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El trabajo infantil: una mancha de todos.

Por Armando Maronese - 2 de Agosto, 2005, 0:07, Categoría: Opinión

Se celebró recientemente en el nivel mundial, el Día Internacional de la Lucha por la Erradicación del Trabajo Infantil. Este flagelo que afecta principalmente al mundo subdesarrollado, tiene un particular epicentro: el sector rural de América latina, África y Asia.  

Si bien en nuestro país la Comisión Nacional de Lucha por la Erradicación del Trabajo Infantil (Conaeti) -dependiente del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social- funciona bastante bien, no es menos cierto que el poder de policía fue delegado por la Nación a las provincias, hecho que les da a estos territorios todas las herramientas legales para inspeccionar, sancionar, clausurar y peticionar ante la Justicia el debido proceso legal a los infractores.

La mencionada "celebración", por cierto, bastante pasada por alto, no hace más que reflejar el deterioro moral en que estamos inmersos. Nuestros niños no deben trabajar, deben estudiar, hacer deportes, jugar y así, aprender a ser adultos. Aún mirándolo desde un punto de vista egoísta, los mayores deberíamos preservar a nuestros niños, pues ellos serán los decisores cuando estemos viejos, cuando las fuerzas nos abandonen y los achaques sean cosa de todos los días.

Esta misma desidia pública y privada, sumada al hecho de mirar para otro lado con tal de no "comprar un problema", es la que realimenta el ciclo perverso de la ignorancia y el aprovechamiento de circunstancias extremadamente desfavorables para la niñez plena en el campo. Veamos.

Generalmente, en ámbitos rurales poco poblados es el padre de familia, o en su defecto la mujer -si ésta es sostén del grupo-, quien ofrece los niños al "patrón", cuando no es él quien propone la incorporación laboral de los niños. Este tipo de prácticas son bastante frecuentes sobre todo en aquellas producciones muy demandantes de mano de obra intensiva.

El ofrecimiento de los pequeños por parte de los mayores se debe, generalmente, a la falta de medios para garantizar la subsistencia y a la necesidad de tener los chicos al alcance de la vista en vez de dejarlos solos o al cuidado de un hermano más grande o de algún mayor ajeno a la familia, con el potencial peligro de delitos aberrantes que todos conocemos.

En este intercambio, a todas luces ilegal, pero sobre todo malicioso, hay ciertos "patrones inescrupulosos" que no sólo lo aceptan sino que pactan el salario que recibirán los pequeños, en cifras muy inferiores a las que marca la ley como salario mínimo garantizado o jornal con o sin comida.

Sumado a ello, no se debería dejar fuera del análisis el tema sanitario. Las enfermedades producidas por la manipulación de ciertos agentes nocivos de origen químico, sumado al esfuerzo de cuerpitos que todavía no han desarrollado la plenitud muscular, pueden dejar secuelas temporales o permanentes. Hay que considerar también la falta total de cobertura en materia de accidentes por ley de riegos del trabajo.

Si quisiéramos agregar un ingrediente más a esta ruleta rusa en que se encuentran algunos de nuestros niños en el ámbito rural -alrededor del 70% del trabajo infantil se da en este ámbito-, podríamos decir que cada niño que trabaja le está quitando la posibilidad de labor a un jefe de familia, situación que no beneficia ni a la producción ni a la cultura del trabajo.

Es por ello que recordando antinomias mortales de nuestra historia reciente, donde algunos desde un lado decían "Haga patria...." y otros, desde otro lado, les contestaban: "Haga patria...", creo que está llegando la hora de que todos los argentinos bien paridos digamos juntos: "Haga patria; los niños a la escuela, no al trabajo".

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AM

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