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Nueva Orleáns, entre la corrupción y las brujas

Por Armando Maronese - 4 de Septiembre, 2005, 20:41, Categoría: Opinión

William Faulkner, la llamó "la ciudad donde la imaginación toma precedencia sobre los hechos". Y lo cierto es que la historia de Nueva Orleáns siempre estuvo entretejida de ficción y realidad, poblada de leyendas sobre casas embrujadas, cementerios habitados por fantasmas, escándalos amorosos, vudú, corrupción y conspiraciones políticas.


Los locales la llaman "The Big Easy" (el gran relajo), un eufemismo inventado en los 70 y generalmente atribuido a Betty Guillaud, una columnista del diario Times Picayune, quien proclamó que si Nueva York era "la gran manzana", Nueva Orleáns era "el gran relajo".


Allí nacieron el jazz y Louis Armstrong, la cocina creole y el aderezo cajún, el Mardi Gras y algunas de las obras literarias y dramáticas más originales del siglo XX. Allí situó Roman Polanski la sórdida historia de su película "Barrio chino" y allí se tejió la conspiración que culminó con el asesinato del presidente John F. Kennedy.


Hoy, el 80% de esa ciudad extraordinaria está sumergida bajo las aguas, en una de las catástrofes naturales más espantosas de la historia norteamericana. Es necesario remontarse al terremoto de San Francisco, en 1906, para encontrar una tragedia parecida.

Tal vez, la levedad con que Nueva Orleáns siempre vivió, tuvo que ver con el hecho de saberse una ciudad columpiándose al borde del abismo. Recostada sobre la boca del río Mississippi, la ciudad se levantó sobre un terreno que, a diferencia del resto del rocoso suelo continental, es un extenso colchón de pantanos que se funden en el Golfo de México.

La mayor parte de la ciudad se encuentra debajo del nivel del mar, protegida por una línea de diques y un sistema de bombas, canales y exclusas cuya misión es la de evitar que las aguas del Mississippi y del lago Pontchartrain la aneguen al primer chaparrón.


Los balcones y el tranvía


Los franceses, quienes reconocieron la vulnerabilidad de la ciudad desde que se establecieron, en 1718, construyeron la zona residencial, que más tarde se dio en llamar el Vieux Carré, sobre el terreno más elevado. De allí que el barrio francés, con sus típicos balcones de hierro forjado, haya salido ileso.


En una de estas casas, escribió Faulkner su novela "La paga del soldado" y en uno de estos balcones, solía acodarse Tennessee Williams para ver pasar todos los días al tranvía llamado "Deseo". El tranvía pertenecía a la Desire Line (Línea Deseo), así llamada porque pasaba por una sección de la ciudad que lleva ese nombre.


Tal vez debido a su intensa mezcla étnica, o porque se alzaba a la boca de un río que recorre buena parte del territorio norteamericano, Nueva Orleáns siempre fue una ciudad permisiva. De hecho, el jazz nació en Storyville, que era el distrito prostibulario del Vieux Carré y cuando los prostíbulos cerraron por un decreto de 1917, los músicos emprendieron el éxodo a Chicago.


Por un período, en la década del 80, pareció que la ciudad se ponía seria cuando la explotación del petróleo y el gas, dieron como resultado una bonanza económica. Pero cuando, a mediados de los 80, la burbuja estalló, Nueva Orleáns se refugió en aquello que mejor hacía: el juego.


En 1991, el gobierno aprobó la operación de 15 casinos fluviales y al año siguiente, el de un casino terrestre. Todos ellos, con sus revestimientos dorados y cortinados de terciopelo, yacen ahora en despojos.


Hoy, la ciudad del "gran relajo" es una jungla medieval, donde los cadáveres flotan entre las calles anegadas y las bandas de facinerosos se dedican al pillaje y la violación.


La gigantesca operación de socorro, se mueve con la lentitud de un paquidermo, insuficiente para atender la desesperación de los atrapados en este infierno.


Nadie sabe cómo será la ciudad que emergerá de las aguas, de las toneladas de barro, escombros y muerte. Eventualmente, Nueva Orleáns habrá de recobrarse. Las ciudades siempre se recobran. Se recobraron Berlín e Hiroshima; se recuperaron Beirut y Varsovia.

Pero el espíritu de Nueva Orleáns no habrá de reconstituirse tan rápidamente. Además del huracán, la ciudad ha sido devastada por la inoperancia del gobierno federal, por la falta de planeamiento, por la desviación de recursos económicos y militares hacia Irak.


En medio del hambre, la carencia, la desesperación y el abandono, la población ha visto emerger el rostro de lo peor de la condición humana y ha vuelto a comprobar, penosamente, que a la hora del reparto, el color de la piel es el gran tamiz.

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