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La Revolución Libertadora gestó un peronismo diferente, 1 de 10

Por Armando Maronese - 25 de Septiembre, 2005, 2:25, Categoría: Peronismo: régimen, caída e historia

El antiperonismo de la Revolución Libertadora de 1955, creó un escenario nuevo al exacerbar rasgos que no estaban presentes en el peronismo antes de ese año.


Estudio, investigo y escribo historia y además, tengo unos cuantos años, que me bastan para hacer un balance de la revolución del 16 de septiembre de 1955: sobre sus causas y consecuencias, y sobre las responsabilidades de los actores.


Pero soy también un ciudadano que vivió en su juventud el peronismo y su final y la Revolución Libertadora, y descubro que cincuenta años no me alcanzan para tomar distancia de las fuertes vivencias de entonces, formadas en un hogar de opositores y estudiando el tercer año del secundario en un colegio religioso de los Hermanos Maristas.


Compaginar esos días, frecuentemente en tensión, constituye un desafío para el razonamiento histórico: cómo dominar y dar forma al sentido común espontáneo; cómo procesar las propias vivencias para convertirlas en fuentes testimoniales.


Tras años de lidiar con el tema aprendí una cosa: en buena medida, el peronismo construyó al antiperonismo a su imagen. Creo que para la gente que disintió con Perón no fue muy difícil hacerse antiperonista. Por razones diversas, la primera es casi de piel. El peronismo fue un movimiento democrático y fuertemente democratizador. La acelerada integración social que lo caracterizó produjo irritación, sobre todo en aquellos sectores medios y respetables, obligados a compartir lo que hasta entonces habían creído propio.


Es innegable que esta reacción, de clase y privilegio, es un componente del antiperonismo, como lo fue del antiyrigoyenismo. Pero el peronismo generó oposición, también entre quienes consideraron necesaria y positiva esa democratización, que era la de su tiempo. Sus razones no estaban en la irrupción popular sino en el carácter del movimiento político peronista: un movimiento democrático de tipo plebiscitario, con un fuerte liderazgo personalista, que chocaba fuertemente con la tradición republicana de gobierno. Para quienes creían en ella, no era admisible separar lo "formal" de lo "real".


Sobre todo, el peronismo se presentó como la expresión del pueblo y de la nación, e identificó a sus adversarios como los enemigos del pueblo y de la patria: la "antipatria", la "oligarquía", "escondida en sus madrigueras", en la encendida palabra de Eva Perón. No sólo lo dijo, sino que el régimen peronista acosó y encarceló a sus adversarios, monopolizó la prensa, clausuró el debate público. Encarceló y asesinó bajo la llamada Fundación Eva Perón, que era dirigida por el hermano de ésta, Juan Duarte. Al hacerlo, operó sobre el arco de sus adversarios. Descolocó a quienes querían hacer una oposición racional y constructiva —como los 44 diputados radicales de 1946— y exaltó a los duros, a los facciosos, a aquellos en quienes el resentimiento social potenciaba la oposición política. Quienes creían en la democracia social, o simplemente en la democracia, se quedaron sin alternativas.


Mis vivencias personales, me permiten entender a quienes en septiembre de 1955 se unieron para derrocar a Perón –porque yo también lo deseaba-, su regeneracionismo, su compartida fe en una nueva democracia. Pero hasta ahí. El frente antiperonista comenzó a desgranarse casi de inmediato, aunque no el resentimiento; en algún momento, no recuerdo cuándo, yo también había tomado distancia. Pasó que, los jefes de la Revolución Libertadora, dejaron escapar a Perón (con consentimiento), y éste fugó a bordo del buque de guerra paraguayo. Luego, a medida que fui circulando por la vida, en el trabajo y en el estudio, pude desarrollar otra mirada sobre lo que ocurrió entonces, y sobre todo, después de septiembre de 1955.


Porque la Revolución Libertadora, tan poco revolucionaria en muchos aspectos, lo fue en uno que es esencial: cambió los datos de la realidad, creó un escenario nuevo. Lo que hizo sólo en parte puede explicarse por sus causas; mucho dependió de decisiones nuevas y deliberadas de quienes lograron hacerse del gobierno revolucionario. Dos decisiones de la Revolución Libertadora resultaron decisivas: la proscripción política del peronismo, en noviembre de 1955, y la represión del alzamiento de junio de 1956, cuando el gobierno apeló al fusilamiento público de algunos jefes militares, y al fusilamiento clandestino de un grupo de militantes civiles.


Estoy convencido de que esto fue un error en la historia política argentina. En primer lugar dejar escapar a Perón y en el segundo, en lugar de aplacar la lucha facciosa, que el peronismo había acelerado, la Revolución Libertadora dobló la apuesta y la amplificó. En lugar de restituir la ilusión democrática, en la que habían querido legitimarse, destruyó la posibilidad misma de una democracia creíble. Los fusilamientos significaron un salto cualitativo en el largo proceso de instalación de la violencia en la política en la Argentina, y sobre todo, de esa forma particular consistente en la eliminación física del enemigo, pero no de Perón ya que lo dejaron ir.


Todo ello tuvo consecuencias profundas. De una manera dramáticamente simétrica con lo ocurrido antes de 1955, el antiperonismo gobernante construyó el nuevo peronismo, con su nueva ilusión, su grandeza y sus miserias. Transformó un movimiento que, en 1955, parecía ya falto de fibra, desflecado, burocratizado —apenas una maquinaria estatal para generar consenso—, en un movimiento recentrado en su base obrera, fuerte en la adversidad y movido por una poderosa ilusión, que de manera simple y contundente condensaba muchas aspiraciones diversas: la vuelta de Perón. Posiblemente también transformó a un presidente un poco desinteresado y decadente en un envigorizado líder tercermundista.


Perón hizo mucho desde el exilio para dar forma y unidad a un movimiento fundado en la común exclusión. Pero fue la Revolución Liberadora, con aquellas decisiones trascendentes, la que posibilitó este nuevo peronismo. Lo posibilitó al dejar escapar a Perón sin haberlo juzgado públicamente y condenado por todos sus crímenes.


Fue el peronismo de Vandor, de los sindicatos vigorosos y las burocracias negociadoras y gangsteriles. Fue el peronismo de la resistencia, de los "caños" y de la "JP". Fue el peronismo de Firmenich, la manipulación de los peronistas, de su discurso y de sus ilusiones. Y hasta fue el peronismo de López Rega, impulsor de la represión clandestina y fundador de la temible y tétrica asesina "triple A". Fueron otros muchos peronismos. Igualmente, ninguno decente, por lo que se ha visto hasta el día de la fecha.

Ninguno de ellos pesaba demasiado en 1955. Todos ellos estaban dominados, en las medidas de la Revolución Libertadora. Junto con las ilusiones democráticas de sus hombres, esas decisiones, tan trascendentes, son parte necesaria de un balance que, como ocurre siempre con los balances históricos, tiene muchos más grises que blancos o negros definidos.

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