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La revolución blanca

Por Armando Maronese - 26 de Agosto, 2005, 2:58, Categoría: Opinión

Cuando nos aseguran que en el mundo actual hay 600 millones de personas mayores de sesenta años, pero que en 2050 habrá 2.000 millones; cuando nos dicen que en tres generaciones tendrá lugar una revolución demográfica -llamada "blanca" en obvia alusión al color del pelo- que, por primera vez en la historia de la humanidad, invertirá la proporción de jóvenes y viejos, esas cifras y esas previsiones nos producen una perplejidad en cierto modo abstracta.   

Pero cuando nos afirman que, dentro de no mucho, en la Argentina, una de cuatro personas será anciana -vale decir, contará más de sesenta abriles-, visualizamos la información con una estupefacción concreta.

Por dos motivos: porque en nuestro país, según Daniel Eugenio Magliocco, director general de Tercera Edad, del gobierno de la ciudad de Buenos Aires, se considera viejo al que roza la línea amarilla de las seis décadas (cosa que, para ser sincero, hasta ahora nunca se me había ocurrido), y porque imaginar a ese cuarteto no tan futuro, uno de cuyos integrantes inexorablemente peinará canas, nos coloca ante una realidad difícil de esquivar.

Una de las falsas ideas que en la conversación con el doctor Magliocco se vino abajo, es la de que el envejecimiento de la población, está directamente relacionado con la riqueza de un país. Según suele decirse, en el mundo desarrollado la gente vive más porque se alimenta mejor y goza de excelente atención médica. Sin embargo, varios países de América latina no particularmente afortunados, entre otros, el nuestro, se inscriben dentro de ese proceso mundial de envejecimiento.

La cantidad de octogenarios y nonagenarios aumenta a la velocidad del rayo, tanto entre nosotros como en Chile o Uruguay. Con la diferencia de que un anciano francés que se retire a los sesenta años con una jugosa jubilación, tendrá que arreglárselas para vivir sus próximos veinte o treinta años en buenas condiciones anímicas, mientras que a gran parte de sus contemporáneos argentinos los ánimos deberán alcanzarles para inventarse dos cosas: una razón para vivir y una ración de algo que llevarse a la boca.

El equipo de profesionales que rodea al doctor Magliocco parte de un doble rechazo. Por una parte, se opone a la teoría de la fatalidad biológica -dado que la vejez es también un hecho cultural- y, por otra, a la "teoría del desapego", según la cual el anciano se repliega en sí mismo para prepararse para bien morir. A este supuestamente beneficioso desprendimiento le contraponen la "teoría de la actividad", para la cual prepararse para morir no implica sumirse en el aislamiento, ni verse a sí mismo como una réplica opacada de lo que se ha sido. A partir de los sesenta años, consideran, lo que comienza no es la cuenta regresiva, sino un tiempo distinto.

¿Qué es envejecer? Aunque el reloj biológico no sea el mismo para todos (y, si no, recuérdese el traumatismo de esas aterradoras reuniones de ex compañeros del liceo, al ver avanzar con los brazos abiertos a una ancianita "flaca, fané y descangallada", que supo ser la confidente de nuestros primeros amores), existen rasgos generales que la nada cariñosa Simone de Beauvoir, en su libro "La vejez", parece regodearse en describir: El pelo se blanquea y ralea, no se sabe por qué (...); el vello también encanece, mientras que en ciertos lugares -por ejemplo, en el mentón de las ancianas-, empieza a proliferar.

Por deshidratación y como consecuencia de la pérdida de elasticidad del tejido dérmico subyacente, la piel se arruga. La pérdida de los dientes entraña un achicamiento de la parte inferior del rostro, de modo que la nariz -que se alarga verticalmente a causa de la atrofia de los tejidos elásticos- se acerca al mentón. (...) El labio superior se afina; el lóbulo de la oreja crece. Lo único que falta en el retrato, es la joroba y el lunar con pelo del estereotipo medieval.

Estas comprobaciones de Beauvoir, en principio objetivas, pretendieron en su momento (finales de los años 60), denunciar las condiciones de vida de la vejez francesa. Desde ese punto de vista siguen siendo loables, aunque dichas condiciones hayan cambiado radicalmente en el aspecto material.

