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Dos fuertes golpes a la confianza de la sociedad

Por Joaquín Morales Solá - 17 de Noviembre, 2005, 0:28, Categoría: Opinión

La Legislatura fue otra vez depredada por actos violentos de clara coacción a los legisladores.

 

Paralelamente, Borocotó encontró su destino de centroizquierda quince días después de haber sido elegido diputado de centroderecha. Muy pocas veces las instituciones democráticas perdieron tanto crédito social en tan poco tiempo.

 

¿Bajo qué argumentos se le pedirá a la sociedad que concurra a las urnas en las próximas elecciones? ¿Cómo se les explicará a los jóvenes, ya bastante renuentes a votar en los últimos comicios, que deberán cumplir nuevamente con esa obligación constitucional?

 

La elección es un contrato básico entre el elector y el elegido, que obliga a éste, por lo menos, a permanecer en el oficialismo o en la oposición. Pueden cambiar los matices de su propuesta electoral, según se modifican las circunstancias políticas del país, pero no puede perpetrar un cambio de bando sin ninguna otra explicación que el lucro personal.

 

La ruptura de ese contrato significa, también, un corte esencial en los lazos entre la sociedad y las instituciones.

 

La Legislatura porteña se ha convertido en un predio de pugilatos y de vandalismos, víctima de la destrucción cada vez que debe votar una decisión importante. ¿Qué legislador está en condiciones de decidir su posición bajo semejantes condiciones de coacción? ¿Por qué nadie previó, otra vez, que podía suceder la violencia?

 

Aníbal Ibarra deberá responder por muchas cosas que no hizo como jefe de Gobierno. Por ejemplo, tendrá que rendir cuentas por la ciudad sucia y descuidada que aparece cada día cuando cae la tarde y que, de seguir así, terminará por espantar hasta a los turistas más bondadosos.

 

Pero su responsabilidad política, que la tiene, no es la primera responsabilidad por la tragedia de Cromagnon.

 

Existen responsabilidades penales previas, que van desde el dueño de un lugar privado hasta las peligrosas costumbres de la banda de rock popular que actuó esa noche sombría, pasando por el propio público que lanzaba bengalas en un lugar cerrado.

 

Es necesario recordar esto, porque las familias de las víctimas parecen creer que se habrá hecho justicia sólo mediante el homicidio político de Ibarra. El dolor de los padres es respetable, como todas las emociones que provoca la muerte, pero no justifica las destrucciones de la noche del jueves en la Legislatura.

 

Es cierto, por otro lado, que lo que más molestó a los familiares es el doble discurso de algunos legisladores, que venían prometiendo una posición y terminaron inclinándose hacia la contraria. Pero el camino correcto es otro: Ibarra tiene que enfrentar todavía un juicio en los tribunales comunes y, si se decidiera el juicio político, simplemente será suspendido y sus funciones quedarán a cargo del vicejefe, Jorge Telerman. Punto. Esa es la vía constitucional.

 

Importan aquellas volteretas en el aire de algunos legisladores. Versiones sobre intercambios de canonjías y de prebendas, que antes habían pasado inadvertidas, cobraron vuelo y vigor después del episodio que protagonizó Borocotó.

 

La personalidad de Borocotó no puede analizarse desde los parámetros serios de la política. Es un emergente de la farándula, que le da lo mismo una alianza con Luis Patti, con Domingo Cavallo, con Mauricio Macri o con Néstor Kirchner. Se ha paseado por todo el escenario, del brazo de casi todos, con total frescura. El problema no es él, sino sus padrinos políticos.

 

Macri sigue creyendo más en la superficial fama de la farándula que en la solvencia de la política. ¿Qué sentido tenía recurrir a la candidatura de Borocotó cuando lo que estaba en juego para él, en las elecciones últimas, era definir un proyecto de oposición al gobierno de Kirchner? ¿No había, acaso, mejores hombres o mujeres para llevar esas ideas a la Cámara de Diputados? En el fondo, Macri no ha dejado de deslumbrarse con Susana Giménez o con Tinelli más que con cualquier exponente de la política.

 

El otro caso es el del propio Kirchner. Su papel personal en la cooptación de Borocotó no sólo es una dinamita colocada en la confianza social en las instituciones; es, al mismo tiempo, el comienzo de un derrumbe de cualquier proyecto de centroizquierda proclamado por el oficialismo. El objetivo no parece ser la construcción de una corriente política (ambición legítima en cualquier democracia), sino la acumulación de poder por el poder mismo.

 

Fue patética la foto (difundida por la propia Presidencia de la Nación) en la que Kirchner está eufórico, levantando los brazos de alegría, al lado de Borocotó. Parecía que había conseguido que Winston Churchill cruzara el corredor del Parlamento británico, el que divide a laboristas de conservadores.

 

Borocotó fue oficialmente presentado a los periodistas nada menos que por el jefe de Gabinete, Alberto Fernández. Dicen -versión que no pudo ser confirmada- que Fernández se ufanó en la intimidad de que había conseguido el cuarto diputado nacional, tal como le había prometido a la militancia peronista de la Capital. Entonces, ¿da lo mismo entrar al Parlamento por la puerta o por la ventana?

 

Las grandes conquistas políticas poselectorales promocionadas por el kirchnerismo han sido, hasta ahora, Borocotó y el intendente de Tres de Febrero, Hugo Curto, un ex duhaldista entrenado en la UOM, al lado de Lorenzo Miguel.

 

El cambio de la política y el proyecto de centroizquierda, prometidos hasta el hartazgo por Kirchner durante la larga campaña electoral, se cayeron seguramente en una curva vertiginosa, cerrada y maldita de su cimbreante camino.

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Armando Maronese

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