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El verdadero perfil de una heroína del periodismo

Por Armando Maronese - 3 de Noviembre, 2005, 21:46, Categoría: Periodismo

Cayó en desgracia Judith Miller, del New York Times. El New York Times decidió deshacerse de su periodista estrella Judith Miller, la misma que estuvo 85 días en prisión por no revelar sus fuentes, pero que más bien colaboró con la Casa Blanca en su venganza contra Joseph Wilson, el embajador autor de un informe que cuestionó la supuesta fabricación de bombas de destrucción masiva en Irak como pretexto para invadir al país de Saddam Hussein.

 

De supuesta heroína de la libertad de expresión, alabada por el periodismo mundial, corporativo y del otro, la Miller está ahora pasando rápidamente al rincón de los canallas.

El corazón de la periodista está dividido entre la CIA y el diario que la hizo famosa.

 

Mucho antes del episodio que la llevó a la cárcel, la Miller mintió tanto en sus despachos desde Irak –con reportajes y entrevistas falsas–, sobre la fabricación de armas de destrucción masiva de Hussein que el NYT tuvo después que pedir disculpas a sus lectores por falta de rigor, pero el diario igual la defendió cuando cayó presa por no citar la fuente que le reveló la identidad de Valeria Plame como agente de la CIA.

 

El detalle es que la Plame es la cónyuge de Joseph Wilson. Y revelar la identidad de los agentes de la CIA es un delito que en Estados Unidos se paga con largos años de prisión, en castigo por algo así como alta traición a la patria. Pero la periodista que guardó silencio sobre su fuente, sólo cumplió el rol que le asignó la Casa Blanca en una intriga montada por la oficina del vicepresidente Dean Cheney para perjudicar a Wilson. Nunca publicó la noticia en el NYT, pero contribuyó a filtrarla. Como jamás escribió ella misma sobre el asunto, estuvo presa por algo que jamás publicó y ése solo hecho engrandeció su pretendido rol de heroína del periodismo.

 

Ahora las cosas han cambiado para Miller. En esta vieja historia en que embaucó a todos con sus doble identidad de heroína de papel y plumífera de la Casa Blanca, hoy está negociando cuánto cobrará de desahucio porque el diario que la hizo famosa ya no la quiere. La mujer tiene 28 años de experiencia en periodismo y obtuvo un premio Pulitzer por participar en un trabajo colectivo del New York Times. Hoy el diario cuestiona su honestidad porque también le mintió a sus jefes y traicionó la confianza de su editor.

 

El conflicto entre el NYT y la Miller se agudizó hace apenas una semana. Según fuentes del The Wall Street Journal, las partes negocian cuánto cobrará la reportera. Los informes de prensa indican que Miller ya se reunió con el editor del diario, Arthur Sulzbeger Jr., para afinar el monto de la indemnización que rubricará su alejamiento definitivo, del diario que la hizo famosa mundialmente.

 

La caída en desgracia de Miller comenzó el viernes, cuando la cuestionó el director del NYT, Bill Keller, que siempre estuvo incondicionalmente de su parte, al igual que Sulzberger. Keller mandó un memorándum a la oficina de personal del diario reclamando por la falta de honestidad y el trabajo de Miller. La causa es que la reportera mintió a su jefe de la oficina en Washington cuando éste le preguntó qué relación tenía ella con el escándalo de la revelación de la identidad de la agente CIA. Keller simplemente quería saber si ella estaba entre los periodistas a quienes la Casa Blanca filtró el nombre de Valerie Plame.

 

La Miller también mintió sobre su relación con I. Lewis Libby, el jefe de gabinete de Cheney, cuando reconoció más tarde, ante un gran jurado, que este personaje fue su fuente. Por último, la propia Miller reveló nuevos detalles de esta relación y de su participación en el caso, en un artículo del NYT que sorprendió a sus propios jefes, quienes deben estar lamentando no haberle hecho más preguntas a la reportera sobre su relación con la Casa Blanca.

 

La cuestión que hoy parece clara, es que la Miller privilegió su condición de colaboradora de la Casa Blanca por encima de la deontología de su profesión, vale decir la ética del periodismo. Pesaron más sus vínculos con el gobierno de Bush que su lealtad al periódico que la convirtió en estrella. Si el diario hubiera sabido la verdad desde el comienzo, habría negociado mejor con el fiscal especial que investiga el caso, ahorrando a la Miller los días de cárcel que la convirtieron en heroína y, sobre todo, se habría evitado el gasto de los cientos de miles de dólares consumidos en su defensa.

 

Pero después de las primeras críticas, otros colegas de Miller del propio diario, lanzaron sus dardos contra la ganadora de un Premio Pulitzer en 2002 por su trabajo en Oriente Medio después de los atentados del 11 de septiembre 2001. La columnista Maureen Dowd, en un artículo titulado Mujer de destrucción masiva, recomendó que el periódico no le permita escribir sobre temas de seguridad nacional, en los que funge como experta.

 

Maureen Dowd recordó que en los meses anteriores a la invasión de Irak, la Miller escribió largos reportajes sobre las supuestas armas de destrucción masiva citando falsas fuentes inventadas que tendría en el gobierno de Saddam Hussein. Incluso fabricó entrevistas con científicos inexistentes o personas que nunca dijeron lo que ella puso en sus bocas. El tiempo demostró la falsedad de ese trabajo periodístico con que la Miller infló los pretextos que esgrimió la administración Bush para justificar la invasión a Irak. Muchos periodistas, no sólo de EE.UU., hicieron esfuerzos por desenmascarar a la Miller.

 

Una vez iniciada la guerra, y ante la evidencia de la falsedad de los informes de Miller, el NYT reconoció su error y le pidió perdón a sus lectores por no haber sido más riguroso, en una época en que también debió pedir disculpas por las mentiras que fabricaba en su departamento de Manhattan otro periodista estrella, el joven Jayson Blair, despedido deshonrosamente en mayo de 2003. El ombudsman del periódico, Byron Calame, dijo este domingo, que la reportera traicionó la confianza del matutino, afectó la credibilidad del diario y pidió a la empresa que tomara medidas contra ella, además para garantizar que no vuelvan a repetirse casos semejantes.

 

El tabloide New York Post publicó el martes una caricatura que muestra a la Miller en un tacho de basura con un rótulo que dice Reputación. Muchos periodistas, publicaciones, blogs y páginas web de todo el planeta ven en la Miller a un símbolo de todo lo que no debe ser el periodismo,

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