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¿Podemos hacer algo por los jóvenes?

Por Armando Maronese - 9 de Julio, 2005, 3:45, Categoría: Opinión

La actitud refractaria, como a la defensiva, que muestran tantos jóvenes ante los adultos, nos lleva a preguntarnos: ¿realmente esperan algo de nosotros?, ¿necesitan de nosotros en alguna medida? 

Se entiende, que para algo más que para financiar sus fines de semana, su ropa y sus vacaciones o para proporcionar un agradable alojamiento, hasta la remota edad en la que puedan llegar a emanciparse. Todo lo cual aceptan o, incluso exigen, siempre y cuando no les molestemos demasiado. Entre jóvenes y adultos hay, frecuentemente, más coexistencia que verdadero encuentro.

Ciertamente, el mundo de los adultos y sus instituciones no parece colmar precisamente las expectativas de los jóvenes. Ellos tienden, actualmente, a aceptar las estructuras sociales vigentes como prácticamente inamovibles (a diferencia de generaciones anteriores de talante más renovador o utópico) aunque, eso sí, sin mucho entusiasmo.

Son los espacios propios creados entre iguales, los que parecen ofrecer más ilusión y atractivo. Espacios en los que la identificación se produce mucho más, por adoptar una determinada imagen externa, que por compartir algunos valores abstractos o una misma visión del mundo. El indudable valor formativo de las relaciones con personas de la misma o parecida edad, no implica, sin embargo, que no necesiten las referencias que proceden del mundo adulto.

Hemos de constatar, con pesar, que muchos padres han hecho dejación de su responsabilidad como primeros educadores de sus hijos y esta carencia vital, de las figuras paternas, se constata fácilmente en los espacios en los que los jóvenes son protagonistas. La prioridad otorgada por los padres, a la actividad profesional que se traduce en su ausencia física del hogar durante casi toda la jornada, el socorrido recurso a los abuelos, las actividades extraescolares o la TV y la computadora para ocupar el tiempo de los chicos, el temor infundido por una concepción psicológica barata a generar frustración o a parecer autoritarios y, sobre todo, la propia falta de criterio y coherencia de los adultos, que sucumben derrotados a las insaciables demandas de los muchachos, ha generado en muchos de ellos una sensación de desorientación y abandono.

Con gran intuición, las nuevas generaciones no dejan de percibir la perplejidad y desconcierto de los propios adultos, ante los acelerados cambios sociales que se están produciendo (nuevas tecnologías, globalización, encuentro entre culturas, etc.), y la notable distancia que media entre los valores "oficialmente" proclamados y los realmente vividos (los abuelos tienen convicciones más firmes, pero se encuentran anclados en una visión de las cosas demasiado anacrónica).

Quienes ahora son adolescentes o jóvenes, han vivido, generalmente, una infancia caracterizada por el exceso de protección, la abundancia de objetos de consumo, un alto grado de permisividad, muy poco tiempo disponible para la comunicación con los padres, un número muy reducido de hermanos y la casi total ausencia de frustraciones o límites al deseo.

El resultado de estas circunstancias, es un tipo de joven que centra su vida en disfrutar los pequeños o grandes placeres que le brinda la sociedad del bienestar y que sufre una debilidad "anoréxica" de carácter. Un joven, que va saliendo del paso a las diversas situaciones que la vida le presenta, con una actitud mucho más adaptativa que creativa.

La aparente libertad del hacer lo que apetece o agrada (en los tiempos y espacios no sometidos a las obligaciones estudiantiles o laborales) implica, más bien, estar sometido a los valores del sistema.

Con indudable acierto Juan González Anleo ha podido señalar que "La juventud está así atrapada, entre una estructura económica neoliberal que niega a los jóvenes un puesto de trabajo y la asunción de responsabilidades adultas con él vinculadas, y una cultura postmoderna que tiende a enervar valores, enfriar utopías, achatar proyectos y recortar trascendencias".

