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Hiroshima, Nagasaki, el odio y la locura

Por Armando Maronese - 12 de Septiembre, 2005, 2:29, Categoría: EE.UU. y sus acciones

Este mes de agosto de 2005, recordamos el ataque atómico a Hiroshima, hace sesenta años. Me entero por la prensa de que una medición de Gallup indica que hoy el 73% de los adultos varones norteamericanos justifica dicho ataque. Me deja pensando.

 

Pero Hiroshima fue un genocidio, gratuito, inexplicable. Por si hubiera quedado alguna duda, tuvo pocos días después la rúbrica de Nagasaki, más incomprensible aún, si cabe.

Nadie, entonces, hubiera dudado que quien tuviera primero la bomba iba a usarla para terminar y ganar la guerra. Hitler perdió la oportunidad; Estados Unidos la tuvo y debía utilizarla. Y esto último es mi única coincidencia con el 73% de los varones adultos norteamericanos. Sólo ésta. Porque nadie debería tampoco dudar de que, con una pérdida enormemente inferior de vidas humanas, podría haberse demostrado lo mismo: la inmensa capacidad destructiva del invento. Ningún pueblo o gobierno se hubiera resistido a esa evidencia. Y menos uno que, como Japón, estaba ya perdiendo la guerra.

 

¿Por qué, entonces? No me convencen las precarias razones de los estadistas y de los estrategos, sobre todo de los que triunfaron; porque está claro que necesitan no sólo convencerme, sino, sobre todo, convencerse. En lo que llevo de vida, la civilización occidental y cristiana ha producido los tres mayores genocidios; tres a cargo de Estados Unidos y uno, de Alemania: Hiroshima, Nagasaki y Vietnam, y el Holocausto nazi. Muy diferentes, por cierto, en muchos aspectos, pero con una raíz común: la locura.

 

Debo explicarme: en el comienzo de toda agresión, de toda violencia individual o colectiva, y más allá de cualquier consideración moral, existe siempre un motivo inteligible. "La sangre tiene razones que hacen engordar las venas", recita Atahualpa Yupanqui, un cantor folklorista argentino. Y es frecuente que lo que sigue a ese primer paso, quede dentro de los límites de la penuria impuesta por esta pobre capacidad nuestra de resolver razonablemente los conflictos. Aquel motivo inicial sostiene, como el rapto de Helena en la Ilíada, la continuidad y la profundización de la violencia; se alimenta y engorda con basura psicológica racionalizadora, con los mitos inconscientes -laicos o religiosos- de los individuos y de los pueblos.

 

Innumerables circunstancias, harán que el crescendo alcance un techo y, bien o mal, se resuelva, como había sucedido con infinitas guerras y conflictos. O no habrá techo, y entonces el proceso se desbordará, motorizado por la compulsión del odio o la fuerza incomparable de la locura. Ya todo tendrá poco o nada que ver con la utilidad buscada, con el motivo germinal, incluso, aunque lo cumpla: la voluntad sólo se gratifica, entonces, con la propia desmesura de lo que acomete. Así, en lo menudo y cotidiano se engendra el crimen alevoso; así, en escenario mayor, nace el genocidio.

 

Recorriendo los hermosos caminos pacíficos de Yugoslavia, en los tiempos disciplinados por el mariscal Tito, pocos habrían quizás intuido las cisternas de odio enterradas bajo esa superficie calma. Años después, nos horrorizó su estallido. Cuesta reconocerlo, pero el odio es más fuerte y perdurable que el amor y la razón, más inexpugnable; se basta a sí mismo, no duda, y le otorga un sentido absoluto y acrítico a la vida y a la muerte. Tiene el vigor de los atributos más primitivos de la especie, cualquiera que fuere el ropaje con que lo disimule la civilización.

 

Esto no es novedad en la sociedad humana; basta leer a los griegos clásicos para entenderlo. Lo que sí es novedad en la sociedad humana, es la tecnología y su efecto ambivalente, y quién, cómo y para qué la utiliza. La humanidad enterró en Hiroshima y Nagasaki la utopía del progreso indefinido, sustentado en el avance científico tecnológico. Conoció la otra cara de Jano.

 

Luego, la Guerra Fría se construyó sobre el axioma demente de que la única garantía de paz era que se armaran cada vez más los gladiadores que ostentaban el monopolio destructivo. Nadie pensó en desarmar la creciente peligrosidad de la agresión humana. Hoy ya es tarde. La amenaza no viene de otro continente; no está en las fronteras ni surge necesariamente de países extraños: la amenaza puede estar a la vuelta de la esquina. Y las armas tremendas que algunos pueden usar contra mí, no me sirven para neutralizarlos, con lo que los que aparecen como fuertes están en realidad muy débiles.

 

Hoy, el odio y la locura organizados cambian la escala y la estrategia. Operan como minoristas de la violencia. Atomizados, se filtran en los poros de la sociedad. Son imprevisibles.

 

Los responsables de las decisiones mayores deberán comprender, tarde o temprano, que contra esto no se puede luchar con las armas. Las únicas que sirven son -casi me sonroja la ingenuidad de decirlo así-, la ética social y la política. Nada más funcional a Ben Laden que el desatino de la invasión a Irak y la intransigencia de los halcones israelíes frente a Palestina. Pero el fundamentalismo islámico es sólo la principal expresión de los nuevos tiempos. Podrá haber otros, que incluso dialécticamente induzcan a los mayoristas de la violencia a perpetrar genocidio.

 

Lo único que se puede hacer con esta locura y el odio organizados, es desmentir su motivo original, su fuerza impulsora, y aislarlos -por el camino de la justicia-, de la inmensa mayoría de los seres humanos de cualquier raza, cultura y riqueza, que no tienen espontáneamente vocación de alimentarlos. Lo único, en definitiva, que se puede hacer, es vaciarlos de sentido, matarlos de hambre.

 

Si no se logra -la especie es muy insuficiente-, recordaremos a Esquilo: "Dura es esta guerra, y su única esperanza es desesperar".

 

O bien, contrariamente, si se logra, habremos recordado que "sólo el temor hizo del hombre un animal domesticable", en palabras de Fernández Flores, y la dura pedagogía de la realidad y el miedo al futuro nos habrán enseñado, más que muchas invocaciones morales, a atender mejor a la justicia en el mundo y en cada sociedad.

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