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Ante una brutal división del peronismo

Por Armando Maronese - 15 de Septiembre, 2005, 1:53, Categoría: Opinión

El mundo es más inseguro de lo que era desde la tragedia de Londres. La Argentina política, ensimismada en sus aldeanas rencillas, es menos tolerante de lo que era desde que Kirchner y Duhalde decidieron romper entre ellos; sólo un milagro podría suturar ahora esa herida. ¿Qué relación hay entre una cosa y la otra? La más evidente de todas: el país está dentro de un mundo oscuro y atemorizado, pero actúa como si estuviera fuera de él.

Kirchner gusta decir que acaba de inaugurar una corriente de centroizquierda, que reemplazaría al viejo peronismo. Espera la aparición de una alianza de centroderecha para enterrar definitivamente al antiguo sistema de partidos políticos. La idea no deja de cautivar a los que nunca se explicaron la razón por la que el peronismo y el radicalismo albergan todos los matices de la izquierda y de la derecha. El problema irresuelto es que no hay un puente capaz de unir el antiguo régimen con el que todavía no nació. Sólo destella una furiosa pelea política frente a una sociedad aún magullada por la demoledora crisis reciente.

Otro conflicto radica en que es difícil percibir lo nuevo. ¿O lo nuevo es el piquetero Luis D´Elía, como él mismo se ufana? Al fin y al cabo, Duhalde era un aliado ideológico de Kirchner en las columnas esenciales de cualquier gobierno: la política económica y la política exterior. Lavagna comenzó con Duhalde y éste ha estado, muchas veces, a la izquierda de Kirchner en política exterior.

En cambio, muchos gobernadores que acompañaron a Kirchner en La Plata, como el cordobés De la Sota, cultivan ideas distintas de las del Presidente. Otros, como el formoseño Insfrán, fomentan en sus provincias peores prácticas políticas que Duhalde.

Digan lo que digan, esa ruptura no está empujada por las ideas; es, directamente, una lucha sin cuartel por el poder en la provincia de Buenos Aires. Cristina Kirchner (o Cristina Fernández, como aclaró para mostrar que no le debe nada a nadie), sepultó cualquier posibilidad de acuerdo futuro con el duhaldismo cuando lo vinculó con métodos mafiosos. Duhalde no perdona esas referencias. Dicen que se mostró desolado por el nivel de la agresión y pesimista por el decurso de la política.

Hay siempre una llamativa coincidencia entre los intereses del Gobierno y la acción de piqueteros; ahora le tocó a Duhalde. El presidente de los diputados, Eduardo Camaño, le reprochó a Alberto Fernández todo ese clima en una volcánica conversación telefónica. Así no se empieza una campaña electoral; en todo caso, así se la termina, lo increpó.

La política es, a veces, demasiado brutal. ¿Qué hacían los gobernadores en el acto de lanzamiento de una candidatura distrital? ¿Podría imaginarse sus presencias en el caso de que el candidato hubiera sido alguien menos cercano al Presidente? En verdad: no lo hubiesen mirado ni por televisión. Muchos de esos gobernadores hablaron antes con Duhalde para explicarle que, para infelicidad de ellos, la crucial chequera del gobierno central está en manos de Kirchner.

El mismo argumento usaron cuando desfilaban por Olivos para reunirse pomposamente con Menem, en las épocas de crispación de éste con Duhalde. La misma explicación le dieron a Menem cuando rodeaban a Duhalde durante la presidencia de éste. La lealtad de ellos no es más importante ni más larga que la indudable ventaja.

Lavagna estaba comprometido con el viaje más oportuno de su vida. China estará inscripta en su corazón de ahora en más. No quiere obligarse él -ni obligar a la economía-, a optar entre Kirchner o Duhalde. El Presidente lo conoce. El ministro espera que ninguno de los dos lo ponga en el brete de tener que elegir entre ellos, dijeron sus amigos, cuando ya Lavagna retozaba en un avión bueno y puntual.

