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El país entero se convirtió en un gigantesco escenario bélico, 5 de 10

Por Armando Maronese - 29 de Septiembre, 2005, 21:30, Categoría: Peronismo: régimen, caída e historia

Dos días después del levantamiento militar contra Perón, la revolución parecía condenada al fracaso.

 

El pronunciamiento de la fuerte Agrupación Blindada, en Curuzú Cuatiá, Corrientes, que había efectuado el mayor Juan José Montiel Forzano, y a cuyo frente se había puesto el general Pedro Eugenio Aramburu con los coroneles Eduardo Arias Duval y Héctor Solanas Pacheco, había sido sofocado a causa de la reacción de los suboficiales, partidarios del primer mandatario. Y la base naval de Río Santiago, en Buenos Aires, sublevada bajo el mando del almirante Isaac Rojas, con el apoyo casi íntegro de sus jefes y oficiales, tras soportar un intenso ataque por fuerzas aéreas gubernistas y tropas terrestres, fue evacuada para continuar la lucha en las aguas del Plata, antes que ser sometida por el refuerzo de unidades militares contra las cuales carecía esa base de elementos para resistir.

 

Por lo tanto, los integrantes de la Escuela Naval, el Liceo Naval y la Escuela de Capacitación de Oficiales se embarcaron en las unidades de la Escuadra de Ríos para operar en su elemento natural. Los acompañaban el general Juan José Uranga y capitanes de las escuelas superiores de guerra y técnica.

 

Sin embargo, seguía la lucha en otros lugares importantes. En el centro de Córdoba, la Escuela de Artillería, rebelada contra el régimen peronista por el capitán Ramón Eduardo Molina, se había impuesto tras dura pelea a la fuerte Escuela de Infantería, vecina a aquélla. El general Eduardo Lonardi, jefe militar de la revolución, secundado por el coronel Arturo Osorio Arana, contó con la adhesión de la cercana Escuela de Aviación Militar, a cuyo frente quedó el comodoro Julio César Krausse. La capital provincial fue dominada por el general Dalmiro Videla Balaguer, tras haber combatido contra fuerzas gubernistas.

 

Al sur de la provincia de Buenos Aires, la revolución contaba con la gran base naval de Puerto Belgrano y la próxima Base Aeronaval Comandante Espora. Eran sus comandantes, respectivamente, los capitanes de navío Jorge Perren y Arturo H. Rial.

 

El factor preocupante era que en los focos rebeldes de Córdoba y en las bases cercanas a Bahía Blanca no se disponía de fuerzas de infantería capaces de enfrentarse con la abrumadora superioridad que el Comando de Represión dirigía contra ellos. Jugaba en su favor, en cambio, el empleo de aviones de caza y bombardeo para hostigar a las unidades leales que los amenazaban. Pero su acción era meramente retardante.

 

Dos circunstancias produjeron preocupación, tanto en el Gobierno como en los jefes revolucionarios.

 

Por un lado, el Ejército de los Andes, despachado desde Cuyo para unirse en Alta Gracia a las tropas leales que, a órdenes del general Alberto Morello, se habían replegado desde Córdoba, al llegar a San Luis adhirió al movimiento rebelde con la dirección del general Eugenio Arandía; pero en vez de proseguir su marcha para reforzar a Lonardi, retornó a Mendoza, donde se subordinó al general Julio Alberto Lagos. Este quedó allá y sumó también a San Juan al movimiento, aunque sin concurrir en auxilio del núcleo revolucionario en Córdoba. Lonardi, para unir sus escasos elementos, desocupó la Escuela de Artillería y se instaló en la no muy lejana Escuela de Aviación Militar para contar con las pistas de donde decolaban los aparatos de combate y de enlace con Mendoza y con la base aeronaval Espora, en el sur bonaerense.

 

Para dominar la situación, Perón encomendó la tarea a su ministro de Guerra, general Franklin Lucero, que guardó una extraña pasividad, sin utilizar la radio para movilizar a sus partidarios. De uno y de otro bando -y sin desdeñar el aporte de civiles-, se trató de una lucha entre fuerzas militares y de características singulares.

 

No fue, como en otras oportunidades, un golpe de Estado consumado el mismo día de su estallido, como en 1930 y 1943, cuando tropas salidas por la mañana del Colegio Militar o de Campo de Mayo triunfaban sin mayor resistencia y asumía por la tarde otro gobierno. Ahora se libraba una verdadera guerra civil en varios teatros de operaciones, con el empleo de las tres fuerzas armadas. Toda la vasta gama de recursos bélicos fue empeñada en la lucha. Y las jornadas se sucedían sin definición categórica.

