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Utopías y realidades que dejó la Revolución Libertadora, 10 de 10

Por Armando Maronese - 4 de Octubre, 2005, 22:02, Categoría: Peronismo: régimen, caída e historia

Los problemas que enfrentó el programa político del general Eduardo Lonardi. Hay que distinguir. Una cosa fue la Revolución Libertadora y otra, el gobierno que surgió de ella, especialmente el presidido por el general Pedro Eugenio Aramburu.

 

La Revolución Libertadora fue saludada jubilosamente por una parte sustancial del país. La que lloró silenciosamente la caída de Perón no se hizo presente durante las jornadas revolucionarias.

 

El general Eduardo Lonardi había definido su programa con las mismas palabras con las que Urquiza derrotó a Rosas en Caseros: "Ni vencedores ni vencidos". Era una consigna noble y sincera. Renovaba el lema que había permitido al entrerriano elaborar la base política que posibilitó la organización nacional. El programa del vencedor de Caseros no pudo cumplirse en su totalidad, pero fue suficiente en ese momento para cumplir su objetivo de mínima, la sanción de una Constitución.

 

Pero ¿el programa de Lonardi, la reiteración de que tampoco ahora habría vencedores o vencidos, era viable? Las tropelías del "régimen depuesto" eran tantas; habían sido tan numerosos los agraviados y se habían creado situaciones tan injustas, que era muy difícil creer que los humillados y afectados tolerarían su continuidad. Un ejemplo: el diario La Prensa. Confiscado y entregado a la CGT a través de un sucio proceso que incluyó violencias, ¿debía esperarse que sus legítimos dueños no pudieran recuperarlo?

 

Otro caso: los jueces recientemente nombrados en Córdoba, que habían jurado "por Perón y Evita", ¿merecían ser mantenidos en sus oficios? Los dueños de la fábrica de golosinas Mu-Mu, clausurada por no haber colaborado con la Fundación Eva Perón, ¿se resignarían a verla cerrada indefinidamente? Los ejemplos podrían multiplicarse hasta el infinito.

 

Era fácil arrancar las chapas que decían "avenida 17 de Octubre" y reponer las que denotaban "avenida Juan B. Justo". No era complicado volver a llamar La Plata a "Ciudad Eva Perón" o Chaco a la "provincia Presidente Perón". Pero resultaba mucho más difícil reparar las injusticias, abusos de autoridad y atropellos, que habían caracterizado de manera muy significativa al régimen derrocado, con el agravante de que algunos de aquellos hechos habían generado, torcidas o derechas, ciertas situaciones que beneficiaban a alguna gente.

 

El programa

 

La propuesta de Lonardi era levantada, pero de imposible cumplimiento. No sólo por la presión de los propios libertadores, a quienes asistían razones muy válidas para obtener las reparaciones que exigían.

 

Era también un programa políticamente inviable, porque respetar muchas situaciones generadas por el gobierno caído, implicaba una cohabitación entre la revolución triunfante y los enclaves donde eventualmente se atrincheraría el peronismo: era el caso de la Corte y los tribunales federales, los órganos de prensa y radios de la antigua "cadena", los sectores de las Fuerzas Armadas que habían defendido al gobierno caído y, sobre todo, los sindicatos, en su mayoría visceralmente comprometidos con el justicialismo. Todos ellos podrían construir en el cercano futuro una base que, apoyada por la adhesión popular a Perón que sin duda seguía vigente, se cargaría de una extrema peligrosidad para el sistema surgido de la Revolución Libertadora.

 

Fue un peligro que percibieron claramente los políticos que genéricamente podemos llamar liberales, que presionaron hacia una deriva que llevaba ineluctablemente a una política "gorila", sin concesiones, que tuvo su costo más doloroso en la persona del mismo Lonardi. Tras su relevo, menos de dos meses después del hecho revolucionario, esta política, la política "gorila", marcó de manera neta que, después de todo, habría vencedores y habría vencidos.