Jóvenes que se definen como satisfechos con la vida que disfrutan y que, al mismo tiempo, con palabras de Ernesto Sábato "son herederos de un abismo y deambulan exiliados en una tierra que no les proporciona cobijo… Ellos se acercan tímidamente como quien busca una tabla en el mar, después de un naufragio".

En este entorno ambiental, triunfa, finalmente, una manera de ser o una mentalidad caracterizada por lo que podríamos denominar, propiamente, egocéntrica e individualista. Es la dictadura del "yo" como centro de todo y la correspondiente incapacidad para abrirse a lo otro, los otros o el Otro.

Este planteamiento vital, va muy unido a un rechazo firme de cuanto implique dificultad, esfuerzo, renuncia, desagrado o, no digamos, sufrimiento. Vivir "desde mí" y "para mí" (o "para los míos" en las versiones de solidaridad microgrupal o familiar tan extendidas), "complicándome la vida lo menos posible" constituye, sin ninguna duda, una alternativa radical a la siguiente propuesta: vivir desde el amor y volcados en el servicio a los demás, asumiendo el costo inevitable de esa opción.

Desde esta perspectiva, nos encontramos aquí con la disyuntiva fundamental que se le plantea al ser humano: entregar la vida para llenarla de fecundidad o encerrarse en uno mismo y hacer así estéril la existencia. Si algo tiene que ofrecer el educador, padres y maestros, es el testimonio insobornable y personal de que una vida construida al margen del amor y la apertura a los demás, está abocada al fracaso y de que, la fe en todo ello, es una experiencia capaz de fundamentar, alimentar, iluminar y llenar de esperanza ese camino.

El amor y la apertura hacia los demás, (nuestro prójimo), es el camino, la verdad y la vida. Es, para todos nosotros, el camino que lleva a la verdadera vida. Porque si algo aparece claro en nuestra sociedad es que hay muchos caminos, muchas verdades y muchas maneras de entender la vida. Aunque no es lo mismo, vivir que sobrevivir o vivir apasionadamente, que ir tirando.

Ocurre, no obstante, que acceder a un tipo de vida capaz de colmar las aspiraciones más profundas de la persona y de constituir una base, para afrontar los retos colectivos de la humanidad, exige asumir actitudes y opciones que resultan extraordinariamente difíciles para nuestros jóvenes: esfuerzo y paciencia, capacidad de elegir y arriesgar, salida de sí mismo, análisis crítico de la realidad, enfrentamiento con la propia soledad, trascender la obsesión por pasarlo bien a toda costa, introducirse en la clave de la gratuidad, etc.

Ni la gracia es barata como decía Bonhoeffer, ni la calidad de vida se obtiene en las rebajas. En mi opinión, transmitir esta convicción, es el problema educativo fundamental del momento presente.

En consecuencia, creo que a la pregunta: ¿podemos hacer algo con los jóvenes? tendríamos que contestar: podemos y, además, estamos obligados moralmente a acompañarlos. Pero para poder establecer un diálogo más profundo con ellos, tendremos que cambiar actitudes que han sido predominantes en el pasado y adoptar nuevos lenguajes.

Hasta ahora, en la labor educativa, su ha utilizado demasiado el lenguaje de la información (lo que se puede conocer), la ética (lo que hay que hacer) y la argumentación racional (lo que se puede demostrar), y seguirán siendo necesarios en el futuro. Sin embargo, en el contexto presente, hemos de iniciarnos en otros tipos de lenguaje a los que los jóvenes son más receptivos: el del afecto y el placer, el de la seducción y la belleza audiovisuales, el de la las fábulas y las parábolas evocadoras, el de la provocación y el cuestionamiento, el de la sensibilidad, el de las relaciones lúdicas, el de la vivencia de experiencias concretas (de servicio, interioridad, injusticia, etc.), el del testimonio sencillo pero auténtico y alegre, etc.

Estos lenguajes, no se pueden aprender de memoria y aplicar de manera automática. Exigen de nosotros una implicación personal muy elevada y un alto esfuerzo creativo, pero puede que terminen ofreciendo caminos de vida, a los jóvenes con quienes convivimos.

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¿No les parece?.

AM

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