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Tesoros escondidos en el mundo, entre la realidad y la leyenda

Por Armando Maronese - 6 de Octubre, 2005, 21:29, Categoría: General

Pertenecían a piratas, mafiosos o galeones. ¿Quién no soñó alguna vez con descubrir un fabuloso botín de oro, joyas y dinero, o fantaseó con protagonizar aventuras dignas de clásicos como "La isla del tesoro" o "Las minas del rey Salomón?"

 

Aquellas historias mágicas, asociadas a cuentos de piratas y otros relatos infantiles, han comenzado a tomar cuerpo en la isla chilena Robinson Crusoe, donde la supuesta existencia de un tesoro enterrado en sus entrañas, disparó esta semana una guerra declarada entre quienes se atribuyen de antemano la riqueza, que incluiría desde el collar que usaba la mujer del inca Atahualpa hasta dos anillos papales.

 

Pero las leyendas sobre descomunales fortunas a la espera de ser descubiertas, han abundado a lo largo de los últimos siglos, y la línea entre mito y realidad es, las más de las veces, borrosa.

 

Así sucede con el hipotético tesoro del corsario inglés sir Francis Drake -la peor pesadilla de los navíos españoles- que, según los diversos rumores, podría estar sepultado en la bahía chilena de Guayacán, en la isla de Meanguera (El Salvador) o en las costas de Panamá.

 

Más confuso es el paradero del botín amasado por otro temible pirata, Henry John Morgan. Según cuentan las crónicas lejanas, Morgan escondió el fruto de sus saqueos en una isla desierta y dibujó un detallado mapa con las coordenadas del tesoro (aunque se cuidó de hacer circular una centena de planos falsos). La historia después se diluye en varias versiones: algunas indican que trasladó la fortuna a Jamaica, donde fue nombrado vicegobernador, otras señalan que dilapidó hasta la última moneda, y las últimas dicen que ni el propio Morgan pudo hallar el codiciado cofre que él mismo había enterrado.

 

Pero los relatos de tesoros escondidos, no sólo tratan de piratas y corsarios. Basta con observar lo que sucede en los montes Catskill, una región boscosa del estado de Nueva York donde, cerca del arroyo Esopus, pululan los hombres con palas en lugar de cañas de pescar.

 

Están al acecho de los millones del capo mafioso Dutch Schultz, quien supuestamente los enterró allí poco antes de morir asesinado en una taberna de Nueva Jersey, en 1935. La historia dice que el gángster, temeroso de ir a la cárcel durante un juicio por evasión de impuestos, guardó cinco millones de dólares en una caja fuerte y la sepultó bajo la arboleda de pinos de Catskill.

 

A pesar de la vaguedad de los detalles, la idea del millonario botín ha bastado para dejar el suelo del bosque marcado por décadas de excavaciones.

 

Sin embargo, si bien las fortunas que palpitan bajo tierra son pocas y difíciles de confirmar, las que descansan en el lecho de mares y océanos parecen ser más numerosas e incluso jugosas.

 

No es para menos: entre los siglos XVII y XVIII, 48 millones de onzas de oro (1.350.000 kilos), provenientes de los saqueos españoles en estas tierras, cruzaron el océano de América del Sur a Europa, convertidas en monedas españolas, lingotes y joyas. Pero no todo llegó a destino; una buena parte quedó en el fondo del mar como tributo a las tormentas, las guerras o los piratas.

 

Fortunas bajo el mar

 

Se calcula que en los últimos dos siglos se han hundido unas 10.000 embarcaciones, y otras tantas en tiempos aún más remotos. De ellas, la mayoría se concentra en el Caribe y el Mediterráneo.

 

Muchas de estas riquezas aún no han sido halladas. Tal es el caso del mayor tesoro de la historia de la corona española: 108 millones de piezas de plata, oro y joyas, de América del Sur, destinadas a costear la guerra de sucesión en favor de Felipe V. El cargamento era transportado por 19 galeones españoles -escoltados por 23 barcos de guerra franceses-, que el 15 de octubre de 1702 fueron atacados por piratas anglo-holandeses frente a las costas de Vigo, en Galicia.

 

Los atacantes se llevaron unos 40 millones de piezas. El resto, se cree que duerme en el fondo de la bahía, lo que ha fascinado a aventureros de todo el mundo. (El misterio, incluso, inspiró a Julio Verne para escribir una de las expediciones del capitán Nemo en "Veinte mil leguas de viaje submarino".)

 

A lo largo de los tres últimos siglos, han sido 70 las expediciones organizadas para intentar recuperar el llamado tesoro de Rande (tal el nombre de la batalla librada en Vigo). Algunos tuvieron suerte y recuperaron una pequeña porción del oro o las piedras preciosas, aunque la gran mayoría se fue con las manos vacías.

 

Pero no siempre las expediciones terminan en fracaso. Es más: sobran los ejemplos que demuestran lo contrario. Entre los éxitos más publicitados, están los del vapor América Central (hundido en 1857 con tesoros por 900 millones de dólares y rescatado en 1988 frente a las costas norteamericanas) o el del Nuestra Señora de Atocha, el galeón español que se fue a pique en 1622 cerca de Florida con su cargamento de oro, plata y joyas, calculado en 400 millones de dólares, y que fue recuperado en 1985 por el norteamericano Mel Fisher.

 

Y frente a las costas de Montevideo, el argentino Rubén Collado trabaja desde 1992 junto a un equipo de buzos, para rescatar la totalidad -hasta ahora recuperó sólo una parte-, de las 53.000 monedas y 300 lingotes de oro, valuados en más de 100 millones de dólares, que cargaba el galeón Nuestra Señora de la Luz cuando naufragó en aguas del Río de la Plata, en 1752.

 

A veces, sin embargo, los botines pueden ser decepcionantes. Por ejemplo, el barco del capitán Kidd -el pirata inglés conocido como "terror de los mares"-, fue durante años objeto de deseo de los buscadores de tesoros más ambiciosos. Pero cuando hace casi seis años fue localizado en las costas de Madagascar, en sus bodegas sólo se halló un lastre de piedras (que servían para darle estabilidad al barco), botellas de ron y fragmentos de porcelana.

 

También en el Florencia, el galeón portugués que transportaba un formidable tesoro cuando se hundió al oeste de Escocia en el siglo XVI, los buzos encontraron apenas restos de madera y esqueletos.

 

Pero los buscadores de tesoros, parecen no desanimarse ante semejantes contratiempos. Tampoco cuando se los acusa de ingenuos consumidores de leyendas. A fin de cuentas, dicen algunos, Heinrich Schliemann también era objeto de burlas cuando aseguraba que Troya había existido realmente.

 

Convencido de la autenticidad de los poemas de Homero, el comerciante alemán no sólo descubrió en 1873 las ruinas de la mítica ciudad y su suntuoso tesoro, sino que después desenterró Micenas, Tirinto y otros lugares considerados hasta entonces meras "fantasías de un poeta".

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