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Los jóvenes entre el presente y la dificultad de ser adultos

Por Armando Maronese - 1 de Noviembre, 2005, 0:14, Categoría: Opinión

Si bien siempre la juventud se caracterizó por distinguirse y oponerse a la adultez, hoy la distancia y la falta de mediaciones entre el mundo de los jóvenes y el mundo adulto, es más notoria. Por ello mismo la juventud actual contiene experiencias, en muchos sentidos inéditas, que escapan a nuestra comprensión.

 

Nuestros años de juventud no nos sirven demasiado para entender a los jóvenes de hoy. Bien o mal, rebeldes y hasta revolucionarios, los jóvenes de décadas anteriores no padecieron la contradicción de vivir en un mundo que les ofrece todo, al mismo tiempo que los excluye, haciendo cada vez más difícil forjar la vida desde las propias convicciones y elecciones. Este hiato existente entre jóvenes y adultos, nos demanda ser comprensivos, entender motivos y causas, aún cuando no lleguemos a saber a ciencia cierta qué es lo que los jóvenes experimentan y valoran.

 

Esto hace pensar que lo que retiene y recluye a los jóvenes en su juventud procurando resistir en ella lo máximo posible, no es el placer -y desde aquí podemos argumentar en contra de toda calificación "hedonista" de la juventud-, sino la crisis de las mediaciones. Los medios que permitían reconocer y reconocerse a un joven como adulto, que le permitían transitar de la juventud a la adultez, o faltan o ya no cumplen con su función mediadora.

 

Si la reclusión autorreferencial nos permite definir a la juventud actual hacia adentro de sí misma, la crisis de mediaciones nos muestra el drama de los jóvenes y sus dificultades para reconocerse adultos.

 

El joven a diferencia del adolescente, no puede apelar a su maduración biológica para transitar hacia otra etapa de vida. El tránsito de la juventud a la adultez es definitivamente cultural.

 

La crisis de las mediaciones, afecta tanto a las que han sido consideradas simbólicas y rituales, como también a las denominadas positivas o reales. Las primeras estaban simbolizadas en actitudes y reconocimientos, tales como la entrega de las llaves de la casa, el cuadro con el diploma del hijo, o posteriormente las llaves del auto etc., vividos como gestos de reconocimiento de la responsabilidad adulta. Las segundas, hacen referencia al trabajo y a la educación que han sido considerados, por lo menos hasta ahora como los medios positivos de inserción de un joven en la sociedad adulta.

 

Si bien es cierto que el esfuerzo, puesto en el trabajo, no puede ser nunca la causa y la meta de nuestras acciones, hay que reconocer que el trabajo ha sido junto con la educación, el medio principal de la formación de la dignidad de la persona. El problema de los jóvenes se plantea aquí con toda crudeza ¿qué sentido puede tener el esfuerzo para un joven si el trabajo ya no es concebido como un medio de realización de la persona? Sólo una sociedad donde el saber y el conocimiento detenten un lugar de valía en el reconocimiento social, las ganas de aprender y el esfuerzo, podrán ser recuperados como medios de formación y crecimiento.

 

Cabe notar en este sentido, que la familia y en menor grado la escuela eran, en ambos casos los principales testigos, las portadoras del reconocimiento de la adultez de los jóvenes. Esta tarea de reconocimiento se ha ido desplazando de la familia hacia otras prácticas sociales más o menos anónimas.

 

La falta de mediaciones simbólicas de mediación, nos conduce a reflexionar sobre nuestra cultura y sobre la producción de signos concretos que confirmen el reconocimiento comunitario del joven que se ha convertido en adulto. La educación y el trabajo, nos introducen de lleno en el drama de los jóvenes, que no encuentran el camino de la inserción, ni profesional ni laboral. "Hay en el país, según los resultados de la última encuesta de hogares del Indec, 1.272.000 jóvenes de entre 15 y 24 años que están en la inactividad absoluta: no trabajan ni estudian ni buscan empleo".

 

En el mercado laboral, y debiendo precisar mejor las siguientes cifras, el índice real de desocupación asciende entre los jóvenes, en la Argentina, al 38%. Al mismo tiempo se muestran como el sector más codiciado para los trabajos por turno y peor remunerados, ya que son los que se adaptan con mayor facilidad a la circulación de las exigencias horarias, y a sobrellevar trabajos de mayor sumisión psicológica.

 

Ante todo lo expuesto y buscando concluir cabe preguntarnos ¿Qué sabemos los adultos de los jóvenes? De esos individuos que ya se han desarrollado sexualmente y que quieren o necesitan definir su propio modo de vivir y de hacer proyectos. Cabe también preguntarnos ¿Por qué a nosotros los adultos se nos plantea hoy, de manera tan decidida, la juventud como una cuestión? La respuesta es porque nosotros ya no podemos confiar en los jóvenes que responden a nuestras expectativas. La juventud se rehúsa a ser considerada como una mera proyección de los adultos. Con lo cual debemos saber que no todos los aspectos de la vida de los jóvenes, de lo que de manera abusiva algunos llaman "cultura juvenil", pueden ser abordados. El mismo fenómeno que queremos conocer se resiste, tiene su resguardo respecto de la mirada adulta. Sus propios códigos, ritos, sólo son producidos por ellos y para ellos.

 

El problema no parece centrarse en principio en aquello que los adultos, por más ilustrados que seamos, podamos decir sobre los jóvenes. ¿Qué sabemos de proyectar una vida que no pasa por elegir una profesión y la formación de la propia familia? ¿O, qué sabemos de vínculos formados a través del chateo y de experiencias de comunicación ya muy distantes de las nuestras?

 

Sin embargo los jóvenes no pueden prescindir del mundo adulto, necesitan de nosotros y valoran a los adultos que a pesar de los avatares de la vida no reniegan de ser quienes son. Necesitan de la presencia de adultos que confíen en su propia historia y se animen a enseñar con el ejemplo y la palabra. Es decir, que valgan como testimonio de que la vida tiene sentido más allá de los fracasos que se hayan sufrido y sabiendo que los jóvenes ya no podrán ser como ellos.

 

Ante una sociedad centrada en la mera multiplicación de opiniones y en la consecuente desvalorización de la palabra, se vuelve necesario formar personas capaces de decir qué sienten, piensan, son, anhelan. En cierto sentido se trata de recordar las enseñanzas de la antigua mayéutica socrática, ayudar a que los hombres se conozcan a sí mismo no es una tarea de competencia de exclusiva de psicólogos, sino de todo padre y educador.

 

En este sentido, la juventud es hoy una experiencia en busca de su narrador. ¿Qué podemos hacer los adultos para que los jóvenes puedan poner en palabras lo que experimentan y viven? Ayudar con nuestro ejemplo, para que juntos podamos construir una sociedad adulta más deseable mejor que la presente.

 

Meternos en la vida de nuestros hijos; estar con ellos de niños, jóvenes y adultos. Darles nuestro apoyo, confianza y comprensión. Hablarles y enseñarles el camino. Proveerles. Dar importancia a sus opiniones y cuando no sean correctas, hacerles ver el error.

 

Lo que pasa, es que en esta vida moderna que nos toca vivir a todos, es más fácil dejar pasar; no prestar atención a los hijos y que aprendan por sí solos y mal. Malo, malo. Después queremos que los hijos salgan buenos...

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AM

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