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La pampa, en los ojos de viajeros ingleses

Por Armando Maronese - 20 de Octubre, 2005, 22:07, Categoría: Campo - Pueblos - Ciudades

Esa extensión sin relieve, sin ríos y de árboles escasos es, en lo sentimental, el invento de estos extranjeros.

 

En el siglo XIX, en cuyo transcurso los europeos llegaron a todos los rincones del mundo y desaparecieron las tierras incógnitas y los países vedados a la presencia de extranjeros, era común una humorada según la cual, fuese uno al lugar que fuera, siempre se iba a encontrar con que había llegado antes un inglés comerciante, explorador o aventurero.

 

Ingeniosidad que contada con una pizca de sorna, servía para zaherir la intensa y voraz actividad colonial y de búsqueda de ventajas mercantiles, a que se hallaban abocados para ese entonces.

 

Pero privada de ese sesgo crítico, seguía siendo exacta en la descripción del notorio afán andariego y campestre de los sajones, muy distintos en cuanto a eso de los latinos, cuyas preferencias urbanas y sedentarias son culturalmente tan marcadas.

 

Y en algunos sentidos, también ello ocurrió en el Río de la Plata, pese a que por aquí los ingleses comenzaron a llegar sólo al cabo de unos 250 años de que se consolidó el descubrimiento originario. Un caso claro al respecto, toca a uno de los componentes físicos esenciales de nuestra identidad y arrogancia, como lo son las interminables llanuras que desde el Plata se extienden hasta los Andes, hasta el viejo desierto del indígena indómito, hasta el monte tropical, hasta las mismas sierras de la precordillera.

 

Esa extensión sin relieve, sin ríos, de árboles escasos y achaparrados, de inmensos pastizales ralos y duros, de cañadas transitorias, es en lo sentimental -aunque no se crea-, el afortunado invento de uno cuantos viajeros ingleses.

 

Porque la naturaleza y el paisaje habían pasado inadvertidos para el conquistador español, cuya cabeza estaba llena de sueños de riqueza, de expolio y de gloria, y su descendiente criollo, en general, heredó esa indiferencia, por otra parte convertida ya en connatural tras un tiempo, pues nadie presta atención a lo que ve todos los días, aparte de que aún no había nacido el romanticismo y todavía no había llegado el tiempo en que los poetas repararían en horizontes y vastedades.

 

Después, la corona borbónica aportó pormenorizadas reseñas, obra de funcionarios, de militares, de científicos, y si bien ya en ellas estaba la Pampa con sus rasgos característicos, aún faltaba la emoción unida a lomas, a aguadas, a intemperies abrumadoras, a haciendas cimarronas, a pájaros, y apenas si se trazaba en ellas un esbozo de los rudos trabajos de la campaña.

 

"Vi cardos más altos que un caballo y aquí y allá unos pocos algarrobos; pajas, innumerables ganados, chúcaros y mansos: gamas y avestruces, vizcachas barbadas saliendo en grupos, al caer el sol, de las mil cuevas que cortan el campo?", consignó John Parish Robertson, relato inicial acerca de una pampa que luego sería ilustre y que hoy sólo se intuye.

 

Testimonios indelebles

 

Algunos ingleses dejaron testimonio de su paso por estas planicies y varios de éstos, merecen ser recordados. Sobre la peculiaridad a que me refiero, hay que destacar los escritos de Francis Bon Head, de Samuel Haigh, de Joseph Andrews, de William Mac Cann: "A medida que avanzábamos por esa extensión tan salvaje, sentíame impresionado por su soledad y melancolía: ni rocas, ni ríos, ni una loma, ni un árbol, alternaban la monótona y mustia llanada?", dice éste último en un tono que recuerda al del Facundo, primera contribución local de poderosa genialidad a ese encomio de la naturaleza que habría de definirnos, texto que en no poca medida influenciaron varios de esos viajeros insulares, pues, cuando escribió ese libro Sarmiento no conocía la Pampa.

 

Es el paisaje, simplemente el paisaje, con su inmensidad y sus fuerzas sobrecogedoras, más la zoología y la botánica, dentro de una continuidad riquísima en significados que habría de prolongarse hasta Hudson y Cunninghame Graham, relevante conjunto literario cuya índole representativa de lo argentino resulta innegable.

 

De nuestro lado, por el severo y sentencioso antecedente español y por la sobria elegancia latina, siempre fue difícil captar ese matiz romántico con que los nórdicos suelen transfigurar sus descripciones. Para nosotros, suele no importar sino la humanidad, el personaje, quedando la más de las veces el contorno como un espacio abstracto.

 

Es decir, no la Pampa sino sus protagonistas: es clásica al respecto la tradición plástica sobre temas gauchescos y fronterizos que va de Morel a Molina Campos, de Blanes a Della Valle: no hay más que personajes, siempre personajes. Son, evidentemente, dos maneras de ver nuestra Pampa.

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