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Cuando el mediano plazo nos alcance

Por Armando Maronese - 13 de Octubre, 2005, 2:26, Categoría: Opinión

En su Testamento político, el cardenal Richelieu sostuvo que los hombres de Estado enfrentan dos clases de problema. Unos son fáciles de resolver. Los otros son insolubles. Lo que distingue a la primera clase de la segunda clase de problemas no es según Richelieu su dimensión, sino el hecho de que el hombre de Estado los haya anticipado o no. La frontera que divide a los problemas no es su magnitud, sino la distancia desde la cual el gobernante los advierte.

 

En 1997, el último año de gran crecimiento económico que experimentó la Argentina en los años 90, todo parecía andar sobre ruedas. Pero en el interior de la euforia crecía silenciosamente un peligro. El tipo de cambio del "uno a uno" exigía una estricta disciplina fiscal. El déficit del presupuesto, sin embargo, crecía desordenadamente. Desde el momento en que ya no se podía emitir dinero sin respaldo para cubrirlo, como se hacía en los tiempos inflacionarios, sólo quedaba endeudarse. Y esto fue lo que se hizo porque la Argentina, todavía, gozaba de crédito internacional.

 

Permitir un gasto público y un déficit fiscal cada vez mayores, compensándolos con un alto endeudamiento externo, fue la fórmula que se usó por entonces para "tapar", pero no para "eliminar" el peligro que se avecinaba.

 

Casi nadie se animó, por entonces, a gritar que el rey de la expansión económica de los años 90 estaba desnudo. Es que, pese a que no se cumplían las condiciones fiscales que lo habrían vuelto sustentable, el "uno a uno" se había convertido en un dogma.

 

La fe en el dogma del "uno a uno" había prendido en la conciencia popular a un punto tal, que una de las razones de la victoria de De la Rúa sobre Duhalde en las elecciones presidenciales de 1999 fue que éste, pero no aquél, se había atrevido a poner en duda el dogma establecido.

 

Finalmente, el problema del tipo de cambio, por no haber sido advertido a tiempo, se convirtió en insoluble. Cavallo quiso, en 2001, anular el déficit fiscal que lo había originado. Era tarde, porque ya huían los capitales. Rodríguez Saá declaró un default también tardío porque hacía tiempo que la deuda externa se había vuelto incontrolable. Al comenzar la presidencia de Duhalde, Remes Lenicov quiso devaluar moderadamente. También era tarde. El país salió finalmente del "pequeño problema" fiscal y cambiario de los años noventa, que se había vuelto enorme, mediante la maxidevaluación de 2002, con el consiguiente aumento de la pobreza.

 

Habíamos pagado los argentinos, el doloroso precio de la inestabilidad política, la recesión económica y la perturbación social por no haber seguido el sabio consejo de Richelieu. Grandes negadores de la realidad cuando ella no nos adula, los argentinos habíamos escondido la cabeza como el avestruz, desoyendo los ladridos de la jauría que se acercaba.

 

De 1997 a 2007

 

Ahora vivimos en medio del alivio que generó la superación de la crisis de 1997-2002. ¿Este alivio es permanente? El diputado Alberto Natale, después de recordar la imprevisión de 1997 de la cual, sostiene, sólo él y unos pocos quedaron exentos, abre una nueva inquietud: ¿no estaremos repitiendo hoy, bajo otro signo, la historia de 1997?

Si nos atuviéramos a las causas de la crisis de la cual venimos de salir, podríamos decir que ellas han sido sofocadas. Ya no estamos bajo el signo cambiario del "uno a uno"; en su lugar, el "tres a uno" estimula las exportaciones y limita las importaciones. Ya no estamos bajo presidencias precarias o provisionales como las de De la Rúa, Rodríguez Saá y Duhalde, el llamado artífice de la transición, sino en un período constitucional normal. La deuda externa se ha renegociado. En vez de déficit, tenemos superávit fiscal. La jauría que irrumpió en el horizonte en 1997, ha pasado de largo.

 

Un verdadero discípulo de Richelieu, sin embargo, en vez de relajarse, otearía el horizonte en anticipación de algún nuevo problema porque, si ese problema recién asoma, podríamos atacarlo mientras es aún pequeño.

 

Ese nuevo problema al que ahora habría que anticipar, no será el tipo de cambio ni el déficit fiscal. ¿Podría ser, quizá, la escasez de grandes inversiones? No hablamos aquí de las pequeñas inversiones de corto plazo para responder a una demanda aún en ascenso, porque ellas están ocurriendo. Las que no están ocurriendo son las grandes inversiones estratégicas, como las que hubo en los años 90 para ampliar nuestra infraestructura de energía, transportes y comunicaciones y de las cuales todavía estamos viviendo.

 

Como no hemos tenido grandes inversiones en materia de hidrocarburos durante los últimos años, la Argentina será un importador neto de petróleo en pocos años. Como seguimos expulsando compañías internacionales como las francesas, ya no vienen los grandes capitales. La Argentina se aísla y debilita en el concierto de las naciones. ¿Podremos cubrir este vacío con pequeños capitales privados nacionales y con débiles intentos estatales como Enarsa?

 

Si Bush termina por no venir a Mar del Plata en noviembre próximo ante la carencia de un ambiente favorable, si Chirac ya había eliminado la escala argentina de la gira latinoamericana que planeaba antes de enfermar, ¿podrá la Argentina seguir creciendo de espaldas al mundo como lo hizo durante estos últimos años? El punto por donde podría aparecer la nueva jauría, ¿no será entonces la ausencia de una fuerte corriente de inversiones?

 

Para responder a esta pregunta deberíamos estar pensando en 2007. Porque la historia continuará después de las elecciones del 23 de octubre. Aquí termina nuestro corto plazo. ¿Quién piensa hoy, empero, en el mediano plazo?

 

Entre dos plazos

 

Aquellos a quienes fascina el corto plazo suelen citar a Keynes, cuando dijo que en el largo plazo, estarían todos muertos. Pero Keynes se refería al larguísimo plazo, cuando hubiera pasado su generación. Para tener un largo plazo ya no más allá sino dentro de la generación argentina actual, necesitaríamos un Adolfo Suárez que nos convocara a un nuevo pacto de La Moncloa para asegurar, mediante la coincidencia de todos los sectores, la continuidad de políticas de Estado permanentes, preñadas de desarrollo. Dado el estilo de nuestro presidente, que más que en coincidir piensa en doblegar, una Moncloa argentina nos queda, por ahora, demasiado lejos.

 

Pero si no revertimos el aislamiento económico argentino que ahora se plantea, tampoco obtendremos una modesta visión del mediano plazo. Dos años de futuro previsible, ¿es acaso pedir demasiado?

 

El corto plazo que nos sigue obsesionando, no es simplemente "más corto" que el mediano plazo. Es su enemigo mortal porque aquellas cosas que se hacen nada más que para salir del paso, bloquean las cosas que habrá que hacer algunos años después. Cuando el mediano plazo en el que seguimos sin pensar nos alcance; cuando se convierta no ya en una perspectiva razonablemente controlable, sino en el ahogo de un nuevo corto plazo, los problemas que no habremos anticipado se agigantarán. Si Keynes les dijo a los ingleses de ayer que en el larguísimo plazo estarían todos muertos, Richelieu podría decirnos a los argentinos de hoy que, si olvidamos el mediano plazo, cuando éste se convierta en corto plazo una nueva jauría nos acosará.

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AM

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