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Reaparecen los problemas no resueltos

Por Joaquín Morales Solá - 14 de Noviembre, 2005, 23:54, Categoría: Opinión

Haedo y Avellaneda no son lo mismo, ni refieren a situaciones idénticas, pero los cruzó el trazo similar de la violencia y la sangre. Una nube de conspiraciones se abatió en esos días sobre el gobierno de Néstor Kirchner.

 

Sobran las preguntas sin respuestas -o con respuestas vacilantes- en la cabeza de los funcionarios: ¿por qué la violencia justo después de una campaña electoral que pecó por aburrida pero no por violenta? ¿Por qué, si la administración de Kirchner podía ufanarse de haber pilotado elecciones políticamente crispadas pero físicamente pacíficas?

 

Quebracho, es un grupúsculo extraño y violento. Su origen está en la duda de la propia izquierda. Su presencia no es permanente en la escena pública. ¿Reporta a servicios de inteligencia o tiene nexos con anteriores personajes de los servicios que ya no están en el Estado? ¿O acaso tiene conexiones con algún submundo de la inteligencia extranjera? Con un discurso de ultraizquierda, a Quebracho lo sobrevuelan aquellos interrogantes que provienen, por lo general, de la izquierda no violenta.

 

Sea como sea, la violencia hace su trágica aparición cada vez que Quebracho sale a la calle. El Gobierno presumía que detrás de su representación en Haedo se escondía el propósito de embarrar la cumbre de Mar del Plata. Y, más aún, creyó que esa dinámica sería llevada a la ciudad donde se reuniría en los próximos días una treintena de presidentes americanos con George W. Bush como figura estelar.

 

En ese fin de semana, el gobierno nacional manejó información confidencial de que podría haber hechos violentos lejos de Mar del Plata. "Tratarán de manchar la cumbre creando episodios espectaculares y violentos fuera de Mar del Plata", dijeron entonces. En efecto, los hechos de Haedo recorrieron la prensa del mundo.

 

Sin embargo, los funcionarios vieron sólo una parte del conflicto. La práctica habitual de Quebracho (como ya sucedió con el asalto a la Legislatura porteña por el código contravencional), siempre se sostiene de una protesta auténtica. Así como hubo en la Capital Federal quienes reclamaban en contra de aquel código, en Haedo había también usuarios ofuscados por un trato infrahumano por parte de la empresa de ferrocarril.

 

Es cierto, de todos modos, que los viajantes comunes no cargan bombas molotov en sus carteras ni en sus mochilas. La queja fue real, pero no explica por sí misma cómo la rabia del hombre de a pie se convirtió, en el acto, en fuego y sangre. Estaban reunidos los elementos del fuego y apareció, no casualmente, quien prendió el fósforo.

 

El Gobierno debería reconocer que, otra vez, las falencias de su gestión en el área del transporte, lo estremecen cada tanto. Hace pocos meses la empresa que administra el ex ferrocarril Sarmiento, recibió un suculento aumento de los subsidios del Estado.

 

El propio Kirchner fue el único candidato presidencial de 2003, que llevó al debate público las condiciones miserables con las que son tratados los usuarios de esa línea. Nada se hizo luego y nada mejoró después.

 

El Estado estuvo ausente de Haedo más de cinco horas. Es cierto que la concentración de fuerzas de seguridad torna imposible reunir contingentes policiales importantes en poco tiempo.

 

¿Era necesario esperar tanto? Es evidente que hay, al menos, un cortocircuito entre los responsables de la seguridad del gobierno nacional y del bonaerense. Dicen que Carlos Arslanian clamó por tropas de la Gendarmería durante horas eternas, convencido de que nadie se puede meter en una berenjenal de esa naturaleza, sin tener garantías previas de que podrá controlarlo. La batalla campal de Haedo (y fue eso y no otra cosa), logró controlarse, en rigor, cuando la Gendarmería llegó en ayuda de la deflecada policía bonaerense, gran parte de ella concentrada cerca del mar y de los presidentes.

 

Avellaneda tiene, en cambio, el olor de la lucha interna política. El líder sindical de los municipales, fue candidato kirchnerista a legislador provincial en las recientes elecciones (aunque no salió elegido) y el intendente, Baldomero Álvarez, es un duhaldista cerril, al que el Presidente no quiere, ni siquiera, cooptar.

 

La única ráfaga común con Haedo, es que también en Avellaneda hubo una acción confusa, al menos, de la policía. ¿Qué hacían unos matones en la puerta de la municipalidad a primera hora de la mañana? ¿A quién respondían? ¿Por qué el comisario de Avellaneda atravesó esa puerta, solo y de civil, y vio a los bravucones sin detenerse en ellos?

 

Esa acción del jefe policial, está grabada en una cinta de video y es lo que llevó al gobernador Felipe Solá a pasarlo a disponibilidad, aun contra la primera opinión de Arslanian.

 

El disparo fue hecho a quemarropa, a unos cuatro metros, del hombre que quedó malherido. La policía uniformada llegó luego y no sabía hacia dónde debía dirigir la represión. Hubo momentos notables de vacilación por parte de las fuerzas del orden.

 

Ni Kirchner, ni Duhalde, han mandado a hacer nada, pero es probable que lo de Avellaneda responda a un resabio, a un destello residual, de la gresca electoral reciente más que a auténticos planteos gremiales.

 

Kirchner, que hasta el último fin de semana sólo rogaba por la tranquilidad de los días en los que vivirá el momento más importante de su gestión internacional, descubrió que los problemas ignorados siempre terminan asestando su venganza.

 

En 24 horas aparecieron varios de ellos: la inexplicable impunidad de los grupos más predispuestos a la violencia callejera; el descuido del Estado en algunos servicios públicos y las consecuencias de una ruptura política demasiado tensa y enfadada. Kirchner no durmió, entonces, hasta que el último presidente hubo abandonado Mar del Plata.

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AM

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