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El ejército de EE.UU. debe sujetarse a la ley

Por Anne-Marie Slaughter - 13 de Noviembre, 2005, 1:36, Categoría: EE.UU. y sus acciones

¡América, sé hermosa! / ¡Oh, hermosa para los pies de los peregrinos / cuyo esfuerzo, firme y apasionado, / marca un camino hacia la libertad / a través del yermo! / ¡América, América! / ¡Que Dios corrija todos tus defectos, / confirme tu alma en el dominio de sí misma / y tu libertad en la ley!

 

Así reza la segunda estrofa de América la hermosa. Quizá debería pasar a ser la primera. En esta semana en que el vicepresidente, de manera abierta, intenta convencer a un senador estadounidense que sufrió el cautiverio y la tortura bajo los norvietnamitas, de que deberíamos permitir que los agentes de la CIA maltrataran a su antojo a los detenidos, vale la pena recordar que el imperio de la ley no es un mero "valor" y mucho menos un lujo para tiempos pacíficos. Es, a la vez, la salvaguardia fundamental de nuestra libertad y una disciplina ligada, como lo dice el poema, a nuestra alma nacional.

 

Hace largos años que venimos debatiendo este asunto en términos legales. Dentro del gobierno, el problema comenzó cuando la Oficina de Asesoría Legal, opinó que las leyes federales vigentes que prohíben la tortura, no se aplican al presidente en tiempo de guerra, porque ello implicaría una violación inconstitucional de sus poderes de comandante en jefe.

 

El mismo Bush declaró, que las convenciones de Ginebra no se aplicaban a los detenidos durante la guerra contra el terrorismo. Ahora, el teniente general Mark Schmidt y el general de brigada John Furlow, dicen que el Manual de campaña del ejército de Estados Unidos permite virtualmente todos los maltratos de detenidos que tanto horrorizaron a nuestra nación y al mundo cuando vimos las fotografías. La "travesura" de Lynndie England, cuando atrailló a un prisionero desnudo, está autorizada específicamente.

 

Han ocurrido cosas mucho peores: violaciones, la práctica del "submarino", amenazas de muerte contra familiares y aun la muerte del detenido.

 

Algunos de estos tratos equivalen a torturas; otros son "simplemente" crueles, abusivos y degradantes. Ambas categorías están prohibidas por el derecho internacional y la legislación estadounidense. Nuestras tropas siempre han dado por cierto esto último.

 

La ley es la salvaguardia de la libertad, pero sólo en tanto y en cuanto no sea retorcida hasta hacerla irreconocible. Después de todo, si las democracias tienen sus abogados, también los tienen los tiranos. Para nuestros padres fundadores, la ley era una compulsión y no una licencia, un freno al poder y no una autorización. La diferencia es una cuestión de honor, de valores, de identidad.

 

Aceptar la ley como un freno a nuestros peores instintos, tanto individuales como nacionales, cumple un propósito más profundo: un propósito moral.

 

Al pedirles a nuestros soldados que degraden y maltraten a otros seres humanos, estamos degradándolos. Les quitamos las restricciones morales de las que se enorgullecen como patriotas. Las que aprendieron a acatar como parte de lo que significa ser no un simple soldado, sino un soldado estadounidense.

 

El senador John McCain, quiso decir precisamente eso cuando semanas atrás, en el Senado, recordó su cautiverio en Hanoi y explicó: "Nosotros [los prisioneros de guerra] sabíamos que éramos diferentes de nuestros enemigos; que éramos mejores que ellos; que, de invertirse los papeles, no nos deshonraríamos cometiendo o aprobando semejantes malos tratos. Esta convicción nos fortaleció mucho".

 

Sus palabras trajeron el eco nada menos que de George Washington. Él y sus oficiales, presenciaron la masacre, a manos de soldados británicos, de los estadounidenses que se habían rendido en Nueva York. Tiempo después, cuando esos mismos oficiales custodiaban a unos prisioneros británicos, Washington les dijo: "Trátenlos con benevolencia. No les den motivo para quejarse de que nosotros seguimos el ejemplo brutal del ejército británico".

 

El alma de la nación estadounidense no depende de la letra de la ley, sino de una autodisciplina más profunda para aceptar la ley y ajustar nuestra vida a ella como una afirmación de quiénes somos y quiénes aspiramos a ser.

 

Sin embargo, bajo la presidencia de George W. Bush -quien se definiría como un hombre con profundos principios morales y que, en verdad, divide el mundo entre el bien y el mal-, la ley se ha convertido en un puntal del poder. Si nosotros, como nación, guiados por el Senado, por nuestros oficiales retirados y por nuestros jóvenes capitanes y cadetes, no nos levantamos e insistimos en reafirmar las restricciones de la ley, América ya no será tan hermosa.

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Por Anne-Marie Slaughter

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La autora es decana de la Woodrow Wilson School of Public and International Affairs, dependiente de la Universidad de Princeton.

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AM

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