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Fitzgerald, el fiscal de Bush

Por Carlos Fuentes - 13 de Noviembre, 2005, 1:40, Categoría: EE.UU. y sus acciones

Parece una mezcla de Abraham Lincoln y Gary Cooper. Prácticamente, vive en su oficina. Guarda una camisa y un par de calcetines en el escritorio.

 

Es alto, desgarbado y derecho como una flecha. Es soltero. Está casado con la Ley, así con mayúscula. Se llama Patrick J. Fitzgerald y es el fiscal que dará respuesta jurídica a las preguntas que el mundo entero se hace: ¿fue necesaria la guerra de Irak? ¿Engañó la administración Bush a la ONU, al mundo y al propio pueblo americano?  

 

Claro que la contestación no tendrá un carácter abrupto o simplista: Fitzgerald, hombre que mide muy bien sus tiempos, viene marcándolos desde hace dos años y sólo ahora, armado de argumentos legales, inicia el proceso acusatorio. Vayamos por partes. La Casa Blanca necesitaba capturar y castigar a los criminales que perpetraron la atrocidad del 11-S. Los criminales eran nueve saudíes y un egipcio. Washington mantiene felices relaciones con Riad y El Cairo. Los criminales obedecían a un terror sin bandera pero con nombre: Al-Qaeda y Osama ben Laden. ¿Dónde se encontraban la organización y su líder? En Afganistán.

 

La guerra de Afganistán contó con apoyo casi unánime. Pero Osama se escapó de entre las manos de los invasores estadounidenses. Han pasado dos años y Osama sigue suelto, más escurridizo que una lombriz aceitada. Era necesario elevar la victoria en Afganistán y la derrota ante Osama a un frente nuevo, vecino, alarmante, que justificase el ímpetu guerrero del gobierno de Bush ante la opinión pública estadounidense.

 

Saddam Hussein parecía enviado por Hollywood para el papel del villanazo que usted adora odiar. Un tirano sanguinario, sentado sobre reservas infinitas de petróleo. Blanco perfecto. Si olvidamos que fue el aliado de Washington contra los ayatollahs en los 80. Si olvidamos que todas sus fechorías le fueron graciosamente perdonadas porque, al cabo, Saddam no era fundamentalista, sino un sunnita enemigo de los kurdos separatistas y de los chiitas fundamentalistas.

 

Alentada por Washington, la criada resultó respondona. La invasión de Kuwait por Saddam en 1990 obtuvo una merecida respuesta. Merecida y calibrada. Colin Powell, a la sazón jefe del Estado Mayor, dijo que Kuwait no merecía una intervención estadounidense. En cambio, Brent Scowcroft, consejero de Seguridad Nacional del primer presidente Bush (George H.W. o, para simplificar, Bush 41), abogó por detener la agresión de Saddam contra Kuwait. Bush 41 accedió. Saddam fue derrotado. Pero los EE.UU. no lo persiguieron hasta Bagdad. ¿Por qué? Las razones de ayer iluminan las falacias de hoy.

 

Bush padre y Scowcroft, una vez cumplida la misión en Kuwait, consideraron que no hubiera sido un problema llegar a Bagdad. Los problemas eran otros. Convertirse en fuerza de ocupación indefinida. Enfrentar una insurrección guerrillera. Encontrar una estrategia de salida y responder a la pregunta de Scowcroft: ¿qué se hace con Irak cuando se es dueño de Irak? El costo era más alto que las ventajas, Bush 41 no invadió Irak.

 

Lo hizo su hijo Bush 43, como si no hubiera entendido las razones del padre o, escuchándolas, hubiera decidido enmendar un error del padre o demostrar que para macho, el hijo. El rey viejo de Frazer, la representación edípica de Freud, medran en las sombras psíquicas de Bush 43, el actual presidente. Menos psicológicos aunque más lógicos, medran los intereses petroleros de la "oiligarquía" o "petropoder", representado por el presidente Bush y el vice-presidente Cheney.

 

De Irak a Nueva Orleáns, los jugosos contratos de reconstrucción se los llevan la compañía Halliburton y sus empresas filiales. La Halliburton es la madre de todas las compañías del vicepresidente Cheney. Guerra psicológica, petroguerra, guerra, en fin, de la hubris imperial. Un imperio no es un imperio si no demuestra su fuerza militar. Y un imperio militar no lo es si no sufre de un desmedido sentido de hubris, el orgullo que, nos recuerda Gregorio Marañón, mueve a los resentidos a una violencia vengativa cuando alcanzan el poder.

 

"Fuimos a la guerra por razones burocráticas", afirmó el famoso chupapeines Wolfowitz, hoy presidente del Banco Mundial, ayer consejero de Bush 43. Psicológicas, petroleras, burocráticas, las razones para ir a la guerra tenían que justificarse, aun cuando Condoleezza Rice se burlara de "la ilusoria comunidad internacional".

 

Las "razones" se han ido cayendo una tras otra.

