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No estar presos de nuestros temores

Por Armando Maronese - 5 de Agosto, 2005, 0:40, Categoría: Opinión

El día miércoles 16 de marzo de este año, ha sido declarado como el día de la seguridad y fue ideado como una jornada de reflexión acerca de la gran cantidad de posibilidades que abarca este tema; ya que, también tienen su día la seguridad vial, la seguridad industrial, entre otras.  

La gran pregunta que se me ocurre, es qué decimos cuando hablamos de seguridad; según las connotaciones que conlleva en la Argentina, país desde donde escribo esta nota, o en cada uno de los países donde se esté leyendo.

Se pide seguridad cuando nos inundan las noticias de secuestros, asaltos en comercios, violaciones. Se pide seguridad, y control de los mecanismos de seguridad, cuando ocurren tragedias como la de la discoteca República Cromañón, en Buenos Aires (casi 200 muertos) o en el shopping del Paraguay.

Mucho podría opinar de cada uno de estos episodios o de las situaciones mencionadas, agregando lo que se ha dado por llamar el gatillo fácil, los patovicas, el atropello de los derechos humanos y tantas otras cosas similares; sin embargo, quiero abordar el tema que propongo en el título.

Observo que, ante los hechos nefastos, muchos se paralizan, y esa parálisis conduce a quedar presos de nuestros temores. Algunos optan por salir lo menos posible de sus casas; otros toman medidas que van desde el llamado permanente por teléfono celular para avisar dónde se encuentran, a que hora salen, a qué hora regresan, hasta portar ilegalmente armas de fuego.

La situación se agrava, cuando los temores nos obligan a desconfiar de todos los que nos rodean. Es muy común que, si a un docente se le ocurre dar una enseñanza a partir de la parábola del buen samaritano, escuche, de parte de los jóvenes, refutaciones como "hay que cuidarse de un desconocido, aunque esté tirado en medio de la calle o al costado de la ruta", "no podemos arriesgarnos a darle una mano a cualquiera", "¿y si es una trampa y terminamos engañados por la persona a la que queremos ayudar?"

¿Cuál sería la postura más equilibrada ante esta situación? Sin duda que no podemos pecar de inocentes y estar desprevenidos frente a posibles problemas, pero tampoco podemos sospechar de todo y encerrarnos en nosotros mismos.

Sería muy triste que la problemática de la inseguridad, socave los principios de fraternidad, amor y solidaridad que debemos cultivar. Verdaderamente, me aflige escuchar que muchas personas con convicciones asentadas, claudican o renuncian a ellas, porque el miedo los supera.

No quiero caer en un lirismo irreal; tampoco quiero ceder ni un ápice de terreno en los valores que sostengo. Entonces, ¿cuál es el camino para hallar una solución?

Para empezar, no podemos quedarnos en el plano individual y, si queremos dar una respuesta a esta problemática, debemos enfrentarla desde lo comunitario: son la familia, el grupo, la sociedad, los que tienen que proponer una palabra; y esa palabra será la piedra angular de una búsqueda sincera de las causas que provocan la inseguridad.

Si un joven adicto a la llamada pasta base (una de las drogas más baratas que se conoce y de las más fulminantes), sale a robar y muestra un total desprecio y desapego por la vida, ¿qué comentario nos suscita? No evaluamos que, muy probablemente, haya llegado a drogarse para calmar el frío y el hambre; ¿qué educación habrá recibió? ¿qué condiciones de trabajo y vivienda habrá tenido su familia?

La violencia que genera el joven origina inseguridad, no obstante, la causa de esa inseguridad no es el joven. Por lo tanto, si queremos buscar con serenidad la solución, empecemos por discernir cuál será la verdadera fuente de los males que nos aquejan y no nos quedemos sólo en los síntomas.

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