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Ecos de un patético carnaval

Por Marcos Aguinis - 19 de Noviembre, 2005, 21:30, Categoría: Opinión

Es muy incómodo explicar qué nos pasa a los argentinos, por qué nos empeñamos en seguir los modelos que fracasan y en pulverizar las semillas de cada nueva oportunidad.

 

Pareciera dominar una tendencia tanática sazonada con el macabro deleite por la autodestrucción. En la Costa Este de los Estados Unidos, por ejemplo, prevalece una mentalidad progresista con sostenido rechazo al gobierno presidido por Bush, pero esa mentalidad no logra comprender el sabotaje realizado a la cumbre de Mar del Plata, que desde aquí se vio como un patético carnaval. No contra Bush, sino contra nosotros mismos. Los grandes perdedores fuimos los argentinos, sostienen, porque éramos los anfitriones y quienes pudimos sacar provecho, aumentar la relevancia-país, conseguir ventajas frente a la primera potencia mundial e instalarnos a la cabeza de la mayoría de los países latinoamericanos que buscan el libre comercio para combatir la pobreza, generar empleo y crecer. En lugar de esto, la Argentina aumentó su imagen de país lleno de letras "f": confundido, fanatizado y poco confiable.

 

Se suponía que en la Argentina existía más cultura e información que en el resto de América latina, lo cual justificaría menos su solidaridad con los desvaríos del presidente Chávez. No se entiende por qué la obstinación del gobierno argentino en rechazar a los veintinueve países (abrumadora mayoría compuesta por el 85% de los miembros de la OEA), que ansían el libre comercio como la más fértil de las rutas. Las experiencias de Méjico, Canadá y Chile están a la vista, y son seguidas por casi todo el Caribe; Panamá negocia su convenio individual con los norteamericanos: Perú, Ecuador y Colombia están a punto de hacer lo mismo. Es probable que el ALCA se constituya con estos veintinueve integrantes. Entonces, el Mercosur y Venezuela tendrán que hacer cola, con la cabeza baja y ridículas justificaciones, para ser aceptados en el club de los que prosperan. El ALCA no es un invento de Bush ni de la administración republicana, sino que fue lanzado con entusiasta buena voluntad por el presidente Clinton en 1994.

 

Que los venezolanos tengan que adaptarse a un liderazgo como el de Chávez no admite ni una sonrisa, pero que ese hombre se haya convertido en el showman de la cumbre y la anticumbre de Mar del Plata, resulta patético. Algunas frases de su largo discurso (todavía no consiguió extenderlo a varias horas de duración, como su admirado Fidel) causan risa.

 

Dijo que "enterró el ALCA" merced a su trabajo de apenas cinco años, y agregó que después seguía con el entierro del capitalismo, pero advertido de su exageración, admitió que le demandaría un poco más de sudor. También prometió extinguir el colonialismo. Por cierto que este coronel golpista y autoritario no tiene bastantes conocimientos, pero ya debería haberse enterado de que el colonialismo es cosa del pasado, que ese sistema sólo queda en los libros de historia, a menos que identifique colonialismo con inversión extranjera, libre comercio y circulación de ideas diferentes. Puede ser: su delirio bolivariano lo mantiene atado a otra época y es probable que esa mezcla de conceptos le altere la masa encefálica.

 

Maradona y quienes lo siguieron, no saben seguramente que Chávez tiene a los Estados Unidos como su principal socio comercial. Es un socio tan importante que le compra uno de cada dos dólares exportados por Venezuela y, a su vez, le vende uno de cada tres dólares importados. Estas cifras fueron dadas por el mismo gobierno venezolano y se contradicen con los discursos incendiarios.

 

Pero así de incoherente es el populismo, o el populismo revolucionario o el socialismo con sabor a los años 70, que promueve Chávez. No hace falta la racionalidad, sino la emoción que excite, haga gritar y romper vidrieras. No es difícil darse cuenta de que atacar a un poderoso brinda réditos políticos, porque hace aparecer al débil como más fuerte que en la realidad y eso genera identificaciones. Se consigue el amor de la propia base electoral y de otros países frustrados por democracias que no fortalecen sus instituciones ni consiguen mejorar el nivel de vida de las mayorías. Deberían preguntarse: ¿no es escandaloso que Chávez tenga como socio principal al maligno imperio?

 

El carnaval de la anticumbre no ha prestado atención, desde luego, al hecho indiscutible de que Chile es el único país latinoamericano que logró disminuir la pobreza a más de la mitad en sólo tres lustros, mientras que Venezuela, pese a la catarata de dólares que le provee la suba del precio del petróleo, lo aumentó en un 10 por ciento.