La conclusión del libro resulta inobjetable: "para que la vejez no sea una parodia ridícula de nuestra existencia anterior hay que perseguir los fines que den un sentido a nuestra vida, y conservar a una edad avanzada, pasiones lo bastante fuertes como para que nos eviten volvernos sobre nosotros mismos". Pero esas posibilidades -agrega-, sólo son concedidas a un puñado de privilegiados, y no a los "explotados", para quienes la sociedad tiene la obligación de "cambiar la vida". Sin embargo, aparte de limitar la buena vejez a esos pocos privilegiados, el análisis de Beauvoir, relacionado con los últimos años de grandes escritores o científicos que conservaron su creatividad y sus "pasiones fuertes", contradice la conclusión.

El libro es una galería de horrores que revela, por parte de la autora, una fuerte carga negativa en relación con la vejez. Si pintó la de su compañero Jean-Paul Sartre con tintas sombrías y rasgos caricaturescos, la suya propia tampoco pareció inspirarle sentimientos más dulces.

Otra escritora francesa, parecía aguardar en el sitio más inesperado de la Tierra -el despacho del licenciado Diego Castagnaro, director del complejo de hogares de ancianos Martín Rodríguez y Viamonte, en Ituzaingó-, para proporcionar una versión de la vejez, a mi entender, mucho más atinada, no como un estado único sino como un conjunto de instantes. Sobre la pared se veía una foto de Marguerite Yourcenar, acompañada por las siguientes frases: "Nunca creí que la edad fuera un criterio. No me sentí particularmente joven hace cincuenta años (...). Mi edad cambia de hora en hora. En los momentos de cansancio tengo diez siglos, en los de trabajo, cuarenta años. En el jardín, con el perro, tengo la impresión de tener cuatro años".

El hogar Martín Rodríguez y el Viamonte, sólo se diferencian en que el primero está destinado a personas mayores que se valen por sí mismas, mientras que el segundo requiere más personal para ayudar a los ancianos dependientes. Por lo demás, los dos están situados en un parque de 40 hectáreas que perteneció a los Álzaga y a los Alvear, y en los dos reina una atmósfera que cabe calificar con un adjetivo casi olvidado: humana.

Granja con gallinas, conejos, gansos y hasta faisanes; perros y gatos que dan vueltas por el parque o marchan en fila india detrás de una robusta matrona que los llama "los chicos"; habitaciones de tres camas, para mujeres, llenas de muñequitos de paño lenci, donde toman mate risueñas señoras que besan al director y a la visitante con distendida familiaridad.

En la zona de "dependientes", una dama de 93 años nos asegura que sigue bailando el chamamé y otra retiene a Castagnaro para contarle un chiste. Las carcajadas que lo corean desnudan encías peladas, pero exentas de toda sordidez: la falta de dientes no inhibe aquella simpatía de la que tanto carecía el retrato de Beauvoir. Algo más alejada, otra señora de dentadura incompleta lee concentradamente "El triángulo de las Bermudas" que ha sacado de la biblioteca. Estacionado en el corredor, se ve el motociclo de "la Rulito", una inválida que viene al hogar día tras día, desde hace años, para trabajar como voluntaria desde su silla de ruedas.

Unos quince residentes se han reunido en el taller. La primera que se precipita a abrazarnos es "la Potra", linda morochita con cara de nena que hace artesanía con caracoles y baila murga. Se crió en un asilo y está alojada en este otro desde quién sabe cuándo, pero sostiene que vive en el presente sin mirar hacia atrás. "Hay que darle fuerza a la vida", dice, mirando a un hombre que llora sin parar. "Lo que pasa es que él es muy sensible", agrega, y disculpa a su vecino palmeándole la espalda.

Figuran entre los presentes una médica, un actor que trabajó con Alejandra Boero y Milagros de la Vega; un cantante (barítono bajo), una perito mercantil, un deportista, un ajedrecista, una modista que solicita máquinas de coser para confeccionar sus modelos.

