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Hugo Chávez, caudillo de cuerpo entero

Por Armando Maronese - 23 de Agosto, 2005, 2:03, Categoría: General

Hugo Chávez se ha convertido en la figura dominante de América latina y tiene el suficiente poder y recursos para resolver la crisis energética de la región. Sus exportaciones son esenciales para los Estados Unidos. Ha logrado neutralizar casi por completo la oposición interna. Los ingresos de su país crecen al mismo ritmo en que sube el precio del barril de petróleo, ahora seis veces más caro que cuando llegó al gobierno, en 1999.  

 

El personaje, de apariencia simple, extrovertido, caudaloso en palabras y en gestos, es, sin embargo, un enigma. Acaso lo sea para él mismo, porque los orígenes, la formación, las aficiones tempranas por la pintura y el béisbol parecían prepararlo para otro destino.

 

Era difícil explicar a Chávez hace seis años, cuando fue elegido por primera vez presidente de Venezuela. Aún ahora es casi imposible juzgarlo sin desconcierto, porque con frecuencia lo que dice que hace no es lo que realmente hace y porque no se sabe cómo separar en él la pasión de la reflexión.

 

La primera brújula para orientarse en el laberinto, es la formidable biografía -"historia personal" la llaman sus autores- que Cristina Marcano y Alberto Barrera acaban de publicar en Caracas.

 

El libro se llama Hugo Chávez sin uniforme y lleva un prólogo de Teodoro Petkoff, acaso el más agudo analista político de Venezuela y el opositor más inteligente. Los documentos que aportan Marcano y Barrera son abundantes e inesperados: desde centenares de entrevistas, incluyendo una, crucial, a Herma Marksman, la profesora de historia que fue amante de Chávez durante los nueve años previos a su ascenso al poder, hasta un cuadro de índices sociales, una bibliografía exhaustiva y fragmentos del diario íntimo que Chávez llevó hasta hace menos de una década.

 

El libro describe admirablemente cómo, mientras la historia se mueve en una dirección, la buena suerte del presidente va en la dirección contraria. Dos veces pareció caer en un abismo sin remedio y otras tantas salió de allí casi a pesar de sí mismo.

 

La primera, que Marcano y Barrera narran con detalle, fue cuando Chávez fracasó en el golpe militar contra Carlos Andrés Pérez, en febrero de 1992. Los conspiradores dominaban las tres guarniciones más importantes del país y el aeropuerto militar de Caracas, en el centro de la capital. Chávez, que debía asaltar con sus tanques el palacio de gobierno, se sintió aislado y fue el primero en rendirse, cuando la batalla no estaba decidida. Sus camaradas se lo reprocharían después, en la cárcel.

 

Las circunstancias se confabularon, sin embargo, para dar otro sentido a los hechos. Afanoso por evitar que la asonada se expandiera, Pérez y su ministro de Defensa, invitaron a Chávez a declarar su derrota en los canales de televisión. El conjurado apareció impecable, con la boina roja que luego sería el símbolo de su proyecto político, y pronunció un discurso de cien palabras que sedujo al país, semejante al de Juan Perón el 17 de octubre de 1945.

 

El otro cambio de viento de la historia sucedió en abril de 2002, cuando Chávez fue no la cabeza, sino la víctima de un golpe. La madrugada del 12 de ese mes, aceptó que lo tomaran prisionero y se resignó a ser expulsado del país. En un momento dado, tuvo miedo de que lo asesinaran. Quizás hubiera renunciado si su principal asesor político, el actual vicepresidente José Vicente Rangel, no le hubiera aconsejado preservar a toda costa la legitimidad de su gobierno.

 

Esta vez lo salvó de la catástrofe la inepcia de sus opositores, que intentaron sustituir una democracia acusada de perversiones por una dictadura retrógrada. Dos días después de haberse preparado para la muerte, Chávez era repuesto en el poder.