 

La manera extrema con que se llevó a cabo esta política endureció, por reacción, a una parte de los sectores afectados: el momento más trágico de esto ocurrió cuando los fusilamientos de junio de 1956. Sin embargo, el gobierno de Aramburu no hizo, felizmente, algo que podría haber hecho y, en cambio, hizo, también felizmente, algo que pudo no haber hecho.

 

Intereses antiobreros

 

Explico lo primero. Por más que se hayan intervenido las organizaciones obreras e intentado atomizarlas, ninguna conquista social importante fue anulada. Era notorio que dentro del gobierno provisional operaban muchos intereses antiobreros, pero a pesar de esto, ni la Justicia del Trabajo ni las vacaciones pagas, ni el aguinaldo, ni las indemnizaciones por despido, ni las obras sociales de los sindicatos, ni la representación unitaria de los gremios, fueron vulnerados gravemente.

 

El país no podía regresar en estos temas a la época preperonista, y el gobierno de Aramburu así lo entendió: esos logros no se tocaron.

 

Y lo otro: Aramburu entregó el poder al ciudadano que el pueblo eligió para sucederlo. Hubo enormes presiones para que no lo hiciera, pero lo hizo.

 

Es cierto que entregó un poder condicionado por unas Fuerzas Armadas ciegamente "gorilas", pero el solo hecho de entregar el bastón de mando y colocar la banda en el pecho de Arturo Frondizi, fue un triunfo del legalismo y una manera de honrar la palabra empeñada que gratificó al país entero.

 

Sería Frondizi quien debería tomar a su cargo el cumplimiento, en la medida de lo posible, del programa pacificador de Lonardi. El famoso "pacto" (que tanto escandalizó en su momento y hoy es común en el escenario político), fue su primer intento de integrar a los vencidos en la gran moción colectiva que él soñaba impulsar tras las banderas del desarrollo, la paz social y la legalidad. Cuando Lonardi propuso aquella integración se la tachó de utópica, y, probablemente, lo era. Cuando la planteó Frondizi, se la invalidó por oportunista.

 

Oportunismo

 

Aclaremos: es innegable que en el entendimiento con Perón (1958), hubo una cuota de oportunismo: las elecciones se ganan con votos y el candidato de la UCRI necesitaba de los votos peronistas. Pero este acuerdo podría haber clausurado, aunque fuera parcialmente, la tremenda división entre argentinos que había abierto Perón y acentuado luego el gobierno de la Revolución Libertadora. Podría haber conducido a una parte importante del peronismo a una lucha electoral limpia (que jamás había practicado) y al ejercicio de un poder limitado por la ley (que nunca había vivido). Como se sabe, este ideal no pudo concretarse.

 

La desarticulación de las instituciones, había convertido a las Fuerzas Armadas en cerrados custodios del ideario "libertador", léase "gorila"; y, por su parte, el peronismo proscripto se refugió en el movimiento obrero para usarlo como instrumento político.

 

En esos términos, el camino que habría de recorrer Frondizi sería un extenuante desfiladero cuya abrupta clausura, en marzo de 1962, no afectó solamente a él y a su partido, sino al país entero: quiero decir, a la posibilidad de unir a los argentinos en una razonable armonía. Obviamente, nada de esto podía vislumbrarse cuando el 23 de septiembre de 1955, hace justamente medio siglo, Eduardo Lonardi juró su cargo ante una multitud congregada en la Plaza de Mayo, que no era menos numerosa ni menos entusiasta que la que había rodeado las grandes fiestas peronistas. Es que el material de la política se compone de realidades, pero también de utopías y espejismos.

 

Y el acierto de las ideas no depende sólo de que sean adecuadas, sino también -esto lo comprobaron dolorosamente tanto Lonardi como Frondizi-, de que sean lanzadas en el momento oportuno.

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AM

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