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Las máscaras de la educación

Por Armando Maronese - 18 de Noviembre, 2005, 19:03, Categoría: Cultura - Educación - Literatura

Lo paradójico de enseñar a pensar. Una de las corrientes educativas que circula, tanto en todo currículum como en los objetivos institucionales, es el "enseñar a pensar"; algunos, poniendo el acento en el destinatario, la llaman "aprender a pensar".

¿Se puede enseñar a pensar?; ¿qué entendemos por pensar, cuando hablamos de aprender a pensar?; ¿para qué enseñamos a pensar?; ¿cuándo?; ¿dónde?; ¿a quién?; éstas son la preguntas que nos hacemos la mayoría de los educadores o de los que escribimos. Enseñar a pensar no es lo mismo que enseñar sobre el pensar. Enseñar a pensar sirve para que los niños y jóvenes sean autónomos, que piensen por sí mismos, que exploren diferentes puntos de vista, que descubran los propios prejuicios y encuentren razones para sus creencias. Hacer hincapié, con tanto ahínco, en el pensar nos está diciendo que, de alguna manera, aceptamos que nuestros niños y jóvenes no piensan, o sea que no ponen en juego todas sus capacidades cognitivas, afectivas y sociales implicadas en un proceso de aprendizaje. ¿Por qué sucede esto?

La gente se conforma con unas pocas frases y muchas imágenes. Se renuncia a explicar las cosas: sólo se muestran. La cultura de la imagen no necesita argumentaciones para impactar al público. Es tal la fuerza de las imágenes que mostrarlas ya es suficiente. Ver por la televisión un terremoto o una inundación es casi tanto como haber estado allí. En este contexto, no necesitamos comentarios. Discurrir, pensar, resulta, así, cada vez menos necesario. Por eso, las explicaciones de lo que vemos son sumamente simples; lo más importante es el contacto directo e inmediato con la noticia. Esto aparta a la gente del hábito de argumentar y discurrir, con lo cual se va atendiendo cada vez menos a razones (…), afirma Ricardo Yepes. Cuando se deja de leer y se deja de hablar, se piensa cada vez menos. Hoy poca gente gusta de pensar. Los razonamientos abstractos no están de moda: bastan cuatro explicaciones convencionales, que la publicidad repite hasta la saciedad. Ésta podría ser una de las razones. Pero sólo atañe a una parte del problema.

Enseñar a pensar implica un cambio en aquél que lo enseña, ya que "nadie puede dar lo que no tiene". Vivimos rodeados por la inmediatez y la urgencia. El "no tengo tiempo" es la frase, casi constante, en la boca de educadores. Cumplir con las planificaciones de los contenidos curriculares, la presión ejercida por las tareas extraordinarias propuestas por las distintas instituciones, la corrección de evaluaciones y otras ocupaciones que hacen a la cotidianidad de los docentes no permiten, por lo general, desarrollar la propuesta de "enseñar a pensar". Aunque el objetivo es claro, pero sólo queda en una expresión de deseo.

Por otro lado, las políticas educativas ponen de manifiesto la importancia de que los alumnos "aprendan a pensar". Sin embargo, la realidad dicta que, cuando se debe evaluar a un alumno (ya sea en una prueba de una asignatura o en un examen de ingreso en la universidad), se toma más en cuenta la información adquirida que el proceso desarrollado. Entonces, desaparece el "enseñar a pensar" para dar paso al "aprender contenidos". Como resultado de esto, se adquiere, codifica y almacena información sin poner en funcionamiento la capacidad de transferirla a nuevas situaciones.

Enseñar a pensar a nuestros chicos es importante en una sociedad cambiante como la nuestra, donde, permanentemente, nos bombardean con información. Es necesario saber organizarla, seleccionar lo más importante, a fin de utilizar más tarde ese conocimiento y aplicarlo a la vida cotidiana.

Desarrollar el pensamiento crítico ayuda a que nuestros niños se inserten en la sociedad como ciudadanos activos y libres, para hacer elecciones, para plantearse problemas y preguntas vitales, con claridad y precisión, y sean conscientes de las implicaciones y consecuencias de su actuar.

"Enseñar a pensar" es ayudar a superar el egocentrismo y sociocentrismo natural de todo ser humano.

Por supuesto que no sólo es tarea del docente de turno, sino que, también, toda la institución educativa, desde el que abre la puerta hasta el director general, deben contribuir a que este proceso de "enseñar a pensar" se concrete.

Pero, por sobre todo, cuestionémonos, como docentes o padres, si nuestras conductas apuntan a formar personas que sean autónomas o que sólo respondan a un sistema como autómatas. Si queremos ser respetados por nuestros niños, respetémoslos. Si no queremos ser criticados, no los critiquemos. Si queremos ser escuchados, escuchémoslos. Aceptemos que, aun con falta de experiencia, ellos tienen sus opiniones y sus creencias. Esto también forma parte del "enseñar a pensar".

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Armando Maronese

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