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Los niños en la calle

Por Sergio Zalba - 27 de Octubre, 2005, 2:02, Categoría: Opinión

Entre la desidia, la inoperancia y las buenas voluntades. El tema no es nuevo, la realidad de los niños (niños y jóvenes) en la calle, tiene tantos años de existencia como de desidia oficial.

 

Es cierto que, desde los organismos estatales, se elaboran programas, se diseñan planes, se realizan coloquios y se escriben discursos. Pero el poncho no aparece.

 

También hay mucha gente de buena voluntad - profesionales, educadores, religiosos -, que deja gran parte de su tiempo y de su vida intentando acompañar esta realidad. Sin embargo, todo ese esfuerzo sigue siendo una gota de agua en un bosque incendiado, en particular porque las respuestas estructurales - las únicas que pueden ofrecer una verdadera solución - siguen ocultándose tras las sombras de la inoperancia y el desentendimiento gubernamental.

 

Se ha discutido, y aún se sigue discutiendo, sobre cómo nominarlos: si "chicos de la calle", "chicos en calle" o "chicos en situación de calle". Muy interesante; las definiciones políticas y sociales sostienen que no deben llamarse "chicos de la calle", porque ninguna persona es propiamente de la vereda, todos han nacido en algún entorno familiar del que luego fueron expulsados. Sin embargo, hasta esta sutileza que como telón de fondo indicaba que la mejor solución para los chicos en calle es la de reinsertarlos en su familia, también está perdiendo vigencia. Ya son muchos, ¡demasiados!, los chicos en la calle que son hijos de chicos en la calle. Por lo tanto, tampoco hay familia, ni vivienda, ni entorno afectivo, más o menos estable, al que puedan retornar.

 

En la actualidad, el acompañamiento de los chicos en calle (o de la calle, o como prefieran), presenta una dramática gama de vicisitudes de resolución prácticamente imposible para las organizaciones no gubernamentales que se dedican al tema.

 

Señalaré sólo algunas para ejemplificar lo dicho más arriba: la inoperancia y la desidia oficial.

- Imposibilidad de acceder a un hogar: cuando del acompañamiento a cualquiera de estos chicos surge su intención por incorporarse a un hogar, cosa muy difícil entre los adolescentes y jóvenes habituados a la "libertad" de la calle, no existe la respuesta inmediata que el caso requiere. Salvo excepciones de alguna entidad de origen eclesial, todos los hogares se encuentran en la necesidad de que el gobierno (nacional, provincial o municipal) genere una beca para el sostenimiento de ese potencial ingresante. Ese es un trámite que, si se lo logra concluir, nunca dura menos de dos semanas. Tiempo suficiente como para que el joven desista de su intención. La vida de los chicos en la calle carece de programación. El tiempo es "ahora" y sus decisiones, si no se concretan en el "ya", lo más probable es que se desvanezcan en la turbulencia de una vida fuera de toda contención.

 

- La documentación: los chicos en la calle no tienen documentos. Son muchísimos los que nunca los han tenido, son NN, oficialmente no existen. Y la expresión "no existen", tiene consecuencias muy concretas, como por ejemplo, estar inhabilitados para solicitar un turno en hospitales públicos. Pero esto no es todo. Si del acompañamiento a estos chicos surge la intención y la posibilidad de trabajar, sin documentación no pueden incorporarse a ninguna empresa, y si optaran por dejar de dormir en la calle y alquilar un cuarto en una pensión, sólo podrán ingresar a esas pocilgas espeluznantes carentes de todo control y que están más cerca de ser "guaridas" que humildes hoteles. Ahora bien, acompañar a los pibes en los trámites de su documentación es una tarea casi sin fin. La previsiones del estado para estas cuestiones, como en muchas otras, están pensadas desde las burocracias oficinescas plenamente desentendidas de la realidad. Se convierte en un trámite de meses (o años) prácticamente imposible de concluir, de modo que la mayoría de estos muchachos llegan a la adultez indocumentados (inexistentes) multiplicándose al infinito sus posibilidades de supervivencia.