Daniel Scioli estaba en el Uruguay hospitalario y comprensivo. El vicepresidente nunca cortó sus diálogos con Duhalde, al que le debe la última parte de su carrera política. Apoyará la estrategia electoral del Presidente..., con su estilo, dijeron a su lado. Esto es: no hará de Duhalde un odiado enemigo.

¿Era necesario empujar ya mismo a Díaz Bancalari de su cargo de jefe del bloque de diputados peronistas? Faltan todavía las elecciones de octubre y su mandato vencerá en diciembre. ¿Por qué no esperaron hasta entonces para dirimir la cuestión con los resultados electorales en la mano? En la Argentina ingrata de estas horas, la fidelidad o la traición se premian o se castigan con juicios sumarios.

Nadie sabe, incluso, por qué Duhalde apuró la ruptura. Hasta había acordado los candidatos provinciales (lo más cardinal para él), cuando se descolgó con nuevas pretensiones sobre las candidaturas nacionales. Es cierto que lo terminó de enfurecer el trascendido textual, casi una grabación, de su última conversación con Alberto Fernández, que se publicó en todos los diarios. La política -o su política-, tiene otras reglas.

Menos mal que los aturdidos gobernantes argentinos, se dieron tiempo para reaccionar por la catástrofe terrorista en Londres. Fueron rápidos, pero superficiales. Podrían reflexionar también sobre la conveniencia de seguir con una línea que siempre resultó pésima: malvinizar al extremo la relación con el gobierno británico.

El país no debe olvidar su reclamo de soberanía de las islas, pero ése no puede ser, después de la invasión, el comienzo de ningún diálogo con Londres. Podría ser, con el tiempo, el resultado de otros diálogos y de otros acuerdos.

Kirchner tuvo en Blair al primer amigo extranjero. Lo invitó a su país no bien asumió el entonces frágil presidente argentino; lo paseó por un escenario de notables líderes internacionales y le permitió pisar Europa por primera vez en su vida. Todo eso sucedió quince días después de que Kirchner accediera al poder.

Hay temas actuales y esenciales para la Argentina que podrían tratarse con los británicos. Blair lidera la corriente europea que aspira a desmontar el monumental presupuesto de subsidios agrícolas, que afectan seriamente a las exportaciones argentinas. ¿No es eso lo que la Argentina viene pidiendo en el exterior?

El líder de la otra vertiente europea es el presidente francés, Jacques Chirac, pero también con él los funcionarios argentinos quedaron muy mal. La francesa Suez, concesionaria de Aguas Argentinas, se va de la Argentina, cansada del indeciso y constante minué de la administración kirchnerista.

La guerra con Gran Bretaña fue una regresión para todas las posiciones nacionales por las islas en el confín del Sur. La invasión, en el otoño austral de 1982, fue una mala solución para un problema que no era ése. Era otro: la urgencia de la dictadura por buscar una fórmula de continuidad cuando ya estaba débil.

Pero tales cavilaciones son impenetrables para un gobierno en campaña, con varios funcionarios como candidatos y con el Presidente en el juego que más le gusta: a matar o morir. ¿Cómo seguirá la campaña si empezó con semejante voltaje? Los políticos deberían frenar un poco, al menos, la excitación.

Conviene no seguir usando los términos de la medicina para resolver la política. Ya lo ha hecho el Presidente para definir al periodismo, al que le diagnosticó, sucesivamente, nerviosismo, excitación, histeria y esquizofrenia. En apenas dos días le arrojó en la cara casi todo el vademécum de las dolencias psiquiátricas. Todos sabemos, que hay periodismo bueno y periodismo malo o amarillo. Pero también todos sabemos, que un presidente inteligente tiene que jugar mejor sus fichas en el tablero y como cosa muy importante, saber dominar su lenguaje. Silencio.

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