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Una pareja en el diván

Por Armando Maronese - 7 de Octubre, 2005, 0:14, Categoría: Opinión

Se disfrazaron para salir. Ella, con peluca rubia, blusita de rayón, jean barato, zapatillas de goma y anteojos negros. Él, con peluca afro, ambo de tres botones bien abrochados, zapatos con cordones y anteojos negros, visión semicircular.

Ya les habían asegurado que el consultorio del analista estaba limpio de micrófonos y cámaras ocultas y que no corrían riesgo de que los sorprendieran los medios, pues se había echado a correr el rumor de que una actriz de renombre iba a presentar su candidatura y estaban todos detrás de ella.

Cuando se anunciaron como el matrimonio Pérez, el terapeuta no tardó ni un minuto en atenderlos e invitarlos a ocupar el diván. El primero en hablar fue el hombre, mientras su compañera giraba la cabeza para mirarlo embelesada. "Estoy preocupado, doctor -dijo-; veo enemigos por todas partes. El Fondo Monetario, los empresarios, los piqueteros; a Duhalde, que era como mi padre, a Menem, que era como mi hermano; sueño que Scioli me persigue con un garfio en la mano que le falta, y también que Lavagna me hace subir a propósito el precio del cuadril y el cuartirolo."

Cuando calló, ella comenzó a hacer su confesión, y entonces fue él quien la cubrió con su mirada más tierna. "Sí -admitió-, no hago más que advertirle que se cuide de senadores, diputados, ministros y sindicalistas, porque todos ellos le quieren clavar un arpón en la espalda. Y el otro día, en Nueva York, dije que la prensa no colabora y que yo sé muy bien por qué: porque está unida a los grandes capitales multinacionales. Y lo que no dije es que sé que hay más de un periodista que a mi marido lo quiere ver ensartado como una brochette de corderito patagónico. ¿O no?"

Como se produjo un largo e incómodo silencio, el analista abandonó sus apuntes, echó una discreta mirada al reloj y al advertir que se le venía encima la siguiente consulta preguntó: "¿Eso es todo?". El señor Pérez fue el primero en reaccionar. Muy preocupado y bajo la mirada cariñosa de su compañera, preguntó, con voz temblona: "Doctor, ¿a usted le parece que podemos estar, quizás, un poco paranoicos?".

"¿Qué dice? -le respondió el analista con una sonrisa-. ¿Paranoicos? No, de ninguna manera. Sáquense esa idea de la cabeza. Ustedes no son paranoicos; simplemente son peronistas, y para eso ni Freud tendría remedio."

El matrimonio agradeció conmovido su dictamen al terapeuta. "Pero antes de irnos -dijo Pérez mientras el doctor le hacía señas a su secretaria de que ni se le ocurriese cobrarles-, sáqueme una duda. Usted dijo paranoicos no, simplemente peronistas. ¿Pero qué peronistas? ¿Del 40, del 70, del 90?"

"Para qué entrar en detalles -dijo el profesional, feliz de sacárselos de encima-. Peronistas y punto. ¿O acaso no son todos iguales?"

En el Margot se armó una discusión entre quienes sostenían que el afiche con el que los pirunchos empapelaron la ciudad para el aniversario de la Libertadora y que decía "Siempre volveremos", era una amenaza, y los que lo interpretaban como una condena. "Ni lo uno ni lo otro, maestro -dijo el reo de la cortada de San Ignacio-, es una cachada. Y si no, dígame: en los últimos sesenta años, ¿hubo acaso un solo día en el que los peronistas no estuvieran destrozándonos la paciencia?".

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AM

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