 

- Menores embarazadas: los dispositivos oficiales para la atención de chicas de la calle que están transitando un embarazo, son tan escasos como inadecuados. Más del 90 % de los servicios que se prestan para estos casos, dependen de ONG que se encuentran absolutamente saturadas y desbordadas. Hay que destacar que en la menor embarazada, son dos los menores que se encuentran en riesgo. Ya no es sólo la vida de la joven/adolescente, sino del bebé que, de no producirse ninguna intervención, y en el caso de que consiga subsistir en la hostilidad callejera, reciclará casi inexorablemente la historia de su madre. El único momento en que el estado toma partido es en ocasión del parto, si es que éste se produce en un hospital o lugar público. En ese caso, el servicio social hospitalario pasa el informe al juzgado y el juez de turno solicita la comparencia de madre e hijo para cuando sean dados de alta. Lo que luego suele ocurrir es que la mamá, temerosa de cualquier intervención judicial, se esfume por los pasillos del hospital cargando a su hijo en brazos o metido dentro de un bolso. ¡Sí, así de fácil!.

 

La lista de complejidades es muchísimo más amplia. Pero una síntesis de todas ellas daría un enunciado de este tipo: la problemática del menor en situación de calle no es un tema que preocupe "en serio" a quienes detentan el poder político. Dirán que se destina tal o cual presupuesto, que cuentan con secretarías o subsecretarías de gobierno, que sostienen programas especializados, operadores en calle y tantísimas otras cosas que, aún siendo ciertas, son incapaces de ofrecer soluciones reales, prácticas y duraderas.

 

La mayor expectativa de quienes trabajan desde una verdadera preocupación humano-social con esta creciente población, es la de promover en los pibes el "egreso" de la calle. Y la pregunta permanente, la que taladra el corazón de tantos que se entregan con cuerpo y alma a esta quijotesca misión, es siempre la misma: ¿egreso... a dónde? Si la familia desapareció, no existió nunca o está en la calle; si los hogares no dan abasto y tramitar una beca lleva más tiempo que aprender japonés; si no tienen documentos y para conseguirlos precisan una partida de nacimiento que nunca tuvieron o un registro hospitalario que se perdió en el agujero negro; si cuando reconocen el valor y la dignidad que otorga el trabajo, no tienen la menor oportunidad de emplearse; si cuando resuelven internarse para iniciar un tratamiento por sus adicciones (la mayoría padece algún tipo de adicción), el SEDRONAR, secretaría dependiente de la presidencia de la nación dedicada a estos menesteres, efectúa tantas entrevistas previas al interesado que por poco le pide que deje de drogarse antes de concederle una beca de internación.

 

Nada está pensado en función de la realidad que padecen estos jóvenes. Dicen que se los quiere ayudar, pero todo está organizado como si se tratara de situaciones "normales" en las que el papá y la mamá, los contienen en sus hogares mientras consiguen trabajo, obtienen el documento o logran el ingreso en alguna institución terapéutica. En este sentido, lo más curioso es observar el quiebre existente entre los organismos oficiales dedicados a la niñez y el resto de las dependencias gubernamentales.

 

Los primeros, elaboran programas en función del apoyo, la contención y la promoción de los menores, pero, como de ellos no depende ni el sistema sanitario, ni el registro de las personas, ni la cuestión habitacional, ni la generación de empleo, ni los mecanismos de seguridad, ni las penitenciarías de menores, ni el régimen judicial, ni ninguna otra cosa que no se el trato directo con los chicos en la calle o el ofrecimiento de algún que otro espacio para que realicen actividades recreativas o formativas, se encuentran incapacitados para ofrecer soluciones que tiendan a modificar estructuralmente la realidad de exclusión y abandono en la que se hallan cada vez más niños y jóvenes de nuestro país.

 

El tema no es nuevo, ya lo dijimos, y según parece, será cada vez más viejo. ¡Qué Dios nos ayude!

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AM

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