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Reiniciar la marcha - vacaciones

Por Armando Maronese - 29 de Julio, 2005, 0:22, Categoría: Opinión

El período de vacaciones, ha concluido para muchos y para otros tantos ha terminado. Durante el tiempo de descanso, nuestras actividades han adquirido un ritmo mucho más reposado y sereno, más todavía, en algunos casos han sido completamente distintas a las que regularmente realizamos.  

Ha habido un lugar para el sosiego en el trato con nuestros semejantes: familiares, amigos, conocidos y desconocidos, como así también la contemplación placentera de las maravillas de la naturaleza y los logros humanos. Tal vez hayamos tenido la ocasión para encuentros de mayor profundidad, con amigos o conocidos que hace mucho no veíamos. Ha sido un auténtico respiro del que quisiéramos seguir disfrutando, sin que eso sea posible.

Por lo general, cuando nos hallamos en la recta final de nuestro descanso y hay que "armar los bolsos" o las maletas para regresar al duro yugo, nos revelamos o nos entristecemos. Además, en muchos casos, hay que sufrir las amargas despedidas de gente con la que nos sentimos plenamente a gusto y, en otros casos, hay que aceptar penosamente que el tiempo disponible para gozar de los seres queridos queda muy reducido, casi anulado. A todo esto, el sólo hecho de pensar en los problemas que nos esperan, las personas no deseables con que tropezaremos nuevamente, hacen más grande la desazón. Es volver a lo de antes, es volver a lo de siempre.

La clave de la sensación desagradable de fin de vacaciones, pasa en gran medida por el tedio de regresar a lo rutinario. La rutina es siempre desagradable y con lo que continuamente nos enfrentamos. Más aún, si pudiéramos prolongar las vacaciones por más de dos años, por ejemplo, acabaríamos tan acostumbrados a ellas, que procuraríamos desesperadamente un trabajo con el cual entretenernos un poco, pues hasta el ocio acaba siendo cansador. Por algo, la sabiduría popular acuñó aquella sentencia: "el ocio es la madre de todos los vicios".

Volviendo al tema, un ejemplo puede ilustrarnos la situación y darnos alguna pista sobre cómo enfrentarla. En efecto, podemos ver que no es lo mismo un estudiante que vuelve a la universidad, que otro que recién comenzará a cursar en ella, ni es lo mismo un empleado que reemprende sus tareas que alguien que ha conseguido trabajo.

En los dos casos, son muy distintas las cosas. Para quienes vuelven a sus acostumbradas tareas es una cosa, pero para quienes van a comenzar una nueva experiencia es otra completamente distinta. Hay, para los primeros, un acostumbramiento aburrido y odioso, pero para los otros, hay todo un cúmulo de expectativas, acaso haya una cierta cuota de ansiedad, incertidumbre, nerviosismo, quién sabe, también algo de miedo.

Estos últimos también tienen la convicción de dar lo mejor de sí mismos para que la cosa marche y salga bien. No dejan de tener junto a la inseguridad, una explosión contenida de alegría por lo novedoso que les espera. Evidentemente, están por comenzar un camino, una etapa. Saben poco y nada de los ambientes en los que se moverán, las exigencias que deberán soportar y demás, pero eso poco o nada importa. Sienten, eso sí, un impulso irrefrenable en su interior.

Así, quienes concluimos nuestras vacaciones, en lugar de amargarnos frente al tedio que da el solo hecho de pensar en lo rutinario que nos espera, deberíamos tomar la actitud de quién se aproxima a la vivencia de algo completamente inédito. Con toda la energía que ello despierta en nosotros, y ese deseo de poner todo el empeño en que esta vez sea realmente positivo todo lo que hagamos, con la felicidad de alimentar y alentar ilusiones.

Con el propósito de poner todo en juego para aumentar las cosas buenas logradas hasta ahora, tenemos la ventaja de conocer el ambiente donde vamos y movernos con mayor seguridad en él, esperando los tiempos oportunos para sacarle el mejor provecho posible, sin frustrarnos con falsas expectativas. Tenemos la experiencia adquirida, conseguida en más de una oportunidad a fuerza de golpes, para evitar errores pasados y afinar la puntería.

Finalmente, durante todo el tiempo en que desplegamos nuestra actividad, conviene tomarnos algunos respiros breves e intensos, en los que restauremos no sólo nuestro cuerpo y nuestra mente, sino también nuestras relaciones, con el esposo, la esposa, los hijos, los hermanos, los amigos y fundamentalmente, con nosotros mismos.

En este sentido, los sábados y los domingos suelen ser ocasiones privilegiadas para hacer los retoques necesarios a nuestra maquinaria y no olvidarnos así, que antes que formar parte de un sistema, somos personas humanas con el derecho y la necesidad de tener un contacto renovado y renovante con los semejantes, con la naturaleza. Así, por ejemplo, sería interesante hacer de la participación de un pequeño paseo en familia o una breve caminata o una visita a alguien con quien nos sentimos a gusto, o nos puede estar necesitando. O bien, hacer de la ocasión para comer algo fuera de casa, juntarnos con un grupo de amigos que corren el riesgo de caer en el olvido, etc...

Si miramos así las cosas, el año que recomenzamos con nuestros acostumbrados trabajos, puede ser bastante distinto. Ánimo entonces, y bienvenidos al mundo del trabajo.

¿No les parece?

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AM

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