olvido de que su misión primordial es gobernar para todos los sectores del país y no para un bando determinado.

 

Al atacar injustamente a las estructuras de la Iglesia, acusándolas de "actuar como un partido político", ha rebajado el nivel del debate que los obispos intentaron abrir el sábado último cuando convocaron al conjunto de la sociedad a reflexionar sobre el "escandaloso crecimiento de la desigualdad social" que se advierte hoy en el país.

 

El documento emitido por la Conferencia Episcopal Argentina, titulado "Una luz para reconstruir la Nación", fue un ejemplo de equilibrio en la descripción de los males que está sufriendo hoy nuestro pueblo. La declaración episcopal no estuvo dirigida al Gobierno, sino -como se desprende claramente de su texto- a la sociedad en su conjunto, a la que invitó a adoptar políticas firmes y duraderas para combatir la creciente pobreza y para neutralizar los efectos devastadores de la desocupación.

 

Los obispos sostienen que se deben tomar a tiempo las medidas necesarias para evitar "peligrosos enfrentamientos sociales". Ante los hechos que se están registrando en Francia -y en otros países centrales de Europa-, la reflexión del Episcopado se justifica plenamente.

 

La reacción del Presidente revela que la intolerancia oficial se está convirtiendo peligrosamente en sistema. El primer mandatario reacciona contraatacando a quienes osen exponer interpretaciones o diagnósticos que no coincidan con los que diseña la Casa Rosada. La experiencia histórica demuestra que, cuando los gobernantes se sienten dueños exclusivos de la verdad, tarde o temprano las instituciones democráticas se ven amenazadas.

 

El documento episcopal contiene importantes afirmaciones sobre aspectos fundamentales para el desarrollo de una convivencia pacífica y auténticamente democrática entre los distintos sectores de la sociedad argentina. En uno de los pasajes centrales de la declaración, los obispos afirman, por ejemplo, que los mayores deberíamos preguntarnos hoy si les hemos transmitido a los jóvenes toda la verdad sobre lo acontecido en nuestro país en la década del 70.

 

Sería un grave error -sostienen los pastores de la Iglesia- desconocer la gravedad que significó el terrorismo de Estado. Los argentinos nunca lloraremos lo suficiente por los crímenes de lesa humanidad perpetrados por agentes gubernamentales y estatales en los años que siguieron a 1973. Pero sería igualmente grave que se incurriera en la omisión contraria u opuesta y se silenciaran los crímenes, también atroces, cometidos por el terrorismo de las organizaciones subversivas, como Montoneros o el ERP. Tengamos en cuenta que Kirchner, anduvo deambulando por estos grupos .

 

El desacuerdo del Gobierno con el mensaje episcopal no sólo fue exteriorizado por el Presidente, sino también por el jefe de Gabinete, quien consideró "poco feliz" que el Episcopado hubiera recreado la llamada "teoría de los dos demonios", pues no hay en la Argentina -dijo- "nadie que haga una exaltación de la guerrilla, como sugiere el documento".

 

Lo afirmado por el jefe de Gabinete no se ajusta a la realidad. Cuando hace algún tiempo el jefe de la Fuerza Aérea, brigadier Carlos A. Rhode, manifestó que en los años 70 se cometieron horrores y errores "por ambos lados", el presidente Kirchner lo conminó a rectificarse. En cambio, cuando Hebe de Bonafini exaltó la acción de los guerrilleros y hasta propuso que en el Museo de la Memoria de la ESMA se exhibieran las armas con que sus hijos lucharon, el jefe del Estado no reaccionó de igual manera: nunca dejó de recibirla y de invitarla a integrar comitivas oficiales.

 

"Patria o muerte", "socialismo o muerte", fueron algunas de las consignas pronunciadas días atrás en el acto de la "anticumbre", transmitido durante horas por el canal de televisión estatal, cuya área de noticias está a cargo de la esposa del conocido ex dirigente montonero y actual legislador nacional Miguel Bonasso.

 

La guerrilla puede exaltarse no sólo con palabras, sino también con silencios elocuentes, con órdenes que agravian la verdad histórica o con gestos evidentes de complicidad. Los jóvenes no han oído hasta ahora del presidente Kirchner una sola condena clara, enfática, de los crímenes de lesa humanidad cometidos por el terrorismo subversivo.

 

Después de tanto dolor y tanta sangre derramada, los medios y recursos oficiales no deberían seguir rindiendo loas a Ernesto Guevara, que condujo a tantos jóvenes a la violencia armada y a la muerte, mientras legitimaba el odio como factor de lucha y exhortaba a sus seguidores a convertirse en "una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar" (Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental).

 

Nadie que condene sinceramente los asesinatos, los secuestros y las torturas cometidos por las organizaciones guerrilleras puede preocuparse por la recreación de la denominada "teoría de los dos demonios". A esa teoría, en todo caso, se le puede reprochar su ineficiencia y su parcialidad, en cuanto calla y oculta la gravísima responsabilidad de los políticos e intelectuales que impulsaron a los jóvenes a tomar las armas.

 

"El Evangelio manda morir por la verdad, no matar por ella", recuerdan los obispos. Debe rechazarse la pretensión de quienes, en una versión maniquea de la historia, concentran las culpas exclusivamente en el sector militar, insistiendo en la actitud -denunciada en su momento por Pablo Giussani- de compartir, comprender o disculpar los asesinatos y abusos cometidos en nombre de una hipotética revolución nacional. Con su alegato en favor de una memoria completa, el Episcopado ha planteado certeramente la dimensión objetiva del desafío que afrontan los argentinos en relación con la violencia de los años 60 y 70.

 

Los obispos proclaman, en su último mensaje, que "la verdad del Evangelio, más que para ser conocida intelectualmente, es para ser realizada". La dirigencia política debe tomar conciencia de la necesidad de impulsar un diálogo sincero y efectivo de reconciliación. La sociedad debe dejar definitivamente de lado esas memorias míticas o incompletas que silencian las propias culpas.

 

Sobre estos y otros temas hace falta generar en la sociedad un gran debate. También, por supuesto, como se dijo antes, sobre el "crecimiento escandaloso de la desigualdad social". El Presidente debe decidir cuál es su rol en ese debate: el de un combatiente vociferante, inmaduro y provocador o el de un líder institucional maduro, sereno y comprometido con la defensa permanente de la paz y la unidad de los argentinos como valores supremos de la República.

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Armando Maronese

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