 

1) Saddam poseía armas de destrucción masiva. Al demostrarse que no había tal, surgió la siguiente razón.

 

2) Saddam era un tirano. Pero también lo son Khadafi, la junta birmana, Musharraf, Mugabe y no pare usted de contar.

 

3) Pero Saddam tenía petróleo. Como al gobierno de Bush no le interesa el petróleo (carcajadas en las galerías), Irak se justifica porque trajo libertad al pueblo iraquí, elecciones libres y una constitución. Cabe preguntarse cuánto durarán estos bienes en un país ocupado, insurgente, profundamente dividido política, religiosa, étnicamente. La prueba de la bondad democrática de la invasión y ocupación de Irak, vendrá el día que las fuerzas armadas de los EE.UU. se retiren de Irak.

 

Pero ¿por qué fueron a Irak? Esta es la pregunta del fiscal Fitzgerald, y la ha formulado en términos que van al meollo del asunto. ¿Era necesaria esta guerra o fue el resultado de una conspiración ilegal del Ejecutivo estadounidense?

 

Fitzgerald ha ido precisando el calendario de la conspiración. En febrero de 2002, el embajador Joseph Wilson fue enviado por la CIA a Nigeria, para comprobar la compra de uranio por Saddam, con el fin de hacerse de un arsenal de armas de destrucción masiva. Wilson informa que no hay tal adquisición. En enero de 2003, Bush declara al Congreso que Irak ha buscado uranio en África. En julio, Wilson desmiente a Bush y la CIA admite que fue un error del presidente referirse a lo que no existió, el uranio de Nigeria para Saddam. También en julio, el columnista Robert Novack revela que Wilson fue enviado a África porque su mujer, Valerie Plane, era agente de la CIA. ¿Quién hizo esta filtración delictiva?

 

En este punto aparece el fiscal Fitzgerald y empieza a deshacer la madeja. Lewis Libby, jefe del gabinete de Cheney, y Karl Rove, el "cerebro" de Bush en la Casa Blanca, hablaron con media docena de periodistas para argumentar que Wilson había sido enviado a Nigeria por iniciativa de su mujer, la espía de la CIA, Plane. Libby se lo informa tres veces a Judith Miller, de The New York Times. El columnista Robert Novak entrevista también a Rove y a Libby, y publica el nombre de Valerie Plane. Otro tanto hace Matt Cooper en la revista Time.

 

Como revelar el nombre de una espía de la CIA es un delito federal que conlleva hasta diez años de cárcel, la fiscalía se ve obligada a enfrentar el caso. Tras pasar por un fino cedazo toda la información, Fitzgerald indicia primero a Lewis Libby, con la fundada presunción de que ha revelado a la prensa secretos de Estado y ha mentido al negarlo.

 

Es el primero de la fila. ¿Hasta dónde llegará la cadena de la verdad? Esta sola pregunta pone en entredicho las razones de la administración Bush para ir a la guerra y su política de represalias contra quienes se oponen a ella o investigan sus causas. Como una canoa llena de hoyos, el argumento bélico se hunde a ojos vistas. Colin Powell se dice engañado cuando presentó el caso de las inexistentes armas biológicas de Saddam en el Consejo de Seguridad de la ONU. Menos mal que en esa ocasión, Adolfo Aguilar Zinser y Juan Gabriel Valdés, Méjico y Chile, salvaron el honor, la verdad y los principios. Menos mal que Dominique de Villepin negó el voto de Francia a partir de este principio: "Sólo el consenso y el respeto a la ley, dan legitimidad a la fuerza y fuerza a la legitimidad". Y qué mal que no se le dio al inspector de armamentos de la ONU, Hans Blix, la oportunidad de culminar su mandato y dejar sentado que Irak no poseía armas de destrucción masiva. Se hubieran evitado las muertes de 2.050 soldados estadounidenses y 30.000 civiles iraquíes.

 

Sólo que en este caso, Bush no hubiera tenido pretexto para ir a una guerra que proclamó ganada ayer y está perdiendo hoy. Sólo que en ese caso, su gobierno no estaría asediado hoy por la peor crisis de confianza, de verdad, de coherencia, que ha sufrido y que, por lo visto, sólo se inicia. Patrick Fitzgerald es el símbolo de lo mejor que tienen los EE.UU., un sistema judicial independiente e insobornable que justifica plenamente el principio de la división de poderes que permite al Judicial, en palabras de James Madison, ser la única institución que sobrevuela el mercado de los intereses competitivos ofreciendo decisiones imparciales.

 

"Los tribunales -escribió Tocqueville en La democracia de América- son los órganos visibles mediante los cuales, la profesión legal controla a la democracia". Exacta descripción de la tarea del fiscal Patrick J. Fitzgerald.

 

La democracia descansa sobre el principio de la división de poderes. Sin él, la democracia se debilita o desaparece. Lección para todos los países del mundo. Principio global e irreemplazable.

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Por Carlos Fuentes

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