 

Este nuevo enfrentamiento era numéricamente favorable al gobierno. Pero la causa revolucionaria contaba con la decidida disposición de triunfar por sobre el superior poderío de sus antagonistas, habiendo previsto Lonardi que sus rivales carecerían de ánimo para sostener una causa desprestigiada por su violación a las normas constitucionales y a las prácticas democráticas.

 

En cuanto a la Marina de Guerra, estaba íntegramente subordinada al almirante Rojas, a la que se le sumó la Flota de Mar, que con sus grandes unidades navegaba hacia el Río de la Plata desde el Golfo Nuevo, con el comando del capitán de navío Agustín P. Lariño.

 

Un detalle relacionado con la subordinación del régimen oficial, fue la denominación del acorazado nave almirante de la flota: era el 17 de octubre, fecha consagrada como Día de la Lealtad Peronista. Rebautizado General Belgrano por Rojas, en desagravio por la quema de la bandera argentina, ordenada por el ministro del Interior, fue hundido por un submarino británico en la Guerra de las Malvinas, en 1982.

 

Si la conjunción de la Flota de Mar con la de Ríos, que se produjo antes del mediodía del 17, aumentó la amenaza sobre la Capital, sujeta a estricto bloqueo, por otra parte convergían sobre los dos focos rebeldes de Córdoba y las bases navales contiguas a Bahía Blanca poderosas agrupaciones militares, superiores en cantidad y armamento a los núcleos revolucionarios.

 

Provistas de cañones, tanques y demás armamento más liviano, desde Salta se movía en ferrocarril contra el eje Escuela Militar de Aviación-ciudad de Córdoba, la V División, con el mando del general Aquiles Moschini, con unidades de Salta, Tucumán, Catamarca, La Rioja y Santiago del Estero. Claro que jefes y oficiales opositores al régimen peronista formaban en ella, pero habían decidido no levantarse contra el comando superior hasta no llegar a destino, para poder sumarse a Lonardi.

 

Desde Santa Fe marchaba una brigada comandada por el general Miguel Angel Iñíguez, compuesta por los regimientos 11 y 12 de infantería y un grupo de artillería. Y por el Sur concurrirían desde Río Cuarto y otras localidades tropas de infantería y cañones, aumentadas por la Escuela de Mecánica del Ejército con tanques de Campo de Mayo.

 

No menos sombrío era el panorama en el Comando Revolucionario del Sur. Desde Neuquén partió la Agrupación de Montaña conducida por el general Jorge Boucherie, con los regimientos 10 y 21 de Infantería, 4 de Caballería, destacamentos de montaña 5 y 7, y de exploración blindada 6, con secciones de ametralladoras y comunicaciones. Del norte de la provincia de Buenos Aires bajaban hacia Bahía Blanca el Regimiento de Zapadores y el 13 de Caballería, a los que se sumaron cerca de la Capital el 3 de Infantería, 1 y 2 de Caballería, y el 3 de Artillería en Azul, a las órdenes del general Eusebio Molinuelo, con unos 10.000 efectivos. A ellos, según el capitán de navío Perren, jefe de la base naval de Puerto Belgrano, podían oponérseles 1.000 infantes de Marina, 500 aprendices de la Escuela de Mecánica, 1.000 conscriptos de marinería y alguna artillería antiaérea. Pero los revolucionarios contaban con 60 aviones de ataque, de los que carecían las fuerzas leales, además de los cañones de las grandes naves.

 

También en Córdoba los revolucionarios disponían de aviación, integrada por los bombarderos pesados Avro Lincoln, que se habían plegado desde San Luis y hasta de Morón; bombarderos livianos Calquin y, sobre todo, tres veloces Gloster Meteor de reacción.

 

Pero se imponía una evidencia: las divisiones que respondían al régimen podían adelantarse en la noche pues los aviones no operaban en la oscuridad.

 

Como contrapartida del poderío bélico de las fuerzas que respondían a Perón, había que considerar un factor de indudable importancia que incidió en el equilibrio de fuerzas: la firme convicción de vencer del bando revolucionario, frente a la poco confiable disposición de sostener al Gobierno que se manifestaba en las filas leales, en las cuales habían ocurrido deserciones, retraso en las operaciones y hasta pronunciamientos aislados que les restaron fuerza.

