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El Kirchner de ayer, de hoy y de siempre

Por Armando Maronese - 21 de Noviembre, 2005, 0:30, Categoría: Opinión

Muy poco duró el Néstor Kirchner distendido de los días inmediatamente posteriores a los comicios del 23 de octubre. Por si a alguien le quedaban dudas, la última semana mostró al Kirchner de siempre, el del estilo confrontativo e insolente, que teme perder su identidad si no encuentra un adversario con el cual pelearse y que no duda que el conflicto le genera poder.

 

En su acalorada respuesta a la Comisión Episcopal, al Presidente sólo le faltó tildar al propio Papa de alcahuete de Dios.

 

Parece una posibilidad muy remota que el conflicto desatado entre Kirchner y la Iglesia Católica termine esta vez con la excomulgación del primer mandatario o con la quema de templos como en 1955. Sin embargo, el acercamiento de posiciones no será sencillo ni rápido.

 

Todo lo que provenga del cardenal Jorge Bergoglio irrita sobremanera al jefe del Estado, al tiempo que el presente estilo presidencial jamás le cayó bien al arzobispo de Buenos Aires y flamante titular del Episcopado. Aunque ninguno de los dos protagonistas lo vaya a admitir públicamente, el desprecio mutuo caracteriza hoy la relación entre el Presidente y el cardenal primado.

 

El documento de la Iglesia que provocó la airada respuesta presidencial efectuaba un diagnóstico sobre la situación social en nuestro país, y alertaba acerca de los niveles de desigualdad y sobre la posibilidad de desbordes de violencia social. Hasta allí, tenía poco de novedoso respecto de anteriores declaraciones episcopales.

 

Efectivamente, la brecha entre ricos y pobres en la Argentina se profundizó con la fuerte devaluación del peso en 2002 y no mejoró más que muy levemente desde entonces.

 

Lo que pareció molestar al Gobierno, es que la declaración de la Iglesia pone de manifiesto la paradoja de un país que creció a niveles del 9 por ciento del PBI en los últimos tres años, pero que no mejoró la distribución de la riqueza, mal que le pese a alguien que se proclama "progresista" como el presidente Kirchner.

 

Tal paradoja, aparece como uno de los puntos más débiles del actual modelo económico y, en cierto modo, es lo que han planteado los obispos.

 

Con los fuegos artificiales de sus declaraciones contra el Episcopado, Kirchner le bajó el nivel a un debate que debería encararse con la mayor seriedad.

 

También se equivocó el Presidente al cuestionar a la Iglesia por su actitud durante el régimen militar iniciado en 1976. Los obispos de entonces no son los obispos de ahora. Y, por si fuera poco, la Iglesia realizó oportunamente la autocrítica por su actuación en el pasado. Tengamos en cuenta, que el presidente fue de la extrema izquierda combativa de esa época.

 

No resulta casual, entonces, que el blanco preferido de los ataques kirchneristas sean la cúpula de la Iglesia Católica y la prensa independiente. En el particular esquema de concentración de poder del Presidente, el margen de tolerancia a las críticas es muy estrecho. Por eso, el primer mandatario se enoja con aquellos sectores a los cuales simplemente no puede o le cuesta controlar.

 

Tal vez asista a Kirchner algo de razón cuando dice estar harto de los "diagnosticadores" que jamás exponen un plan alternativo. Pero lo cierto es que la elaboración de estas propuestas no es una tarea de la Iglesia, sino de las fuerzas políticas.

 

Efecto Borocotó

 

Al forzar una controversia con la Iglesia, Kirchner logró silenciar en parte los ecos de su derrota en la ciudad de Buenos Aires, donde al tercer puesto de Rafael Bielsa en las últimas elecciones y al impacto social negativo que generó el pase de Eduardo Lorenzo Borocotó al kirchnerismo, se sumó la suspensión de Aníbal Ibarra y la decisión sobre su juicio político.

 

El jefe de Gabinete, Alberto Fernández, fue objeto de severas críticas por parte de otros funcionarios kirchneristas. Le endilgaron haber actuado con torpeza e impericia en la captación de Borocotó para el oficialismo, sobre todo cuando se le atribuyó haber dicho que, con el diputado electo por el macrismo, el Frente para la Victoria había logrado las cuatro bancas que había prometido el propio jefe de Gabinete en la campaña proselitista; algo que podría ser interpretado como la confesión pública de una estafa a los votantes, además de una nueva versión de clientelismo político: en lugar de comprar votos de electores de barriadas humildes mediante la entrega de electrodomésticos, ahora existe la posibilidad de comprar directamente la voluntad de legisladores elegidos por la ciudadanía para ser opositores.

 

La inoportunidad del burdo show con el que se concretó el pase de Borocotó al oficialismo, fue en buena parte decisiva para sellar la suerte de Ibarra. El juicio político al jefe de gobierno porteño terminó aprobándose, con los votos justos y el definitorio voto número 30 fue curiosamente el de Borocotó. No cabía otra alternativa: si el médico pediatra votaba en favor de Ibarra, una tormenta política hubiera sacudido a la Casa Rosada. Además, las versiones sobre intentos de sobornos a legisladores porteños en los pasillos del edificio de la calle Perú comenzaban a tomar vuelo.

 

El kirchnerismo, así las cosas, no podía hacer otra cosa que soltarle la mano al jefe de la ciudad al que durante tanto tiempo defendió, en gran parte a instancias de Alberto Fernández.

 

¿Qué motivo apresuró a Fernández -o al propio Kirchner- a montar el operativo Borocotó, cuando podría haberse esperado tranquilamente a que asumiera como diputado nacional el 10 de diciembre? La necesidad de dar una señal, no a la sociedad precisamente, sino a algunos indecisos del duhaldismo y hasta del radicalismo para que evaluaran con datos concretos la conveniencia de incorporarse al bando oficialista. Se busca básicamente que las hilachas duhaldistas de la Cámara de Diputados pasen a integrar el poncho kirchnerista.

 

Lo cierto es que, a partir de la indignación social que mereció el encuentro Kirchner-Borocotó, varios integrantes del gobierno nacional le pasaron facturas pendientes al jefe de Gabinete, contribuyendo a poner en duda su continuidad. Por ahora, todo indica que Fernández, más allá de algún reto presidencial, seguirá en el gabinete.

 

Misteriosamente, ni el canciller Bielsa ni el ministro Roberto Lavagna, acompañarán a Kirchner a Venezuela, donde mañana se entrevistará con el presidente Hugo Chávez. Sí lo harán Alberto Fernández y Julio De Vido.

 

Tras el fracaso de la Cumbre de las Américas de Mar del Plata, y las señales desde los Estados Unidos sobre el malestar de George W. Bush con el gobierno argentino, la visita de Kirchner al mandatario venezolano sin una clara explicación oficial acerca de sus motivos, parece otra jugada tendiente a potenciar el estilo confrontativo del presidente argentino.

 

Desde el Ministerio de Economía se deja trascender que dentro de unas dos semanas se reanudarán las conversaciones con el FMI. Pero, por las dudas, en el ala política del Gobierno, no se descarta la idea de profundizar las relaciones financieras con Venezuela.

 

En la Casa Rosada imaginan que si el país caribeño aumentara sus compras de bonos argentinos, nuestro país, podría aspirar a desendeudarse progresivamente del FMI. Equiparar a un país latinoamericano, como Venezuela -incluso con sus millonarias ventas de petróleo- con el mayor organismo financiero internacional, puede ser un grueso error de cálculo. Apostar a que hay créditos a sola firma sin contraprestaciones, también.

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Armando Maronese

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