Casi todos pintan siguiendo las instrucciones de un artista nato que se enorgullece de no haber estudiado, pero que los guía, se ocupa del cineclub, escribe y trata de publicar sus textos y los de sus compañeros. Otro que no ha estudiado, pero que se anima "de puro corajudo", es el responsable de la radio interna, famoso por sus reportajes filosos y sus intervenciones en el Congreso de Gerontología del hotel Plaza. El proyecto Manos a la Obra, que incluye la confección de dulces o de zapatos; el concurso artístico Interpretación de la Primavera; el contacto con chicos de colegios y jardines de infantes; o los "bailongos" que tienen lugar varias veces por semana, son algunas de las maneras inventadas por este grupo de personas para no tomarse la edad demasiado en serio, al menos en su forma pesadamente ineluctable.

Los orígenes de los habitantes son tan variados como sus reacciones. Según el director, algunos, engañados por sus familias, nunca se adaptan al hogar. Prefieren hacer recaer en la institución, la culpa de lo que viven como un terrible abandono, justificando a sus hijos para no perderlos por completo. Otros han sido linyeras toda la vida y no aceptan dormir en una cama porque jamás lo han hecho. Un próspero comerciante, arruinado cuando entubaron el arroyo que pasaba frente a su negocio (y que, obvio es decir, jamás fue indemnizado), convive en este hogar de puertas abiertas con un señor boliviano que se expresa en un castellano hecho de sustantivos, directamente derivado del quechua, o con hombres y mujeres que ahogan sus penas en el alcohol.

Pero muchos se posesionan del sitio al que han venido a dar "por esas cosas de la vida", lo consideran como un club, disfrutan de su pileta, juegan a las bochas, al tejo, al truco; montan piezas de teatro; hacen picnic bajo la arboleda y eligen desarrollar la parte de ellos mismos hasta entonces ignorada. Los bailongos, y hasta los avisos en las carteleras, permiten formar parejas eventuales a las que el hogar les consigue habitación en un hotel alojamiento, o parejas durables a las que albergan gentilmente en cuartos para dos.

Con sus 928 personas residentes, el hogar de Ituzaingó es el más grande de este conjunto que incluye otros varios situados en Paternal, Rawson o Necochea. El subdirector es el doctor Guillermo Israelevich y la encargada de los talleres, la licenciada Paula Ritsche. Vale la pena nombrarlos, aunque no podamos hacer lo mismo con los numerosos psicólogos, médicos, enfermeros o cuidadores de gerontes que ayudan a construir el hogar.

Todos sabemos que en un sinnúmero de geriátricos privados, más o menos costosos, los "abuelos" viven drogados o atados para que no molesten; que sus presuntas dos salidas mensuales, obligatorias por resolución del PAMI, se limitan a una vueltita hasta la esquina, y que, como dice Diego Castagnaro, "no sólo en la Argentina sino en el mundo entero, los residentes de ciertos geriátricos son rehenes que pagan por el delito de tener más de sesenta años".

Es por eso que visitar un asilo público, en el marco de una investigación sobre la vejez en nuestro país que se está desarrollando con vistas a un trabajo más amplio, y encontrarse frente a una institución que, con escasos medios, funciona bien, no sólo es digno de mención sino que calienta ese músculo palpitante al que todo tango alude.

Un joven licenciado, Gustavo Bonamino, tuvo la última palabra al describir una iniciativa que el hogar se propone llevar a cabo con un grupo de médicos. Su objetivo es demostrar, historias clínicas y sociales mediante, que el anciano con un proyecto de vida no está obligado a tomar tantos remedios como el que ya no lo tiene. Cuando la vida sólo está ritmada por la ingestión de las pastillas o de las cuatro comidas, el cuerpo y sus dolencias pasan dramáticamente a un primer plano.

Cuando las ganas de terminar un cuadro o de encargarse de un corral de gallinas se superponen a esa mirada, fija en los órganos desfallecientes y las funciones alteradas, el cuerpo agradece que se lo olvide un poco. Para lograrlo no es necesario ser un gran escritor ni un científico célebre, ni tampoco esperar a que la sociedad cambie la vida de manera drástica (una espera que, francamente, nos llevaría tiempo).

El simple sentido común que, a despecho de las apariencias, no parece haber abandonado a la especie humana, puede lograr cambios modestos pero continuos, a los que el director de este increíble sitio no pensado para morir llama "procesos en gerundio". La "revolución blanca" se acerca con rapidez; acaso ese tiempo verbal estirado, que tanto se parece al paso típico de los viejos, sea el más indicado para recibirla.

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