 

Nada parecía anunciar el destino que tuvo. Nació en los llanos calcinados de Venezuela el 28 de julio de 1954, segundo de seis hermanos, en una casa de palma, pobrísima. Fue criado por la abuela paterna, de la que aún se siente deudor, e ingresó en la academia militar, donde sintió que el espíritu de un bisabuelo, el coronel Pedro Pérez Delgado -conocido como Maisanta por sus invocaciones a la Virgen, Madre Santa-, se reencarnaba en él y lo instaba a una rebelión perpetua.

 

La austeridad fue su norma hasta que llegó al gobierno. Ahora gasta un promedio diario de seis a siete mil dólares y el presupuesto de la presidencia se incrementa a un ritmo de 54 por ciento al año.

 

La biografía de Marcano y Barrera, tan minuciosa y lúcida en el análisis político y en el retrato humano, no alcanza a descifrar, sin embargo, uno de los secretos mejor guardados del gobierno de Chávez: en qué gasta el inmenso caudal que ingresa en Venezuela por sus exportaciones petroleras.

 

Hay algunos indicios. Aunque las obras de infraestructura de los últimos seis años no son muchas, ni impresionantes, el presidente ha puesto en práctica una política de ayuda social que se asemeja a la de Eva Perón. Lo que confunde son los resultados. El desempleo se mantiene estable, en alrededor de un 15%, y la deuda externa no ha crecido demasiado (de 22.700 millones pasó a 25 mil millones), pero los hogares pobres fueron muchos más en 2004 que en 1999 (60,1% en vez de 42,4%).

 

Lo que ha mejorado notablemente, son los índices de salud y alfabetismo, gracias, en buena medida, al aporte de los médicos y maestros cubanos que llegaron a Venezuela como compensación por las exportaciones petroleras a la isla de Cuba.

 

Otro gasto notable es la construcción de la imagen. Chávez es un incansable predicador de utopías, algunas de las cuales se inspiran en los discursos de su héroe tutelar, Simón Bolívar.

 

En las cumbres presidenciales, Hugo Chávez suele proponer un Fondo Monetario para la región, una Organización del Atlántico Sur que compita con la OTAN y un ALBA (Alternativa Bolivariana para América Latina), que sustituya al ALCA (Acuerdo de Libre Comercio para las Américas), impulsado desde los Estados Unidos.

 

Algunos de esos proyectos se concretan, como el canal Telesur, cuyo objetivo es imponer una perspectiva latinoamericana a las informaciones, tal como Al-Jazeera lo hace en el mundo árabe. La sede de la nueva red está en Caracas, y Chávez ha confiado su dirección al uruguayo Aram Aharonian, quien declara haber sido coordinador general del diario argentino Noticias en 1974 y uno de los editores del matutino peronista La Voz.

 

Mientras tanto, el presidente convoca todos los años en Caracas, a unos encuentros de solidaridad y a un congreso bolivariano de los pueblos con cientos de invitados. Algunos de ellos recrean la leyenda de Chávez, con afirmaciones que contradicen los documentos históricos, como lo ha hecho Richard Gott, periodista de The Guardian de Londres, quien ha escrito que Bolívar -descendiente de españoles por ambas ramas familiares-, era un zambo como el actual presidente, es decir, un hijo de negro e indígena.

 

El prólogo de Teodoro Petkoff, es un valor agregado a la bien narrada y mejor documentada "historia personal" de Marcano y Barrera. Resume a la perfección, algunos de los rasgos que han hecho de Chávez lo que ahora es: un caudillo populista que ha logrado establecer lo que el teórico Peter Wiles llama "un contacto místico" con las masas.

 

Petkoff apuntala muy bien la idea de que Chávez se ha beneficiado con la subestimación de sus adversarios, aunque también él ha subestimado la enorme fuerza de que éstos disponían. Ahora les ha ganado de mano llamando a la conciliación civil y haciendo concesiones a las fuerzas armadas.

 

Hugo Chávez sin uniforme aporta innumerables respuestas, pero deja en pie medio centenar de preguntas. No son demasiadas. En personajes como éste, algunos enigmas encierran su propia solución.

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AM

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