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Una colección de bloopers.

Por Laura Vales - 9 de Noviembre, 2005, 22:48, Categoría: General

En contra de todos los rumores previos a la llegada de George W. Bush, en el Sheraton, donde se alojó la delegación norteamericana, se mantuvo al personal de siempre. Pero Bush trajo tres chefs de la Casa Blanca que supervisaron el menú presidencial, elaborado por los cocineros del hotel. Los estadunidenses llevaron dos bicicletas fijas para el mandatario y su mujer, Laura, y seis perros adiestrados para detectar explosivos. En el hotel tuvieron que acostumbrarse a ver a los animales muy instalados entre los sillones del hall de entrada, donde permanecieron durante toda la estadía de Bush para olfatear cada bulto que entraba.

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La avanzada anti Bush estuvo en el centro del territorio controlado por los servicios secretos norteamericanos. En el puesto de diarios que abastece al hotel, ubicado a 100 metros de su entrada, el kiosquero, Guillermo, colgó en el lugar más visible un ejemplar de Prensa Obrera en el que se leía ¡Fuera Bush! en letras catástrofe. Cada vez que el mandatario salía del hotel cruzaba frente al kiosco. “Pasó varias veces, en su limusina. Hubo gente que lo saludaba y después venía a decir “Bush me saludó”, contó Guillermo junto a un amigo con el que atiende el lugar. “Nosotros le bajamos el pulgar, pero al tipo mucho no le debe haber importado. A la CIA sí: ya debo estar fichado como el comunista del barrio”, contó.

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De todos los mitos urbanos, el que pareció cumplirse fue el de la interferencia en los celulares. Los funcionarios argentinos que siguieron el aterrizaje del avión de Bush desde el Hermitage, se encontraron con que, por un buen rato, no pudieron utilizar sus teléfonos por falta de señal. Nunca se llegó a conocer la razón técnica del desperfecto.

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El dueño del Hermitage, Aldrey Iglesias, no tramitó la credencial para cruzar los vallados de seguridad y cuando comenzó el operativo, se topó con que no lo dejaban entrar a su propio hotel. La Policía Federal controló los ingresos con computadoras equipadas de lectores ópticos y un sistema que grabó la entrada y salida de visitantes y empleados, sin excepciones. Desde el último cadete a Raúl Alfonsín tuvieron que hacer cola y esperar pacientemente. El empresario porfió inútilmente y al final se dio por vencido. Tuvo que pedir al gobierno una credencial de apuro.

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A la Policía Bonaerense le pasó de todo. El primer día, setenta de los efectivos a cargo del cerco exterior se intoxicaron con lasagna. El cuerpo de inspectores municipales clausuró el restaurante causante del mal y se tomaron muestras del menú del día para una pericia. El ministro del Interior, Aníbal Fernández, opinó que no había que descartar que lo ocurrido se debiera no a la comida sino al agua. El episodio quedó superado hasta que, al día siguiente, en vísperas de las marchas de protesta contra Bush, el comisario Daniel Rago, jefe de los bonaerenses, se infartó. Al menos zafó de las críticas contra la actuación de la fuerza en los disturbios.

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Bush se trasladó en una limusina blindada de color negro, con un cierto aire fúnebre. Como quedó varias horas estacionada en la puerta del Hermitage mientras se hacían las deliberaciones, los marplatenses que viven dentro del vallado sacaron sus cámaras del ropero e hicieron cola para fotografiarse al lado del vehículo.

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Mientras los presidentes compartían su última comida juntos en el Hermitage, Cristina Fernández de Kirchner (CFK) ofrecía un almuerzo dietético a las primeras damas en el Golf Club de Mar del Plata. La entrada fue una ensalada de espárragos silvestres de Mar de Ajó, a la que siguió un plato de pescados de la costa en caldillo de azafrán. Como postre, hubo una variedad de delicias argentinas. La senadora y Laura Bush recorrieron también una exposición de vestidos de Eva Perón.

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Desde principios de la semana, Mar del Plata estuvo casi vacía. El temor a un atentado y el anuncio de las manifestaciones de protesta, provocaron un éxodo masivo hacia las localidades cercanas. Ayer, apenas la TV mostró al helicóptero trasladando a Bush para su partida, el vallado se levantó y la gente empezó su regreso. La paranoia que flotó durante todos estos días, con gente convencida de que los norteamericanos habían traído cuatro mil ataúdes y alquilado dos frigoríficos para cadáveres, quedaba atrás.

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