 

Me incomodan aquí (en Washington), al preguntarme por qué los argentinos, que compartimos con Chile la frontera más larga, no nos asomamos a su experiencia para estudiarla mejor. Se sabe que allí las instituciones son cada vez más sólidas, que existe una creciente seguridad jurídica y un macizo respeto por los derechos individuales, que incluyen la propiedad privada. Se hace todo lo posible para atraer inversiones -no espantarlas- para que roturen nuevas y productivas fuentes de trabajo.

 

Sobre todo, Chile ha superado el miedo infantil al libre comercio. No se ha volcado a una apertura indiscriminada y total, pero sí a las negociaciones de una fuerte apertura. Es un dato admirable que ese país haya cerrado hace pocos días su negociación por un acuerdo de libre comercio nada menos que con China, convirtiéndose en el primero de Occidente que alcanza un arreglo semejante con la potencia asiática. ¿Será destruida la producción chilena por la invasión de productos chinos baratos? Parece que no. En el acuerdo se incluyen los productos del agro y en particular las frutas, que ingresarán sin barreras a los puertos de China y de esa forma nuestro vecino se asegura una exportación colosal que le arrojará un caudal de divisas muy superior a las irresponsables fantasías que circularon en la Argentina cuando nos visitó el presidente chino.

 

Ese mismo acuerdo deja fuera de la liberación tarifaria a los productos chilenos considerados sensibles, como los textiles y los de la llamada línea blanca. De esa forma refuta los argumentos de quienes consideran que no es posible negociar acuerdos fructíferos en un clima de franca apertura.

 

La confusión de muchos formadores de opinión los ha llevado a olvidarse, por ejemplo, de que el tema de los subsidios agrícolas no está liderado por los Estados Unidos, sino por Francia, país que arrastra al resto de Europa, Japón y Corea del Sur.

 

El proteccionismo agrícola ha diezmado no sólo las economías de América latina y del Mercosur en especial, sino las de África. Como un dato que hace abrir los ojos, debemos enfatizar el hecho de que Europa dedica el triple de recursos que los norteamericanos para subsidiar su sector agropecuario; los Estados Unidos pidieron en diversas ocasiones una reducción de esos subsidios, con mezquinas respuestas por parte de Europa. La cumbre de Mar del Plata pudo haber aprovechado la ocasión para reforzar las presiones norteamericanas que nos favorecen. Pero se actuó al revés. Este asunto debió ser estudiado y explicado por el Gobierno y los atontados formadores de opinión, y no errar la puntería. Bastaba recordar que los Estados Unidos habían pedido a los europeos que redujeran sus subsidios en un 83% y la respuesta fue mezquina y sin fecha, para "adaptarse". Una burla al estilo Chávez.

 

Dentro del Mercosur las cosas tampoco son homogéneas. Para los que desean interpretar bien la situación y vislumbrar algo del futuro, presten atención al hecho de que el presidente Lula recibió al odiado Bush después de la cumbre, para hacerle ver que no había tanta distancia entre sus puntos de vista y que Brasil merecía sostener el liderazgo del subcontinente. En otras palabras, fue una reiterada oportunidad perdida por los argentinos, más adictos a la confrontación, el show petardista y las locuras destructivas que manifiestan impotencia y rencor.

 

En coincidencia con lo que escribió Emilio Cárdenas, varios pensadores norteamericanos afirman que la cumbre, al menos, "puso en evidencia quién es quién y cuáles son sus diferentes perspectivas; también quiénes construyen y quiénes destruyen".

 

La Declaración de Mar del Plata se titula "Crear trabajo para enfrentar la pobreza y fortalecer la gobernabilidad democrática". Hermosas frases seguidas por páginas donde sobran los buenos deseos y las promesas altisonantes. Ojalá que se cumpla una mínima porción de sus artículos, lo cual es dudoso. No deja de llamar la atención un dato estremecedor: Venezuela decidió mantener su reserva frente al artículo 58 que dice:

 

"Estamos convencidos de que la democracia representativa es una condición indispensable para la estabilidad, la paz y el desarrollo de la región". Esa reserva es impresionante, porque desnuda el espíritu antidemocrático que anima al gobierno de Caracas. No hacen falta muchos gestos para poner en evidencia algo que se intenta disimular. Ahora muchos deberían remitirse a la frase "dime con quién andas y te diré quién eres".

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Marcos Aguinis

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