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La soledad de los libros

Por Armando Maronese - 6 de Julio, 2005, 3:07, Categoría: Opinión

Siempre que ando por la calle, me gusta mirar alguna que otra vidriera pero, muy en especial, las de las librerías.  Tienen un fuerte atractivo para mi. En una de esas entro a la misma y me pongo a mirar los libros, los tomo y leo su contratapa para ver de que tratan o, simplemente, le pregunto al empleado pues varios me conocen de comprar libros, y la mayoría de las veces termino por encargarle un tomo.

Que un empleado te dispense todo ese tiempo, es lindo y a la vez triste; lindo pues el empleado me dispensa todo el tiempo del mundo y la explicación que le pidas y triste, pues me doy cuenta del porqué me lo dispensa.

Todas las veces levanto mi mirada y miro el local y lo veo desierto. No hay gente ni mirando ni comprando.  Quizás entre alguno y sólo mire por curiosidad y luego se va, nada más. Pregunto y el empleado me dice: ¡Y!, la gente no compra, sólo pregunta precios o sólo mira. Y yo me quedo pensativo y me pregunto siempre el por que la gente obra así y siempre me lo explico, pero parece que mi mente no aceptara una sola explicación pues siempre me tengo que hacer una nueva pero, al final, la respuesta es siempre la misma.

Las librerías parecen simples consignaciones de letras en bancarrota.  Sus locales hacen las veces de termómetro socioeconómico de nuestro país.  Sería más que utópico de nuestra parte, pedir que en una verdulería o en bancos de crédito, hubiese menos público que en un local dedicado a la venta de libros, aunque no se vería mal que la franja fuese menos pronunciada.

Es que la gente tiene otras urgencias, necesidades que nada tienen en común con la tinta, el papel y la intelectualidad.  Este sistema económico tan perverso -no tanto como los ideólogos de esa perversidad-, nos ha condicionado para que tomemos como cosa superflua todo lo lindante a la cultura, como si el saber o el activar los resortes del espíritu fuese "trivial", cual ese cruce de tres vías donde esperaban a sus clientes las prostitutas romanas (una de ellas era la filosofía).

A éste (yo), que escribe siempre, le preocupa que el "corre, ve y dile"  de turno del FMI, tenga más espacio en los medios que Almafuerte o Amado Nervo, que gran parte de lo que ocupa lo mediático no sean relatos de hermosas Antologías, sino los vaivenes del dólar y la estupidez.  Parece ser que el capital de la realidad le ha ganado la pulseada a la caja chica de la cultura.  Esa es una de las causantes de los porqué de nuestras desdichas.

Hace algunos días, al pasar por una "librería de viejo" de la calle Corrientes (donde hay títulos desde sólo un peso), volvió a mi el recuerdo de un escrito de Ítalo Calvino.  El autor de "Si un día de invierno a un viajero" cuenta sus percepciones luego de comprar un libro, cuando los tomos que quedaron en las estanterías lo miraron como reprochándole no haberlos elegido.  Esa misma culpa sentí al elegir un título en una librería.  Los miles de libros de aquella estantería abierta a la desolación, parecían mirarme en son de marcado reproche, como quien nos dice "¿a mi no llevás?". Kafka se metamorfoseaba en lágrimas al percatarse que mi mano elegía otro libro, Pablo Neruda parecía extenderme su "Oda a la cebolla" como quien ofrece un manjar con sustantivo de lágrimas; Beatriz Sarlo ofrecía abrirme las compuertas de la postmodernidad para entrar en el marco paradójico de "un país fracturado y empobrecido"; Julio Cortázar quiso poner a mi disposición un viaje por "La autopista del sur", donde podría convivir con seres cuya igualdad era la total indeferencia hacia lo humano, mientras Víctor Hugo, en gesto de señalar a ciertos políticos, parecía decirme: "mire usted, celebra el agua estancada".  Es que esos mil y un libros abandonados, han perdido la esperanza que alguien los lleve consigo. 

Es que así nos miran los libros desde las estanterías que están en la Peatonal, en la calle Rivadavia, Luro, Corrientes o San Juan. ¿Cómo decirles a esos libros que para hablar del abandono que sufren, primero debemos referirnos a la política y después, también?. ¿Con cuáles palabras les explicamos que en orden de urgencias al frente marchan el pan, el gas, la luz y un plato de comida?. ¿Cómo argumentarles que los bienes del espíritu son empleados para salpimentar la sopa o han corrido los avatares del pan rallado y el choripán?.  Ocurre que el mercado editorial entró en "default" (esa mala palabra extranjera), igual que nuestra esperanza.

Por ahora los vemos en las estanterías.  Tal vez esperan que una nueva luz los libere de ese corralito de indiferencia donde hoy perviven, condenados por quienes ostentan -como único proyecto de vida- pagar una deuda espuria.

Permiso, don Mariano Moreno, quiero cerrar esta escritura de sobrepique con palabras suyas, las que no pudo apagar el mar: "Si los pueblos no se ilustran, si no se vulgarizan sus derechos, si cada hombre no conoce lo que vale, lo que puede y lo que debe, nuevas ilusiones sucederán a las antiguas.  Y después de vacilar algún tiempo entre mil incertidumbres, será tal vez su suerte mudar de tirarnos sin destruir la tiranía".

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AM

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