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Tomar las cosas con sencillez: lo que no tengo y lo que tengo

Por Armando Maronese - 27 de Julio, 2005, 1:59, Categoría: Opinión

Cuando estoy siempre resistiéndome ante algo que quisiera eliminar de mi vida, sería muy interesante ponerme a pensar en lo que no tengo y en lo que sí tengo, de manera que la perturbación anterior pierda importancia.  

No tengo: muchas cosas malas que otros están sufriendo. Suele ser útil escribir una lista de problemas que yo no tengo. Luego me pregunto: ¿Prefiero tolerar esta dificultad que tengo ahora (una humillación que soporto, un fracaso, una insatisfacción, un problema físico), o acaso preferiría un problema peor (aquí puedo imaginar varias cosas peores que yo no he tenido que enfrentar)?  Doy gracias a Dios por los problemas que no tengo, y por los problemas que tuve y ya no tengo.

Después, hago un repaso de todo lo que sí tengo, de muchas cosas que la vida me regala, y que muchas personas desearían tener. También es bueno escribir esta lista y dar gracias por todo eso, que ya es mucho. Allí, se pueden incluir momentos bellos y placenteros del pasado, porque, de algún modo, los llevamos dentro, y nos han enriquecido. Esa lista puede conservarse para acceder a ella, cuando sea necesario alimentar el optimismo.

Y teniendo en cuenta todos los males que no tengo y todas las cosas buenas que tengo, decido vivir la vida así, como me fue regalada, disfrutándola y entregándome a ella aunque no sea perfecta. Entonces, dejaré de resistirme ante esas cosas que me molestan, aceptándolas sólo como una parte de mi vida.

Pero yo no puedo advertir esto si me creo el centro del universo. De este modo, viviré lleno de tensiones y permanentemente miraré a las personas, los objetos y los acontecimientos como enemigos, porque no me dan la razón, porque no me adoran, porque no están a mi servicio.

Esa tensión defensiva también acarreará problemas físicos, ya que el cuerpo no soporta esa constante resistencia.

Entonces, he de convencerme que yo soy sólo un pequeño elemento del universo. Que todo lo demás y todos los demás, tienen derecho a estar aquí y a ser como son. Yo tengo ese derecho, los demás también. Tengo derecho a vivir según mis convicciones y los demás también. Yo tengo derecho a equivocarme alguna vez, y ellos también. Yo tengo derecho a ser feliz, y ellos también.

Si yo me percibo sólo como una "parte" pequeña de este universo maravilloso, y no como el único importante, entonces podré intuir que todo tiene sentido, todo tiene un por qué y un para qué. Por lo tanto, aunque algunas cosas funcionen mal desde mi punto de vista, sentiré que el conjunto está maravillosamente bien.

Puede ayudarme repetir algunas frases, hasta que me convenza que la vida es mucho más que el propio yo. Por ejemplo: Todo está bien. Más allá de mi pequeño yo, todo camina hacia una hermosa solución. Seguramente la vida me traerá una gran sorpresa. Estoy bien, a pesar de todo, soy feliz, estoy fuerte, estoy seguro, estoy protegido. La vida es preciosa, es magnífica. El mundo es un mar de hermosura, el universo es estupendo y tiene miles de maravillas para ofrecerme. Este día es muy bueno, y tiene un misterio especial que yo puedo descubrir.

Es muy sano tratar de quitarle importancia a mi propio yo, con sus delirios de grandeza, su tendencia a creerme omnipotente, mis intereses cerrados. Nunca conviene alimentar la egolatría complaciéndome con los elogios ajenos, los aplausos, las palabras aduladoras, porque nunca tendré suficiente. Tampoco me conviene alimentar la tristeza cuando soy criticado o cuando no se acepta una opinión mía. No se trata de despreciarme, sino de reconocer que puedo equivocarme y fallar algunas veces.

Pero, al mismo tiempo, para lograr achicar mi yo, es necesario enamorarme del universo amplísimo y variado; salir de los límites de mi propio yo. Entonces, no me sentiré agredido por nada; simplemente lo dejaré ser.

En mis esquemas, los demás y las cosas deberían ser y comportarse de una determinada manera. Pero mi mente no es lo supremo en el universo. Todo puede ser de otra manera, todo puede ser diferente del modo como yo lo deseo. Nada es absoluto. Tampoco los principios universales pueden aplicarse siempre de la misma manera. Los misterios del Universo y de la vida, se hacen cada vez más confusos mientras más se desciende a las particularidades.

En las cosas particulares, nadie sabe con seguridad qué es mejor y cómo debe ser algo, porque nadie puede ver la totalidad. Cuando alguien se convence de esto, puede aflojarse, aceptando que algo no suceda como él lo ha pensado, y sintiéndose solidario con todo lo que existe.

Cuando dejo de creer que soy autónomo, que sólo puedo ser feliz si logro defenderme de los demás, entonces permito que se rompa mi cáscara protectora y comienzo a formar parte de la trama preciosa de la vida, entro en una marcha esperanzada hacia la unidad, y me integro en una misteriosa comunión que atrae y contagia. Sólo así, descubro quien soy en realidad y para qué vivo: Ésta es la cruz de la condición humana. Soy, como todos los demás, un individuo autónomo, con mi propio historial de cambios estructurales.

Soy auto consciente, sabedor de mi identidad individual; y aun así, cuando busco el ser independiente dentro de mi universo experiencial, soy incapaz de hallar tal entidad. El origen de mi dilema, como el de todos, reside en mi tendencia a crear abstracciones de objetos separados. Para superar esta ansiedad divisoria, es necesario desplazar mi atención conceptual de los objetos a las relaciones. Sólo entonces, podré comprender que identidad, individualidad y autonomía. no significan separatividad e independencia.

He extendido esta visión fragmentaria a mi sociedad humana; y el convencimiento que todos estos fragmentos están realmente separados –en mí y en toda la humanidad, en mi entorno y en toda la sociedad–, me ha alienado de la naturaleza y de mis semejantes, disminuyéndome lamentablemente. Para recuperar mi plena humanidad, debo recuperar mi experiencia de conectividad con la trama entera de la vida.

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AM

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