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El cambio o el orden: un falso dilema

Por Armando Maronese - 14 de Septiembre, 2005, 2:04, Categoría: Opinión

Los que ocupan las plazas, convirtiéndolas en basurales sin eximir siquiera a la augusta Plaza de Mayo; los que cortan las calles y las rutas, incomunicando a millones de pacíficos transeúntes; los que paralizan el principal hospital pediátrico del país, con riesgo para la salud de miles de niños, necesitan justificarse de algún modo.

 

¿Cómo lo hacen? Apelando a uno de los conceptos más poderosos de la historia. Sostienen, en efecto, que van a cambiar a la sociedad. Los agitadores sostienen, y quizá creen, que están promoviendo el cambio.

 

¿Qué debería hacer el Gobierno frente a ellos? ¿Contenerlos, apelando al concepto de la ley y el orden? Pero tanto el Gobierno, como los piqueteros y los huelguistas movilizados, coinciden en creer que la invocación al orden es represora y reaccionaria porque se opone al cambio. Por eso, el Gobierno se siente inhibido en la tarea de restaurar el orden. Siendo "progresista" por definición, al igual que los agitadores, también él defiende el cambio y resiste la invocación al orden.

 

Su diferencia con los piqueteros y los huelguistas, entonces, ¿es sólo instrumental? ¿Cómo podría reprimir el Gobierno a los agitadores, en nombre de un matiz "instrumental"? Proviniendo como proviene de la misma matriz ideológica, que los que ocupan plazas, calles y hospitales, teme que, si les aplica la ley en nombre del orden, lo llamarán "traidor".

 

Así las cosas, los agitadores se encuentran no sólo con la "neutralidad", sino también con el "apoyo" de la policía, que obedece las instrucciones del Gobierno, ya que ésta corta preventivamente las calles para que aquéllos puedan desplazarse con impunidad. Es el mundo al revés. Los agitadores están protegidos. Sus víctimas, huérfanas.

 

¿Por qué ha llegado la Argentina a esta situación única entre las naciones civilizadas, donde la manera más segura de obtener el auxilio de las fuerzas de la ley es vulnerarla, y la manera más segura de ser discriminado por las fuerzas de la ley es invocarla? Ha llegado a esta única situación por una razón tan sutil como catastrófica: una confusión de conceptos.

 

¿Enemigos o aliados?

 

Desde un gimnasio, dos deportistas se disponen a atravesar la ciudad. Uno de ellos empieza a caminar serenamente por las veredas y las sendas admitidas, respetando las luces del tránsito. El otro es tan impaciente que se pone a correr desde el lugar donde está: una de las cintas del gimnasio. Al cabo de unas horas, el caminante nota que se está acercando lentamente a su objetivo. El corredor advierte, por su parte, que ha dado salida a su excitación, pero que sigue en el mismo lugar. Lo habían convencido de que, como el orden es opuesto al cambio, las luces de la ciudad lo detendrían.

 

En este ejemplo no juegan dos, sino tres conceptos. Uno es el cambio: desplazarse de uno a otro extremo de la ciudad. El otro es el orden: hacerlo dentro de los carriles establecidos. El tercero, que confunde la relación entre los otros dos, es la agitación. El caminante del ejemplo cambia. El corredor se agita.

 

¿Cuál es el país que más ha cambiado en los últimos tiempos, hasta convertirse en la más rica y poderosa de las naciones? ¿Los Estados Unidos de Norte América? Quien sólo se fijara en su ordenamiento constitucional, sin embargo, la llamaría una nación "conservadora", porque se dio su primera y única Constitución en 1787 y porque, desde entonces, todos sus presidentes se sucedieron cada cuatro años.

 

¿Cuál es, por otra parte, la región del mundo que ya ha sido sobrepasada por Asia y que queda cada vez más lejos de Europa en el mundo actual? ¿América latina? Pero ¿conoce acaso el lector otra región donde haya habido más revoluciones, golpes de Estado y caudillos providenciales? Mientras los Estados Unidos y las demás naciones de Europa y Asia caminaron hacia el otro extremo de la ciudad, y algunas miran ahora sus convulsiones anteriores como un mal recuerdo del pasado, nadie se ha agitado tanto como los latinoamericanos. Ninguna otra región ha corrido más que nosotros. Eso sí: sobre la cinta, donde se confunde "el cambio" con "la agitación".

 

Es falso el dilema que plantean nuestras diversas variaciones del progresismo, entre los valores del "orden" y del "cambio". El cambio significa, hoy, el paso de una sociedad subdesarrollada colmada de pobres, a una sociedad desarrollada donde ya no los hay. Mientras nuestro país y nuestra región persistan en algo tan sutil como la confusión de conceptos que opone el orden al cambio, la distancia entre los países desarrollados y los países latinoamericanos no cesará de aumentar.

 

Sólo nos queda la solitaria excepción de Chile, que acaba de completar en silencio, sin ruidos en las calles y en las plazas, lo que sería para nosotros un auténtico cambio: el acuerdo prácticamente unánime entre sus partidos políticos (150 votos contra 3 en el Congreso), para superar las normas constitucionales antidemocráticas que les había dejado Pinochet, que habían conservado nada menos que quince años, precisamente para evitar la agitación.

 

Los conservadores del orden son los parteros del cambio. Los agitadores lo matan al nacer. Mientras dure la confusión de los conceptos, tendrán a su favor el sofisma según el cual los cultores del orden son fascistas. Pero los fascistas son aquellos que falsifican el orden democrático para resistir el cambio, para bloquearlo en dirección de la autocracia. Ellos y los agitadores son aliados, aunque no lo sepan, porque siguen sin reconocer que, si el orden sin cambio es la paz de los cementerios, el cambio sin orden es una embriagadora ilusión juvenil.

 

Dura es la ley

 

¿Que resguardar la ley contra los revoltosos es una tarea antipática? ¿Que es lógico que el Gobierno evite como el peor de los males, un incidente como el que acortó la vida de la presidencia Duhalde? Pero el Gobierno debe comprender también que, al infringir la ley que lo obliga a recuperar la soberanía del Estado sobre el espacio público para evitar una imagen de dureza, se está convirtiendo en el rehén de los revoltosos.

 

Acabamos de ver cómo un gobierno democrático, el de Sharon, en Israel, ha prevalecido sobre los colonos israelíes que se oponían por la fuerza a la entrega de la Franja de Gaza a los palestinos. Lo ha hecho nada menos que contra sus hermanos y a favor de sus enemigos. Pero ha cumplido la dura ley. Una ley que abre la esperanza de paz en Medio Oriente.

 

Quien defiende el orden democrático con medidas enérgicas, aunque prudentes, abre el camino de la paz, la que Santo Tomás definió como "la tranquilidad de un orden". Dentro del orden democrático, millones de caminantes marchan serenos, cada uno hacia el destino que él mismo se ha fijado. Dentro del desorden, al contrario, se desvanece la democracia. Quienes apelan al desorden son los aliados objetivos de la autocracia, que pretende restaurar el orden como sea, aunque sea sin democracia.

 

John Rawls, a quien nadie podría acusar de derechista, habla de continuo sobre "las sociedades bien ordenadas", con consenso y en democracia. Hoy, la Argentina es una sociedad desordenada. Si sigue así, tendrá agitaciones sin cuento, pero no obtendrá el cambio. La Argentina, sin embargo, dará de sí no bien consigamos reconciliar en nuestras mentes los conceptos del orden y el cambio, que se necesitan uno al otro como la tierra y el agua.

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