 

Los combates se sucedieron todo el sábado 17 en el centro y en el Sur. Los rebeldes contuvieron el avance de las tropas gubernamentales. En Córdoba, un violento fuego de artillería y hostigamiento aéreo permanente las mantenían inmovilizadas entre Alta Gracia y Anizacate. El aspecto negativo para los revolucionarios fue que tres aparatos Gloster Meteor ametrallaron sorpresivamente el aeropuerto cordobés de Pajas Blancas y dañaron tres bombarderos, justo cuando los refuerzos del gobierno se acercaban.

 

No era distinta la situación en el sur de Buenos Aires. Las unidades del Ejército que se adelantaban hacia Bahía Blanca eran continuamente atacadas por la aviación naval, mientras febrilmente en Puerto Belgrano se daban los últimos retoques a los buques de guerra provistos de cañones de largo alcance para demorar el asalto final.

 

El domingo 18 fue el día decisivo. Esa mañana, Lonardi mandó celebrar una misa, luego de la cual se cantó el Himno Nacional. Era alto el espíritu.

 

En Córdoba, desde Alta Gracia, el general Morello se mostró dispuesto a someter a la Escuela de Aviación Militar, convertida en el centro de operaciones revolucionario. Desde temprano dos grandes bombarderos atacaron la pista de decolaje, pero dos cazas revolucionarios levantaron vuelo para intimidarlos y alejarlos con sus tiros, sin querer causar la muerte de sus camaradas conocidos. Horas después, las avanzadas de la división del general Moschini se apoderarían del aeropuerto de Pajas Blancas, débilmente defendido, situado apenas a 13 kilómetros de la plaza central de la capital de Córdoba.

 

En esta ciudad, para agravar la situación de las tropas alzadas, el mismo domingo 18 la brigada del general Miguel A. Iñíguez, soportando un intenso y continuo ametrallamiento y bombardeo por parte de aviones salidos de la guarnición revolucionaria y combatiendo sin pausa contra tiradores civiles y elementos militares, tomó posesión de la estación férrea de Alta Córdoba, en plena ciudad, separada de su centro por el río Primero.

 

Tan sólo había podido ser contenido el avance oficialista desde Alta Gracia, merced a las continuas salidas de los aviones dirigidos por el comodoro Krausse y por el incesante fuego de la artillería dispuesto por el general Lonardi y el coronel Osorio Arana.

 

Era indudable que el asalto final, coordinado por el gobierno para el día siguiente, lunes 19, no podría ser contenido. Pero los jefes revolucionarios nombrados, como Videla Balaguer en la ciudad, estaban dispuestos a afrontar la lucha y morir si era preciso.

 

Igual estado de cosas se vivía en el Comando Revolucionario del Sur, que encabezaban Perren y Rial. Pese al incesante vuelo de los aparatos navales de combate para detener el avance de las fuerzas terrestres, éstas se aproximaban a las bases revolucionarias por la provincia de Buenos Aires, porque las provenientes de la Patagonia habían sido inmovilizadas por un bombardeo. En el asalto aéreo de la localidad de Saavedra, en cambio, fue derribado y muerto el oficial de igual grado Eduardo Estivariz, el militar de mayor jerarquía caído en las filas contrarias a Perón.

 

La simultánea voladura de puentes carreteros de acceso y la intensa lluvia caída, demoraban el avance de las unidades gubernamentales, pero no lo paralizaban del todo. Se acercaban desde Saavedra, Pringles y Tres Arroyos, pese a la intensa presión de la aviación naval. Llegaron hasta Tornquist, a 80 kilómetros de Bahía Blanca. El Comando Revolucionario planeó entonces una retirada hacia Río Gallegos.

 

A Lonardi le era indispensable contar con refuerzos, que pidió al general Lagos, que seguía en Mendoza, mediante dos sucesivos enviados. Por otra parte quiso aliviar la presión enemiga sobre Córdoba distrayendo la atención oficialista, para lo cual solicitó a Rojas que produjera una acción importante.

 

La Flota de Mar se dispuso, pues, a accionar en tal sentido, y planeó efectuar una operación que demostrase la determinación de proseguir las acciones hasta el final, con el triunfo de la revolución.

 

El lunes 19 de septiembre, ocurrirían acontecimientos de importancia.

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