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Verdadera cacería de africanos a las puertas de Europa

Por Armando Maronese - 8 de Octubre, 2005, 1:53, Categoría: General

El silencio es sobrecogedor. Acaba de terminar la primera persecución de negros del milenio, después de la cacería humana lanzada contra cientos de emigrantes africanos que, días atrás, intentaron huir del hambre saltando sobre la valla de alambre tejido que sirve de frontera con Europa. No queda nada de lo que eran sus asentamientos.

 

Su primera derrota fue no alcanzar la reja fronteriza y tocar la tierra española de Melilla, una de las dos puertas de Europa en tierra africana. La segunda, la destrucción a patadas de sus precarios campamentos en los bosques de esta zona para evitar así que se reagruparan y volvieran a intentarlo.

 

Este es el panorama después de las mayores avalanchas de emigrantes del sur del Sahara, que hasta hace 48 horas intentaban forzar los perímetros fronterizos de Melilla y Ceuta, las ciudades españolas en pleno Marruecos. Desde entonces, fuerzas de ambos países -Marruecos y España- fortificaron la zona para desalentar nuevos intentos. Hasta ahora, las noticias dicen que van ganando en su puja contra los hambrientos.

 

Con perros y helicópteros, las fuerzas especiales marroquíes (mehanis) corrieron tras ellos y detuvieron a cientos de personas. Poco después, los agentes rompieron las precarias escaleras de ramas con que los africanos pensaban trepar.

 

Otros, hundidos y desesperados, huyeron para esconderse, esperar a que la situación se calmara y, en una de ésas, volver a lanzarse. No se los ve, pero se los intuye. Dispersos, hambrientos, sedientos, asustados.

 

El drama humano en las puertas de Europa no está a la vista. Lo que antes era un precario hogar de negros con los pies rotos tras haber caminado desde Congo, Mali, Gambia o Camerún es ahora "zona militar".

 

La prensa no es bienvenida. Pero eso no frena el testimonio de marroquíes y melillenses que, desde hace años, viven de comerciar tras la frontera. Muchos, gracias al contrabando. Ellos son los que en estas horas de confusión reconstruyen lo sucedido con sus relatos.

 

"No creo que veamos nuevos asaltos en estos días. ¡Qué va! Los mehanis de este lado y las tropas españolas, del otro. Es más suficiente para amedrentar a cualquiera", dijo un transportista del comercio fronterizo. Lleva años trabajando en la región y no recuerda haber visto un despliegue militar como éste. "Ni que estuviéramos en guerra", dice.

 

En tal caso, no es guerra contra el hambre, sino contra los hambrientos. Porque ahora, dispersos y escondidos, los africanos de la larga espera han perdido toda posibilidad de recibir la ayuda solidaria de los lugareños que les acercaban comida y ropa.

 

El transportista habla de lo que todos hablan por ahí: de lo que encontraron las tropas marroquíes en los asentamientos ahora destruidos. Menciona cuencos percudidos por el calor de los fogones, ropa, pilas para la imprescindible radio con que escuchar las noticias. Algún diccionario manoseado del francés al español. La otra parte de la historia se reconstruye del otro lado de la frontera, en Melilla, con el testimonio que dan los "afortunados". Los inmigrantes que sí pudieron saltar la "reja de impermeabilización fronteriza" -como se llama aquí al perímetro de alambre tejido- y permanecen alojados en el Centro de Estancia Temporal para Inmigrantes (CETI).

 

Se habla del otro lado de la frontera, pero son metros, cuadras, minutos de viaje, nada más, y, en realidad, un abismo.

 

Precario hogar

 

En el centro, muchos africanos exhiben el costo de su asalto: brazos y piernas vendados tras haberse cortado con los alambres. Entre ellos está Bernard, un camerunés de 23 años, que cuenta a un grupo de periodistas sus últimos días en lo que fue el campamento de Rostrogordo. Dice que vivió allí durante meses; que la gendarmería marroquí aparecía cada tanto. "Nos molestaban un poco -dijo-, pero no nos echaban." Cuenta que algunos de sus compañeros hablaban de ellos como "los Alí" (por "Alí Babá y los 40 ladrones").

 

Las noticias vuelan. Igual que los otros 200 inmigrantes que pudieron cruzar a la tierra española de Melilla, Bernard está al tanto de la destrucción de lo que fue su precario hogar en el bosque. Y ya no espera nada. No cree que los que no consiguieron llegar se lancen de nuevo. "Antes los gendarmes nos dejaban estar. Pero eso ahora ha cambiado", dijo apenado por los que quedaron atrás. "Tanto esfuerzo", suspira.

 

El súbito cambio de actitud en la milicia marroquí -de la pasividad a la cacería-, es cuestión que despierta sospechas en Melilla. "Marruecos puso medios y, de pronto, las avalanchas se detuvieron. Esa es la colaboración leal y sincera que hace falta", dijo al diario español ABC el presidente de la ciudad autónoma, Juan José Imbroda.

 

El gobernante no lo dice. Pero lo que la ciudad española barrunta es que hay algo de pantomima en semejante giro de los vecinos musulmanes. Y hay hasta quienes afirman que fueron los propios marroquíes los que alentaron a los africanos a lanzarse contra la reja española. "Los usaron como carnada humana para que el gobierno [socialista de José Luis Rodríguez Zapatero] muerda el anzuelo y prometa más fondos de ayuda a Marruecos", dijeron los más veteranos. Marruecos se indigna.

 

Mientras de todo esto se habla, lo que la autoridad melillense deja en claro en esta cuestión es que -por las razones que sean-, no quiere que los africanos lleguen a su puerta y que las fuerzas españolas tengan que intervenir contra ellos. Desde los sucesos en la valla, los marroquíes vienen haciendo el trabajo. Quedan en el misterio las razones de su súbito y llamativo giro de 180 grados.

 

Y mientras tanto, ¿qué pasó con los cientos de africanos detenidos por las fuerzas marroquíes? La única información es que fueron deportados a la vecina Argelia. Pero hay quienes afirman que volverán a intentarlo.

 

"Tal vez tarden, pero algún día llegarán al pie del monte Gurugú", comentan en el centro de refugiados. Hablan así del cerro que custodia Melilla, la tierra con la que soñaban cientos de africanos desterrados por dejar atrás la miseria.

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AM

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