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América latina entre dos nacionalismos

Por Mariano Grondona - 17 de Noviembre, 2005, 0:22, Categoría: Opinión

La crítica más severa que recogió el presidente Vicente Fox en su polémico paso por Mar del Plata fue que, por adherir enérgicamente al ALCA, actuó como un subalterno de los Estados Unidos y un entregador de la soberanía mejicana.

 

Este ataque no se sostiene por dos razones. En primer lugar, porque el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, que asocia la economía mejicana con las de los Estados Unidos y Canadá, que responde a las siglas Nafta y que es la antesala del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), no fue firmado por Fox, sino por su antecesor, el presidente Carlos Salinas de Gortari en 1994, fue confirmado por el sucesor de éste, el presidente Zedillo, y cuenta con el apoyo de los tres candidatos presidenciales que ahora se disputan la sucesión de Fox.

 

Si Fox es un "entregador" de la soberanía mejicana, pues, está en la compañía de los dos presidentes anteriores y de los tres candidatos presidenciales que pugnan por sucederlo. El "entregador" sería en tal caso toda la clase política mejicana, de izquierda a derecha, en tanto que el rumbo que marcó el Nafta y que se propone seguir el ALCA fue apoyado, además, por 29 de los 34 gobernantes que se reunieron en Mar del Plata. Si Fox es un entregador, cuenta por lo visto con un acompañamiento mayoritario no sólo en su país, sino también en nuestra región.

 

Afirmar que todos los presidentes latinoamericanos fuera de los de Venezuela y del Mercosur forman parte de algo así como una conspiración de traidores a la patria pertenece más a la exaltada retórica de Hugo Chávez que a un análisis objetivo de la realidad. ¿No será que el aparente "entreguismo" de la mayoría de los gobernantes latinoamericanos no responde al "antinacionalismo" que les endilgan sus adversarios, sino a "otro" nacionalismo, a un nacionalismo distinto de la versión chavista?

 

Esta pregunta nos lleva a la segunda razón que podría eximir a Fox de la acusación de la cual ha sido objeto. En 1994, cuando Salinas de Gortari firmó el Nafta, Méjico exportaba unos 35.000 millones de dólares anuales, lo mismo que la Argentina hoy. Pero este año las exportaciones mexicanas alcanzarán los 200.000 millones de dólares. Una política que ha sextuplicado las exportaciones mejicanas y que ha reducido el desempleo a menos del 4 por ciento en diez años, gracias a la penetración en el inmenso mercado estadounidense, ¿podría ser calificada seriamente de "antinacional"?

 

El zorro y el puercoespín

 

Es que América latina no se debate entre el nacionalismo y el antinacionalismo, sino entre dos variedades del nacionalismo. Una es la que podríamos llamar nacionalismo a la defensiva, cuyo empeño principal es que los demás países no se metan en el mercado nacional, al que protege detrás de altas barreras arancelarias y cambiarias.

 

El presidente Kirchner pareció reflejar esta mentalidad cuando sostuvo que Fox debería ocuparse de Méjico mientras que él se ocupa de la Argentina. Si cada gobierno se limitara a ocuparse de su país, llegaríamos a la anulación de las relaciones internacionales, que consisten precisamente en negociar con otros países cediéndoles algo para que nos cedan algo, extendiéndose de este modo el alcance del comercio del plano nacional al mundial, con el consiguiente aumento de la producción, que ha resultado en el extraordinario crecimiento económico de las naciones después de la Segunda Guerra Mundial.

 

La opción es "vivir con lo nuestro", extendiendo apenas nuestras fronteras hacia el reducido número de naciones proteccionistas que intentan lo mismo en el Mercosur, donde militan la Argentina y Brasil, es decir, las dos economías más cerradas del mundo, puesto que la vinculación que nos une a nuestro gran vecino no va camino del aperturismo sino de un proteccionismo, eso sí, algo más amplio que el de nuestras respectivas naciones.

 

Cuando decidió combatir la inflación, lo primero que hizo el ministro Lavagna fue frenar aún más las exportaciones, que ya sufren las retenciones, mediante la suspensión de los reintegros, suscribiendo de este modo al "nacionalismo a la defensiva" de su propio gobierno.

 

En un libro titulado El zorro y el puercoespín, el ensayista chileno Claudio Véliz ha identificado actitudes como éstas con la del puercoespín, que se protege detrás de sus espinas al precio de una insignificante movilidad. ¿Hay otra actitud posible? Sí, dice Véliz, la del zorro, que sale a conquistar el ancho mundo aceptando los riesgos y los beneficios de la apertura.

 

Y bien, parece que las economías que más han progresado en el mundo después de la Segunda Guerra Mundial se han caracterizado, como el zorro, por invadir otras guaridas. Este ha sido el caso de los países de mayor crecimiento, como Japón, Corea, el sudeste asiático y, ahora, China y la India, además de Chile, el ejemplo más brillante de crecimiento económico en América latina durante los últimos veinte años. No es que el zorro no defienda su guarida. Lo hace, pero también piensa obsesivamente en las guaridas de los demás.

 

El otro nacionalismo

 

La actitud de los países como Méjico y Chile que piensan en las guaridas de los demás podría recibir el nombre de nacionalismo competitivo. Habida cuenta de que en esta lista de países figuran los que más han crecido en el mundo, ¿podríamos calificarlos de entreguistas? ¿Se cree, para tomar un ejemplo, que los japoneses no aman a su exclusiva isla? Lo que pasa es que los japoneses, en lugar de vivir mortificados por lo que les hicieron los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, aceptaron con realismo las reglas de juego que traían consigo sus vencedores y, aprovechándose de ellas, han llegado a desafiarlos mediante una imbatible agresividad comercial.

 

No se crea por otra parte que los países nacionalistas competitivos excluyen toda clase de protección. Su principio operativo no es la ingenuidad de abrir mercados sin contrapartida, sino la astucia de abrirlos a cambio de una negociada reciprocidad. Así avanza el mundo, a través de negociaciones incansables en las que cada uno de los socios del inagotable mercado mundial entran en él con un escudo y una espada, con una dosis bien balanceada de realismo.

 

También es verdad que los países más desarrollados, sobre todo la Unión Europea, los Estados Unidos y el propio Japón, violan la vieja promesa de abrir su sector agropecuario a las exportaciones de los grandes productores de alimentos como la Argentina y Brasil; cometen así un grave pecado de incoherencia en relación con su constante prédica del libre comercio. Por eso es lógico lo que le dijo Lula a Bush en Brasilia: si no se sigue apelando a una competencia desleal en el sector agropecuario, Brasil entrará finalmente en el ALCA. Esto no es cerrarse. Esto es abrirse cuidadosamente. Cerrarse es castigar a las propias exportaciones como lo hace la Argentina, perdiendo en el camino la legitimidad de sus reclamos frente a la clausura de sus clientes potenciales.

 

Alberdi escribió que los "angloamericanos" tienen, al revés que nosotros, "la inteligencia de sus intereses". Chile, Méjico y el propio Brasil han aprendido la lección alberdiana. Nuestro gobierno prefiere todavía las proclamas inconvenientes a las negociaciones convenientes. Algún día, esperamos, aprenderá.

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Armando Maronese

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